jueves, 24 de diciembre de 2009

Libertad sin ira, pero con firmeza

Recomiendo vivamente a quien tenga una mínima fluidez en inglés la lectura del artículo A Demand for Freedom de Joseph Bottum en First Things. Ciertamente el cristianismo en Norteamérica presenta características peculiares, pero tengo para mí que el mar de fondo sobre el que se agita la nave de la libertad religiosa se encrespa merced a los mismos vientos y son los mismos nubarrones los que se ciernen sobre la vida de los creyentes. Bottum indica que la libertad religiosa está en riesgo merced a las fuerzas empeñadas en ridiculizar las creencias cristianas y en desterrar el discurso cristiano del foro público. Señala lúcidamente que el peligro ya no está sólo en constreñirnos al silencio, sino en imponer nuestra cooperación asintiente a la execrable redefinición antropológica en curso. ¿Cosas de América y Spain is different? Sería miope despreciar el problema en estos términos, dejarse llevar por la flema y considerar exageradas estas prevenciones. Cada vez más la libertad está en juego, a ambos lados del Atlántico. Estoy con Bottum en que es un error la reacción pactista y acomodada de un sector dela Iglesia, que parte de la incauta ilusión de hacerse querer y respetar congeniando con el laicismo, amoldándose a sus planteamientos, maquillándose de amabilidad. Piensan que así serán queridos y en último término sólo consiguen ser utilizados. También es un error, a mi juicio, la reacción iracunda de quien, dejándose llevar por una rabia exacerbada, dispara amargas diatribas aquí y allá con escasa solidez intelectual. Ni arrebato ni apocamiento. Lo que necesitamos es una reivindicación vigorosa y serena de la libertad. Sin ira, pero con firmeza.


La Palabra, la que existía en el principio y la que estaba cabe Dios y la que era Dios, se hizo carne y habitó entre nosotros. Christum canamus Principem, natum Maria Vergine!



sábado, 12 de diciembre de 2009

Sábados


Porque la poesía se hizo para el hombre sólo escribo versos en sábado. Se me dirá que tengo todos los días para acudir a las musas y hacerme curar de esta dolencia infame que es la necesidad de escribir, que no se ve el porqué la mano versolari tiene que permanecer en su sequedad paralizada durante cinco días y que correlativamente el día séptimo sobre el papel se ponga a vocear desvergonzadamente en verso. Pero el sábado es el día de la resistencia y de la insistencia, me resisto a la vida prosaica y sus embates, insisto en ser un vate.

También es día sábado el día, reducido casi, ay, a único, de correr. Corro como la presa y como el cazador. Correr como un intento de supervivencia. Cuando corro, huyo de mis fantasmas, del fuego del infierno, de los colmillos afilados de la señorita melancolía. Tal vez se escriba desde el intelecto, pero se corre, en cambio, desde el instinto. Corro para no permitir que me atrape el artificio del teclado, la seducción del tornillo, el reclamo de la silla. Huyo de los días que puedan venir cargados de enfermedad, de achaque, de parálisis. Me resisto. Pero también soy el cazador, voy a por ese momento que se escapa, a por ese lugar del que apoderarme pisando en él, Soy el depredador que busca devorar la vida con furia de guerrero, con rapaz rapidez, ojeador de un sueño esquivo. Tal vez, en lo más hondo, huyo del cazador que soy o voy al acecho de mi propia condición victimal.

Porque no sólo de palabra y carrera vive el hombre, el sábado es también el día de la compra. Como tantos otros carreteros sabatinos, cargo el carrito con el agua de la vida, con la humildad de las patatas, con la acolchada fragilidad del pan de molde, con la blancura semidesnatada. Como tantos otros abrevadores, le doy quince euros de bebida a la furgoneta que engulle litros del líquido más pútrido (sólo le falta el plomo) casi sin inmutarse, sin soltar un eructo.

Y porque si en el principio era la palabra, también al final toca en sábado preparar la predicación del día siguiente. Decía Bouyer –y Merton lo recordaba en su Diario- que el predicador no es un conferenciante, ni un profesor, ni un apologista, sino un heraldo, un instrumento destinado al anuncio de la salvación decretada por Dios para quienes la acepten. Y a veces, cuando uno prepara la predicación del día después, casi sería mejor no recordar esto, porque el riesgo es quedarse enmudecido, que no haya palabras capaces para transmitir la Palabra, percatarse de que es mucho más hacedero y expedito componer un soneto, correr seis millas, colocar en su sitio la bolsa azul del abadejo de Alaska congelado. Así que más vale un sábado más encomendarse al cielo, hacer lo que se pueda y tratar de mantener a raya, al día siguiente, durante los ocho minutos de rigor, a todos esos tipos que tratan de emerger junto al ambón: al profesor, al conferenciante, al aeróbico pedestre, al consumidor de tallarines, tal vez también al blogger.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Brújulas y Pandemòniums



De la misma forma que devoro determinados libros antiguos, no suelo adquirir apenas libros nuevos. Prácticamente sólo leo los de regalo. Dos me han regalado últimamente: La brújula interior (de Álex Rovira) y Pandemònium o la dansa del si mateix (de Màrius Sampere, ignoro si ha sido o será traducido al castellano).

Al primero le sobran presentaciones, agradecimientos, citas y posdatas y le sobra contenido. Según se nos dice en la solapa (lo bueno de escribir solapas es que no tienes que firmarlas), se trata de un libro original, sorprendente y por encima de todo distinto. Pues no. De original tiene poco, no encierra ninguna sorpresa y por encima de todo es una pura repetición light de lo que dicen otros mil libros de autoayuda que inundan sin pudor las estanterías de nuestras librerías. Su éxito editorial no se explica sino por la falta de cultura humanística de muchos de nuestros directivos empresariales, de nuestros ejecutivos agresivos y de no pocos cagamandurrias con netbook. La lista de libros recomendados habla por sí misma. Simplemente les menciono las editoriales más repetidas: Kairós, Obelisco, Siruela, Urano, uf. En fin, si usted no tiene un paladar demasiado exigente, léalo mientras espera en el aeropuerto o mientras espera en la consulta del dentista, tal vez le sirva, que a mí me parezca un bodrio no significa que a otras personas no les pueda aportar algo positivo. Si usted es un alumno aventajado del profesor Langdon, pero en cambio confiesa que no pudo acompañar a Guillermo de Baskerville más allá de la hora sexta del primer día, léalo. Si además se encuentra usted a gusto con lo que suene a newage, a autorrealización y a frases de .pps, léalo. Si, en cambio, por ejemplo, es usted creyente, no pierda el tiempo; entre los nuestros, sólo por citar a algunos, tenemos a Anselm Grün, a Henry Nowen y al ya lejano Phil Bosmans. Escriben más adentro y mejor. Mis palabras pueden parecer duras, un tanto soberbias y muy desconsideradas, pero es lo que se merece tanto marketing y tanta recomendación de amiguetes. Y que nadie se autoengañe: la autoterapia no existe.

El segundo son palabras mayores. Que coincidan los dos libros en este post no es más que pura chiripa. Los requerimientos de sistema están a considerable distancia. Compararlos es como comparar una de aquellas cintas de cassette que utilizábamos para el Spectrum plus con un disco duro de hoy. Al lado de la literatura pura y dura del Pandemònium, La brújula interior viene a ser como el prospecto de unos auriculares mal traducido del inglés por un estudiante de Derecho entre clase y clase. Sampere es un poeta y que el ejemplar que poseo me haya sido obsequiado por él con su dedicatoria autógrafa no influye en absoluto para que yo piense, como lo pienso, que es un poeta de raza. Por ello, Pandemònium no es prosaico. Curiosamente, lo más fácil es decir lo que no es aunque parezca serlo. No es un libro nihilista, respeta demasiado al poder sociopolítico. No es un libro demoníaco, entre otras cosas porque el diablo cuando da el callo, no lo hace demasiado explícitamente. Tal vez sea un libro ateo, pero son muchas páginas para aludir a quien-no-es. El autor se me figura en Pandemònium como eso que en catalán llamamos un trapella; yo no me atrevería a traducir la palabra simplemente como trapacero, porque hay en la denominación una posibilidad de travesura sin intencionada malicia que en castellano se pierde. A ver si me explico: hay trapelles con fondo bondadoso y los hay cabrones. Sampere pertenece a la primera clase. Por decirlo de otra manera, el autor hace con el lector como los trileros de las Ramblas, pero sin excesivo interés crematístico. De la misma forma que el incauto apostante señala siempre allí donde no está la bolita, el lector cree acertar el discurso hasta que al final de la frase Sampere, virtuoso del lenguaje, se saca de la manga la concertada palabra que provoca el desconcierto. No pretendo en ningún modo afirmar que el autor es mendaz. Bien al contrario, pues detrás de tantas notas dispersas, de tantos párrafos urdidos, de tanta frase frita aparentemente indigerible, hay un dolor lejano por su origen y auténtico por su actualidad. De ahí que Sampere utilice para cocinar el menú la margarina del sarcasmo como ingrediente de consuelo y como cuajo de desafío. En último término, Pandemònium es más metódico que práctico. La vida va por otro lado, afortunadamente. Qué quieren que les diga, yo no me creo esa pose de enojado desprecio exhibida en la foto de la solapa. Como no me creo lo del “equilibri exacte de la indiferència”. Dejemos la exactitud para aquello que podamos medir. Supongamos el equilibrio, perfectamente admisible, nada sospechoso. Pero la indiferencia...No, Sampere, no ens enredeu, mestre, si hay algo siempre huidizo e inalcanzable, una caza a la que no dar alcance, es precisamente, más en el caso del poeta, del blogger, del escribidor, la indiferencia.

jueves, 26 de noviembre de 2009

El año en que don Joaquín vivió peligrosamente


Sucedió aquel año en que don Joaquín, ya en edad avanzada, después de cierta resistencia, decidió ponerse al día y quitarse la sotana. Aquel verano pasó cuatro días en casa de su primo don Leónidas que ejercía de párroco en una capital vascongada. Don Leónidas, algo más joven y mucho más americano que don Joaquín, le acogió con cariño y agasajo. El calor arreciaba aquellos días y aquellas noches y don Joaquín descubrió que andando por el mundo sin sotana también se sudaba lo suyo. Suyo o ajeno, el sudor seco no es agradable, así que aquella mañanita, después de la misa, le dijo su primo: “Cámbiate la camisa, que doña Reme lava hoy y mañana la tienes lista”. Don Joaquín obedeció, se puso la otra camisa gris que había traído y se dispuso a dar buena cuenta del tazón de chocolate que le esperaba en la mesa camilla. El chocolate no tenía el espesor óptimo, pero el buen apetito de don Joaquín no se arredró ante aquella contrariedad y el platito de tostadas que había junto al tazón fue vaciándose con rapidez. Pero, oh dolor, qué poco duran las pequeñas felicidades de este mundo, qué pasajeras se nos ofrecen. Las gotas de las sustancias que manchan tienen la extraña propiedad de moverse impulsadas no se sabe por qué extrañas y misteriosas fuerzas. Una de ellas, del tamaño de una perra gorda, había ido inadvertidamente a posarse, tal vez como testigo de cargo de una leve gula, sobre el pecho del satisfecho comensal. No importaba que la camisa gris fuera de estreno y de la mejor marca clerical, a los ojos de todos sólo se advertiría aquella medalla oscura y culpable, aquella declaración de torpeza y desaliño. “Nada, nada, para doña Reme. Ahora mismo te presto yo una de mis camisas”. La camisa de prestado era mucho más veraniega y mucho menos levítica. Cuando don Joaquín se vio en el espejo con aquel atuendo a rayas verdes verticales no supo qué pensar. “Te va de maravilla, a hacer el turista, pues”, le dijo el primo. Así que salieron ambos, don Leónidas a visitar a unos enfermos y don Joaquín a dar una vueltita por el centro histórico. Vestido de tal guisa, don Joaquín se sentía como un espartano combatiendo la contrariedad. Visitó el Museo Provincial y el Palacio de un noble de cuyo nombre nunca volvió a acordarse. Al cabo de poco tiempo, entre cuadros y piedras, embebido en la historia y en el arte, ya ni se acordaba de su desacostumbrado atuendo. Después entró en la catedral, miró, admiró y rezó.

Al regreso no había nadie en la casa rectoral. Pero la iglesia parroquial estaba abierta. Entró y, para su mal, coincidió en la entrada con doña Reme. “Ya están sus camisas tendidas, don Joaquín”. “Gracias”, dijo él sonriendo. “Don Joaquín, si no es molestia, ¿me puede usted confesar? Será sólo un momentito”. Es lo que tiene ser cura de paso, lo saben bien los predicadores de novenarios y los esporádicos, que a la gente le vienen ansias de confesarse. “Sólo un momentito, don Joaquín”. El buen cura se preguntó si no sería ilícito, si no necesitaría la preceptiva licencia diocesana, pero después de todo qué sabría aquella buena mujer de estúpidos entresijos canónicos, iba a ser sólo un momentito, lo importante era la salus animarum esa, así que entró, vestido de turista como estaba, en el confesionario, se puso descuidadamente sobre los hombros la vieja y fatigada estola que colgaba en el interior y se sentó a oír la confesión de aquella ánima atribulada.
Que sí, que sí, que hay días en que las cosas sólo pueden ir a peor. Y aquel día, cuando don Joaquín estaba absolviendo a peccatis tuis a la buena ama, el señor Rodríguez mojaba sus dedos en la pila de agua bendita. El señor Rodríguez, que venía a hacer su cotidiana Visita al Santísimo, pertenecía a la Adoración Nocturna, a la Archicofradía de las Ánimas, a la Tercera Orden Carmelitana y a la Hermandad de Excombatientes. Se movía como si desfilara, era corpulento como un armario y lucía un bigote ceremonial. Vio luz en el confesionario y eso le dio alegría, estaba bien que alguna vez don Leónidas estuviera donde tendría que estar más a menudo, hasta que se acercó y vio dentro a un tipo incógnito, vestido como del Betis, con la estola medio doblada mostrando el forro. “Coño, un gracioso”, se dijo. Don Joaquín vio avanzar aquel tipo fornido hacia el confesionario, con la cara seria y circunspecta, el ademán grave, el paso firme. “Otro pobre pecador que viene a pedir misericordia”, se dijo. Era hermoso ser cura y a sus años poder hacer tanto bien, así que, ante aquella faz ceñuda, sin duda por el peso de la culpa y la vergüenza de tener que declararla, don Joaquín esbozó una sonrisa acogedora. El señor Rodríguez no tuvo dudas de lo que había que hacer, aquel seglar no sólo estaba chanceándose de algo tan sagrado como es el sacramento de la penitencia, sino que encima se sonreía burlón. El señor Rodríguez flexionó el tronco para doblarse sobre el rostro de don Joaquín, éste inclinó la cabeza para permitir más fácilmente que el penitente pronunciara el “Sin pecado concebida”, pero en lugar de tal acostumbrado latiguillo ritual, lo que percibió el oído de don Joaquín fue una voz de volumen discreto, como pedía el lugar sagrado, pero al mismo tiempo brusca, imperativa, áspera, recia, henchida de una irritación casi incontenible, que le decía: “O sale usted de ahí o le doy dos hostias”.

La sangre no llegó al río, aunque en lo sucesivo don Joaquín siempre desayunó con la servilleta colgada del cuello a modo de babero.

martes, 24 de noviembre de 2009

Ho,ho,ho: buen intento, amigos

Al parecer, la idea partió de un cura de Frankfurt en el año 2002. Ya se sabe que la Iglesia se mueve a veces a paso de tortuga, y ahora, siete años después, es un colectivo, capitaneado por la Federación de jóvenes católicos alemanes de la diócesis de Speyer, el que impulsa una campaña Santa-free zone. Se trata de expulsar al barrigudo Santa Claus inventado promocionalmente por la Coca-Cola en los años treinta y recuperar al santo obispo Nicolás de Bari (o de Mira, si se quiere), substituyendo los "valores" egoístas del consumismo y la comercialidad por los altruistas de la caridad y el servicio.

No lo van a tener fácil en este intento de vuelta a los orígenes. Santa Claus es un icono de la laicidad, de la chispa-de-la-vida, con un aparato de soporte mediático inmenso. El Santa-free zone tiene el mismo problema que cuando alguien intenta hacer algo a prueba de tontos. Todo el mundo sabe que los tontos son increíblemente hábiles para salirse con la suya. En fin, para que no se diga que soy un pesimista, ahí dejo el iconito de la campaña:



sábado, 14 de noviembre de 2009

Aeropuerto 99 y la evolución de las especies

El pasado miércoles, mientras buscaba en la T4 la situación de la puerta de embarque, recordé cómo más o menos en estas mismas fechas diez años atrás, también en un aeropuerto, me convencí de la teoría de la evolución. No fue en Barajas, sino en el Prat. Como todo el mundo sabe, en un aeropuerto sólo dejas de encontrar a la persona que buscas, los demás aparecen siempre por cosas del azar. Así que aquella tarde de 1999 me encontré casualmente con R., una buena amiga que trabajaba en la venta de billetes de Iberia y que estaba a punto de empezar su turno. La acompañé primero a ver los cambios de moneda (?), después me pidió mi billete económico para ver si podía colarme por la cara en preferente. Esperé. Volvió con cara de circunstancias: "Está totalmente lleno, pero bueno al menos que esperes a gusto, ven conmigo", y de este modo completamente ilegítimo, pero válido, estuve por primera y única vez en mi vida en la sala VIP. Allí R. se tomó un café conmigo y, antes de partir rauda a su ventanilla de trabajo, me avisó señalando a las chaquetas rojas: "no tienes que preocuparte de nada, ellas te avisan cuando tengas que embarcar". Era una hora tranquila y aquellas dos señoritas no tenían trabajo excesivo. En aquella sala llena de luz, revistas, café, té, croissants, ensaimadas, sólo había tres VIPs: un tipo de unos sesenta años, voluminoso, nervioso, antipático, enfundado en un traje gris clásico; un joven nórdico con elegante pullover que tecleaba plácidamente en su Mac; y un outsider con americana sport, macuto deslucido y el alzacuellos pendiendo descuidadamente de un lado para airear la garganta. Después de una merienda más que suficiente, ¿qué hacía un tipo como yo en un sitio como aquel? Pues hice lo único que puede hacerse de provecho en tales casos: observar. El señor nervioso voceaba móvil en ristre y no soltaba precisamente halagos. Por lo visto, se estaba hundiendo el mundo, menudo broncazo se estaba llevando el interlocutor. Ya sé que a ustedes no les interesa, pero uno dice lo que sabe, que el negocio era, al parecer de horchatas, que el tipo era el dueño y que o pagaba muy bien o tenía que estar la cosa muy mala para trabajar para él. "¡Pues lo averiguas y me llamas!". Menos mal, una tregua. Corta. Porque a los cinco minutos el tipo volvió a coger el móvil y no para mantener una conversación tierna. Yo no hablo sueco ni por señas, pero el joven nórdico levantó la cabeza con una expresión clara de "¿por qué no te callas?". Si yo fuera inversor, no pondría un duro en un negocio capitaneado por alguien con tan mala horchata. Además, leí hace tiempo en alguna parte una entrevista al Presidente de una compañía que factura una millonada, donde el entrevistado decía poco más o menos que él apenas usaba el móvil, que eso, concebido como una necesidad continua, era sólo para los pringaos (no utilizaba esta palabra, pero el sentido genuino era ese, y además un sentido acertado, huelga decir que un servidor apenas usa profesionalmente el móvil). Pero volvamos a la sala VIP. Acertó a pasar una de las muchachas, la rubita, cerca del tipo del móvil, y éste, haciendo una pausa que el sufrido empleado del otro lado debió aprovechar para rascarse la oreja, la llamó con un ademán arrogante. "Eh, oiga, oiga, todo es dulce, todo es dulce, ¿no tienen nada salado?", le espetó señalando el amplio surtido de pastelería. "Hay cacahuetes, señor", dijo la señorita poniendo cara de se-acabó-el-jabugo. "Cacahuetes, cacahuetes, ¡cacahuetes pa los monos!". En este punto el joven nórdico volvió a levantar la cabeza, buscó en un departamento de su maletín y extrajo unos auriculares. Estuve observando diez minutos más, luego decidí que allí no aprendería nada nuevo, así que, después de tomarme un poleo menta bien azucarado y teniendo en cuenta que la hora de embarque estaba próxima, enfilé hacia la salida, dije adiós a las amables señoritas del mostrador y, una vez en la puerta, di una última mirada de despedida a la sala, como quien mira la senda que nunca ha de volver a pisar. Y entonces, rendido a la evidencia, comprendí que la teoría era cierta y que, además, funciona en los dos sentidos. Allí había un ser humano con dos hilos de plástico en las orejas, doblado sobre un aparato en el que sus dedos se levantaban y aterrizaban con rapidez, ensimismado en su labor. Y allí había también gesticulando al vacío, profiriendo sonidos mientras masticaba, seguro de sí mismo (la mayor seguridad en uno mismo es saber quién eres, él lo sabía, él lo dijo, la señorita rubia de la chaqueta roja puede dar fe, yo no me invento nada) un mono comiendo cacahuetes.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Consejos para homicidas que quieran minimizar riesgos

Dado que, de momento, parece que mi Manual de homicidas tardará en ser publicado, quiero ofrecerles una síntesis del mismo. Creo sinceramente que puede resultar de utilidad para aquellos de ustedes que se levantan a veces con unas ganas tremendas de matar a alguien. Por si esas ganas no se les quitan, tengan en cuenta, a fin de minimizar los riesgos de su acción y especialmente las consecuencias adversas si le pillan, los siguientes consejos:

1º Asegúrese de que la víctima pertenece a la especie humana. Matar animales dice muy poco en favor de quien lo hace. No importa si el gatito del vecino se caga en sus parterres o le llena de pelos la tumbona. Métase esto en la cabeza: los animales, incluidos los piojos y las garrapatas, son sagrados. Si tiene la mala suerte de que un perro le muerde en la pantorrilla izquierda, preséntele la derecha, no se le ocurra tocarlo y, por favor, no tenga usted la crueldad de levantarle la voz, pues podría crearle un trauma psicológico al animalito. Hay una directiva europea que, en aras de preservar el equilibrio ecológico, prohíbe matar a las ratas de alcantarilla (y si no la hay, la habrá pronto), así que descarte definitivamente este tipo de víctimas.

2º Tenga cuidado con los seres humanos no nacidos, porque no se sabe si son humanos o no lo son. ¿No lo entiende? Depende de la conformidad de la madre. Si no tiene usted el permiso de la madre, son alguien y cuidadín con hacerles nada; si tiene usted el permiso de la madre, son algo (pero no animales) que puede ser eliminado. ¿No lo entiende? No importa, no lo entiende nadie, pero en democracia las cosas no tienen por qué ser entendidas, basta con que se voten en el Parlamento y se diriman en la televisión. No se preocupe por la fecha de entrada en vigor de las leyes: en este país hay tanta gente en la cárcel por interrumpir un embarazo como por interrumpir una conversación.

3º Elija a un extraño como víctima y mátelo inmotivadamente. Matar al cónyuge puede salir especialmente caro, más si consideramos lo que lleva gastado la Administración en inútiles campañas de concienciación. Se expone usted a salir en los periódicos y está demostrado que en muchos de estos casos a la acción homicida le siguen irresistibles tendencias suicidas. Lo dicho: a un extraño y porque sí, no se arrepentirá y tendrá todavía la agradable posibilidad de que sus suegros sigan dirigiéndole la palabra.

4º Emplee instrumentos asesinos tradicionales: la escopeta, la navaja trapera, etc. La quijada de asno también queda muy propia, pero en el Lidl no la tienen en oferta. Le desaconsejo los explosivos y los lanzallamas. Ensucian mucho y hay que tener cuidado para no hacerse dañito. Y mate siempre como por arrebato, nada de plan detallado. Mate de frente y, por lo que más quiera y aunque tenga muchas ganas, espere que amanezca.

Mate sólo seres humanos adultos y de mediana edad. Los menores, incluso los que tienen pelos largos en las piernas y le pueden tumbar a usted de un soplido, están superprotegidos. Entiendo que para un profesional de la enseñanza en los tiempos que corren sean el principal objetivo, le entiendo, créame, pero es mejor que aguante hasta salir de clase y en sus horas libres se cargue a un adulto (huelga decir que cargarse a ciertos progenitores de esos y esas entrañables menores sería un acto de justicia). Tampoco suele salir a cuenta matar ancianitos, a no ser que el homicidio se perpetre con una bicicleta; no es ningún secreto que la bicicleta suele proporcionar inmunidad; tiene la desventaja de que no es un arma efectiva al cien por cien. Pese a que combina el triple efecto de percusión, sustito y caída posterior, hay ancianos (sobre todo ancianitas) que sobreviven y encima son capaces de negarse a pagar la reparación del vehículo.

6º Es muy importante conocer eso que llaman la “orientación” sexual de la víctima. Descarte, por completo, a sodomitas y tortilleras. Por mucho que diga que usted no sabía y que mató sólo por ganas de matar, en estos casos el poder de la maquinaria estatal caerá sobre usted, con toda su fuerza ejecutiva, legislativa, judicial y mediática, especialmente si descubren que usted es, qué escándalo, heterosexual sin reparos. O le meterán en la cárcel por lo que le queda de vida o saldrá de ella con una edad ya venerable y obligado a llevar una estigmatizante pulsera de homófobo.

7º Antes de acabar con la vida de alguien, procure cerciorarse de su nacionalidad. Los extranjeros salen penalmente mucho más caros. Mate sólo víctimas españoles y españolas de toda la vida de Dios. Contrate antes un detective y un genealogista que aseguren la correspondiente limpieza de sangre. Si hay antecedentes africanos, amerindios o vikingos, la xenofobia se presumirá. Si la víctima elegida prima facie presenta un color de piel digamos aceitunado, mejor que lo descarte. Desconfíe de las pelirrojas y de los camareros de ojos pequeños.

8º Se lo repito otra vez: la ley no entiende que usted mate porque tiene ganas de matar. La elección de la víctima es fundamental. El instructor siempre trata de encontrar un motivo, el fiscal (y ya no digamos la fiscal) siempre buscará un tipo agravado. Por eso hay que poner los cinco sentidos al elegir a la víctima. Incluso el olfato. Mate a gente que huela bien, gente que tenga un trabajo de 8 a 15, gente que pague sus impuestos y sus primas de seguro, gente que lleve el coche a pasar la ITV, gente de esa que se pone el chandal los domingos, etc. Si se le ocurre matar a un greñas de los que llevan tres meses sin ducharse, a una tarotista góticamente vestida o a un boy con dragones tatuados en el cuello, creerán a pie juntillas que es usted un intolerante y eso no es bueno.

9º Mate usted sólo a católicos. Matar a alguien que profese otra religión o que no profese ninguna parecería bastante sospechoso. Usted no le estaría sólo quitando la vida a alguien, sino que encima iría contra la libertad de conciencia en un Estado plural y laico cual es el nuestro. No le servirá de nada haber asistido a una conferencia sobre derviches en la Casa Elizalde o haber cursado con aprovechamiento un curso budista de liberación del deseo y de la codicia (sí, sí, ese por el que pagó usted 400 euros la hora), no le servirá.

10º Puestos a escoger, escoja a un cura como víctima. Ideal. Tendrá atenuantes con toda seguridad. Es una simple implicación lógica: todos los curas son pedófilos, los pedófilos no tienen derecho a la vida, luego los curas...¿No lo sabía usted? Entonces es usted, perdone que se lo diga así de crudo y de claro, un tonto sin cultura, un analfabeto cultural. Venga, que eso tiene remedio: vea la Sexta, lea Público, descárguese Los hombres de Paco, luche contra la ignorancia...¿Como puede pretender ser homicida si no sabe la verdad de las cosas?

Una última recomendación: si no quiere ser un mal nacido, cuando siga el décimo consejo no se le ocurra elegir como víctima a alguien que lleve gafas de sol de espejo y gorra con la visera palante, le aseguro que tal como yo lo veo eso no estaría bonito.

De nada, de nada, hoy por ti mañana por mí.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Del siglo pasado: Josep M. Llovera y la actualidad neomaniquea


En la primera mitad del siglo pasado tuvo la Cataluña católica pensadores relevantes, cuyos escritos revelan una profundidad de conocimientos, una útil erudición que difícilmente se encontrará hoy en nuestros teólogos y filósofos. Hoy quiero recordar al canónigo Josep M. Llovera, sociólogo y traductor, y en concreto, su versión catalana de las Confesiones de San Agustín, ilustrada con abundantes notas a pie de página y con una nota proemial en la cual, cuando retrata al adolescente de 1931 en su semejanza con el joven Agustín, parece que esté trazando con pocas variaciones el retrato de no pocos de nuestros contemporáneos (y no precisamente sólo de nuestros adolescentes):

“(El joven) será un dogmático encuadrado en un maniqueísmo de moderna acuñación, que pretenda explicar el mundo y la vida como un juego de acciones y reacciones de fuerzas contrapuestas, de principios antitéticos, y dé como destino final de la vida humana la reabsorción en un mar de luz del que cada alma será concebida como una chispa. Con esto la petulancia juvenil creerá haber alcanzado la superación de ese concepto mezquino de un Dios personal y providente que se forman los católicos, de la misma forma que Agustín creía haber superado el antropomorfismo empequeñecedor de la divinidad que él confundía neciamente con la fe de la Iglesia. Un concepto más amplio (es decir, más laxo) de la moralidad se desplegará a sus ojos, una moral en la que tendrán cabida todas las inmoralidades, especialmente las de orden sexual, que la pseudociencia actual proclama y avala y que, por singular coincidencia, encontraríamos prácticamente cada una de ellas practicadas y avaladas por la moral maniqueísta. Incluso, si se quiere, no faltará, como en el maniqueismo, el paliativo de las “abstenciones”, bautizado con el venerable título de “austeridades”, ni las morbosas sensiblerías de los maniqueos hacia los seres inferiores animados de la naturaleza. Y así como aquellos antiguos sectarios, generosa y compasivamente, llegaban a considerar como semicristianos a los pobres católicos, que gemían bajo el peso de una “autoridad terrible”, así el adolescente de hoy, pretencioso como Agustín, se considerará liberado de un pesado yugo y se sentirá superior a los que todavía son esclavos de los prejuicios admitidos en la infancia, más aún si, como a Agustín, le ocurre que se topa con defensores de la doctrina católica porfiados, pero al mismo tiempo faltos de formación e ineptos, sobre los cuales obtenga una victoria fácil. Aun así, la paz intelectual, fruto sólo de la posesión de la verdad, no le será otorgada. Como Agustín en su novenio de extravío, vivirá en buena parte sólo de esperanzas, esperando el gran adoctrinamiento de Fausto. Fausto será, para el joven culto de hoy, un nombre cualquiera de los grandes maestros de la filosofía naturalista. Mientras aplazará el contacto directo con las obras de tales maestros, creerá que todas las dificultades que hierven en su espíritu serán detalladamente aclaradas y resueltas. Con el contacto directo vendrá también el desengaño. Podrá descubrir allí el talento y elegancia de Fausto, pero, al mismo tiempo, su vaciedad y parvedad de doctrina. Como antes fue un dogmático del maniqueísmo disfrazado de ciencia moderna, llegará ahora a la posición escéptica o agnóstica de los modernos académicos: Ignoramus et ignorabimus (no sabemos ni sabremos).”

[Traducción del catalán (manifiestamente mejorable) de un servidor]

sábado, 24 de octubre de 2009

Como al memorable Cardoso

Como excepción, hoy he corrido cuarenta minutitos por el campo. Ya decía William Jammes, en su Compendio de Psicología, respecto a los vicios y a las virtudes, que la repetición de un acto lo facilita hasta casi automatizarlo, porque en ese todo que es el ser humano quedan grabadas las impresiones repetidas, es decir que, a fuerza de repetición, independientemente de nuestra voluntad de recordar o de perdonar, nuestras moléculas materiales o espirituales memorizan implacablemente. Es el hábito, la costumbre. A mi organismo debe sucederle algo parecido, porque, acostumbrado al entorno espeso al que nos habituamos los corredores urbanos, hoy reaccionó de pena en la naturaleza sin tregua del campo. Punzada lateral, cansancio, nerviosismo, todo ello debido, según creo, al aire demasiado transparente y puro (con lo alimenticio que es el de ciudad), al silencio demasiado ininterrumpido (qué añoranza de ese caleidoscopio decibélico de motores, gritos, martillos percutores)... Total que me ha pasado como al Cardoso de El malvado Carabel, admirablemente interpretado en el cine por Joaquín Roa...






(Por cierto ¿a qué se parece este proceder de animar a los currantes a esforzarse mientras los que están al mando van y vienen con coche? Rayos y truenos, ¿a qué me recuerda esto? Ay, demasiado olvidado don Wenceslao...)

domingo, 18 de octubre de 2009

Bailongos y espiritualidad

En la posguerra abundaban los libros moralistas que prevenían contra los nocivos efectos morales del baile. "¿Es pecado bailar?" no era una pregunta estúpida por aquel entonces. Hoy creo que estas preguntas subsisten en el ámbito de algunas iglesias evangélicas. La Escritura da poca respuesta, si no es la única que puede darse válidamente, es decir la de un situacionismo legítimo en este caso: "depende del baile, del cómo, del dónde, etc". Tampoco faltan exegetas que dicen que María danzaba al cantar el Magníficat, como tampoco faltan los que dicen que, no es que no danzara, sino que en realidad nunca cantó ni recitó el Magníficat, siempre suponiendo que María existiera (con los exegetas hay que andar siempre con cuidado). Como estoy de buen humor, hoy me ha dado por preguntarme si es "adecuado" bailar en la vida religiosa. En otros tiempos un maestro de novicios, por ejemplo, habría caído de culo ante tal disipación , ante una palmaria falta de compostura, ante tal cesión al mundo, al demonio y a la carne. Hoy día no faltará el maestro de novicios que informe desfavorablemente respecto a un pupilo amuermado y retraído incapaz de mover el esqueleto. En fin, Dios nos pille confesados que, en los tiempos que corren y si la cosa no cambia, confusos nos va a pillar de todas todas...





Estos eran de ficción:







Pero estos/as son de verdad:




















Se puede recordar que:
Dixitque David ad Michol: “ Ante Dominum salto. Benedictus Dominus, qui elegit me potius quam patrem tuum et quam omnem domum eius, ut constitueret me ducem super populum Domini, super Israel! Ludam in conspectu Domini et vilior fiam plus quam factus sum et ero deiectus in oculis meis, sed apud ancillas, de quibus locuta es, gloriosior apparebo ”. (2 Sam 6, 21-22)

pero también que:

Die autem natalis Herodis saltavit filia Herodiadis in medio et placuit Herodi, unde cum iuramento pollicitus est ei dare, quodcumque postulasset. (Mt 14,6-7)

en realidad,

...tempus flendi et tempus ridendi,tempus plangendi et tempus saltandi (Eccle 3,4)


(Vale, Cohélet, apúntate otra, tío)

jueves, 15 de octubre de 2009

Catalunyareligio.cat: una de cal y otra de arena

Acabo de darme un paseíto por el relativamente reciente portal católico Catalunyareligio.cat. En principio, me parece un poco desigual, lo cual no es malo cuando tiene que ver con la pluralidad, pero no es tan bueno cuando tiene que ver con la calidad. Para muestra dos botones.
De una parte, la defensa infumable que Llisterri hace de Forcades. Los amigos están para ayudarse, pero aquí Llisterri, que otras veces se ha mostrado más lúcido, se ha lucido, sacando los estandartes del victimismo y el papus de tenebrosas campañas silenciadoras e inquisitoriales, total para desviar la atención sobre el meollo del asunto, el que la doctora haya efectuado un discurso teológico condicionado por su fidelidad al magisterio feminista, y el que este discurso se haya transmitido alegremente (y oportunamente favoreciendo intereses muy claros) a través del medio televisivo. Hay una distancia, que Llisterri calla, entre la simple "imprecisión" de matiz y el disparate. Sin embargo, hay algo en lo que le doy toda la razón: en Roma no tendrían que haber perdido el tiempo con esto. Si lo han perdido, si ha intervenido la Congregación pertinente, es porque quien tuvo que intervenir en su momento no lo hizo, porque la madre abadesa miró hacia otro lado. Lamentablemente, este no es un defecto exclusivo de quien rige el monasterio de Sant Benet. Muchos son los superiores y superioras a los que hoy les cuesta llevar adelante su labor. En aras de una autonomía y de una corresponsabilidad mal entendidas, prefieren dedicarse a una labor puramente administrativa. La abadesa de Sant Benet no está ahí principalmente para decidir si la cerámica X representa a San Nicolás o a San Severo, sino para mostrar su auctoritas (suponiendo que la tenga, ya que es más difícil de tener que el simple imperium) y haberle hecho ver a Sor Teresa que tal vez conviniese reflexionar sobre una orientación que no se ha revelado buena ni para el mundo, ni para la Iglesia, ni para el monasterio, ni para su propio camino espiritual.
En tiempos de confusión y superficialidad y como contraste con lo anterior, hay que destacar la inteligente reflexión de Andreu ibarz sobre el documento emitido desde Instituto Borja de Bioética Consideraciones sobre el embrión humano. Andreu, a quien conozco y de quien doy fe que posee las infrecuentes cualidades de escuchar con atención y comunicar sin arrogancia, elogia, encomia, incensa el contenido formal del documento. Pero ello no le impide, tratando con respeto (al estilo del Pedro Crespo de Calderón), poner el dedo en las muchas llagas de la sustancia material. Socarronamente pide unas precisiones y/o ampliaciones, cuyo dilatado alcance (algunas son peticiones de principio) sólo es digno del concepto de precisión-imprecisión que maneja Llisterri. En resumen, que Andreu Ibarz hace como quien extiende amigablemente hacia el Grupo Interdisciplinario en Bioética el brazo izquierdo abrazándoles y dándoles unas palmaditas amigables en la espalda, mientras les pega unos merecidos derechazos en los morros. Bien à vous, Andreu.

martes, 6 de octubre de 2009

Del siglo pasado: un poema de Guillem A. Tell

Guillem A. Tell Lafont pertenece a ese grupo de poetas humildes y olvidados de la literatura catalana. “Mestre en Gai Saber” (título que se daba a los que habían ganado los tres premios de los Juegos Florales), su obra poética recogida en libro a instancias de sus familiares se publicó póstumamente, ya que falleció cuando le faltaban sólo por corregir las pruebas del índice. El título del libro se presenta humilde como el autor: Poesies (Impremta La Renaixensa, Barcelona, 1929; se hizo una segunda edición en 1971). Cuando preparaba este post, me he percatado que el libro puede leerse enteramente on-line (también esta vez, supongo, por empeño de sus descendientes); dejo aquí el enlace para quien le interese.
Yo me limito a transcribir el poema Enterro, sobre la sepultura de un niño, algo que en aquel entonces era menos excepcional que ahora (en nuestras latitudes se entiende, lamentablemente en otras partes los niños siguen siendo sepultados con escalofriante y escandalosa frecuencia).
(El poema en catalán es una obra de arte; he puesto la traducción castellana en letra más chiquita y sólo para casos de urgencia, en la confianza que la bondad de los entendidos sabrá disculpar la extraordinaria distancia cualitativa que hay entre original y traducción; aunque este outsider ha procurado no traicionar excesivamente, la devaluación salta a la vista. Perdón, pues, perdón y clemencia).

ENTERRO

Es mor la tarda silenciosa i clara
en mig dels flams de la rogenca posta,
dalt del fossar de l’enasprada costa,
una tomba d’un nin oberta encara.

El plor amarguíssim nostres ulls amara,
que el trist adéu, per sempre més s’acosta
al llir caigut de la florida brosta,
que té la terra eternament avara.

El devassall de flames de l’altura
enrogeix la muntanya i la planura,
i abans d’endur-se’n els colors que moren,

els núvols plens de lliris i de roses,
reflecteixen les flors sobre les lloses
on els nins dormen i les mares ploren.















ENTIERRO

La tarde silenciosa, en agonía,
arde rojiza por crepuscular.
Se halla en el cementerio sin cerrar
la tumba de un chiquillo todavía.

El más amargo llanto nos inicia
al ritual de la triste depedida.
Adiós al lirio fresco en su caída,
tomado por la tierra y su avaricia.

Vuelcos de llamaradas de la altura
enrojecen montañas y llanura.
Los colores que mueren atesoran

nubes llenas de lirios y de rosas
con reflejos floridos en las losas:
los niños duermen y las madres lloran.













domingo, 4 de octubre de 2009

Otro que se la está buscando

Se llama Mehdi-Georges Lahlou, se autoproclama artista y hace este tipo de cosas anodinas, irritantes o graciosas, depende del color del cristal. Recientemente parece que una exposición suya en Bélgica tuvo que ser retirada antes de lo previsto (ver noticia). Qué quieren que les diga, mis gustos estéticos van por otros andurriales. Lo cierto es que en todo caso al tipo hay que reconocerle un valor que a la mayoría de los mortales sólo se nos supone. Además, no puedo evitar preguntarme: si en este video en lugar de ponerse sobre la cabeza un Corán se hubiese puesto un crucifijo, ¿cuál habría sido la reacción de la progresía europea políticamente correcta? Lo que decía al inicio, lo del enojo o la sonrisa complacida.


(Aviso para navegantes a los que no les gusta perder el tiempo: a no ser que estén fascinados por la sublimidad del arte o por lo relajante que les parezca el video, bastan los 2 primeros minutos para hacerse cargo de qué va la cosa...)

lunes, 28 de septiembre de 2009

Hasta el humor tiene fecha de caducidad

En verano del montón de libros para leer algún día extraje un ejemplar de la novela Cuarto creciente, luna llena, cuarto menguante, de Noel Clarasó, publicada por José Janés en 1946 y adquirida hace unos meses por 2 € en los Encantes. Me gusta el humor de Clarasó, aunque sea desigual y a veces conlleve un poso débil de amargura. En la novela hay varias remesas de busilismos. El busilismo, según lo define el autor, es "expresión breve y simplificada de una verdad como un templo". He aquí dos ejemplos, para que se hagan ustedes una idea:
"Si tres personas encienden con el mismo fósforo, el más perjudicado es el fósforo."
"Algunos padres dicen que les entristece ver crecer a sus hijos, y no piensan en lo triste que sería ver que sus hijos no crecen".
Leyendo el libro me he dado cuenta de que hasta el humor tiene fecha de caducidad, que aquello que, por ingenioso absurdo, podía provocar en 1946 y quién sabe hasta cuántos siglos antes una sonrisa, hoy, en el 2009, va camino de convertirse en una desgraciada sosería. Vean si no. En un momento determinado el protagonista, Estanislao, lleva a su novia Matilde a la casa familiar, para que conozca a sus padres. Se hacen las presentaciones de rigor y don Baldomero, el padre, que es miope y sordo, quiere soltar una frase solemne que esté a tono con la solemnidad del momento. No se le ocurre más que esto:
"Nuestro hijo nunca ha sido una hija..."
(Rayos y truenos, cómo cambia el mundo)

martes, 22 de septiembre de 2009

Roma


No había estado en Roma desde hacía 8 años. En realidad, hace 3 pasé por allí, pero no estuve propiamente, fue un paso rápido y limitado : Fiumicino - Termini - Tre Fontane y viceversa (cosas de frailes y encuentros de estudios). Esta vez ha sido media semana, la otra media la pasé en Apulia, en un bonito pueblo de buen vino y bella cerámica. Así como a bote pronto algunas impresiones italianas:

a) Tiziana Ferrario presenta el TG1, como hacía hace 16 años. ¿Por qué será que me acuerdo de Rosa María Mateo?
b) Sigamos mateóricamente con la TV. Da toda la impresión de que en el santoral secular a Mike Bongiorno (Alegria!) lo van a hacer santo subito.
c) Si estamos con los santos, vayamos a San Pedro. En el control de acceso a una señorita que iba delante le han dicho que nanay, que con la camiseta de tirillas no se entra. La señorita llevaba una gruesa guía de Roma, con una portada casi fosforescente. Si una guía de Roma no te previene de estas cosas, no es una buena guía.
d) No tengo una guía a la que echarle la culpa. La última vez que estuve todavía se accedía a las tumbas de los Papas desde el interior de la Basílica. Ahora han invertido el sentido del recorrido, por lo que se accede desde fuera, así que en mi torpeza entré, busqué, pregunté, fuera, a la izquierda, el último cancello, y claro al final del camino otra vez dentro. En realidad, no visito las tumbas de los Papas en plural; voy directo a la de Pablo VI y me paro a rezar un poquito (ritual personal).
e) Personalmente, advierto que Soprani ya no es lo que era, que vive más de la fama que del mérito actual. Hay otras tiendas en la zona que ofrecen ya similares ventajas de precio y calidad, ahorrándote además ese extraño ceremonial de ir con la bandejita a la señorita que apunta, acudir a pagar a la caja al señor de bigotes y volver a la señorita apuntadoraembolsadora para llevarse la compra. A la vuelta veo que, a falta de código de barras, tienen una bonita página web. Me hace sonreír la versión española porque dice reiteradamente que venden articúlos (¿traseros articulados?).
f) Dicen que en la línea B del metro hay también vagones de esos articulados, limpios, luminosos y con aire acondicionado. A mí estos días me han tocado los vagones de siempre, sucios, oscuros y con las ventanas entreabiertas. La voz debe tener contrato fijo, como la Tiziana, porque es la misma voz de siempre: "Prossima fermata, Eurpalasport".
g) Después de la misa, me ferma una señora para preguntarme si soy del Alto Véneto, por el acento. Si supiera italiano como es debido, le diría que hasta hoy no tenía ni puñetera idea de que existiera un Alto Véneto, pero para no decir una barbaridad me limito a contestarle que no. Me pregunto si lo del Alto Véneto se le habrá ocurrido al oírme leer el evangelio, especialmente al pronunciar Aminadab, Naason, Fares y toda esa ristra de nombres de tipos desconocidos con que nos obsequia la liturgia en la fiesta de la Natividad de la Virgen.
h) Dos son los santuarios marianos que en mi ritual personal visito siempre en Roma. A decir verdad, el primero es una parroquia dedicada a un apóstol, pero desde hace mucho tiempo la Madonna del Miracolo le hace toda la sombra a S. Andrea; en el otro, en el Rione Monti, rezo ante la tumba de San Benito José Labre. Deberían proclamarle patrón de los outsiders, de los de veras.


lunes, 21 de septiembre de 2009

Un trailer

Uno hace sus "vacaciones" con cierto retraso (entrecomillo porque este año me ha tocado dar un pequeño cursillo en Italia), así que está este blog como abandonado. Pues nada, que, entretanto me limito a poner un trailer de un documental que supongo que generará su buena polémica. Se centra en Norteamérica, pero me pregunto si por estos lares podría acaecer algo similar. Yo no digo ni que sí ni que no, simplemente lo pongo.


viernes, 21 de agosto de 2009

Perlas (III)


"Hazte donante de ideas". Pues ésta también es buena. La campaña que este veranito han parido desde el Ayuntamiento de Barcelona...
En plan dadivoso y participativo, pero en el fondo una tomadura de pelo. Porque resulta que el Ayuntamiento de Barcelona tiene, además de un Alcalde y cinco Tenientes de Alcalde, un Comité Ejecutivo con veintidós miembros, una Gerencia Municipal de la que dependen una veintena larga de Gerencias sectoriales y territoriales, ocho organismos autónomos locales, cuatro entidades públicas empresariales, cinco sociedades privadas municipales, con un montón de asesores de servicios, directores, consejeros, etc. Si tenemos en cuenta que las retribuciones de la gente que están ahí para pensar van desde los 19076 a 39211 euros de los consejeros de distrito (figura creada retributivamente el pasado año para colocar a unos cuantos amiguetes políticos en tiempo de crisis) a los entre 86.586 a 168.300 euretes que cobran Gerente municipal, gerentes y asimilados, pasando por una bonita escala de directores, directores de servicios, comisionados, asesores, consejeros técnicos y un largo etcétera, cuyo trabajo se supone que es intelectual y no de cavar zanjas a pico y pala, ¿ a santo de qué se nos pide a los ciudadanos que demos ideas?
Ni siquiera se ha tenido la decencia de simular una especie de concurso con premio, sino que se entra a saco: hazte donante. Lo peor es que en esta ciudad hay todavía gente de tan buena fe, de tanta bondadosa ingenuidad, que todavía se van a apuntar al carro, empeñádonse en ser unos buenos ciudadanos que tratan de participar en la marcha de la ciudad y de las cosas que se hacen en ella, así, por la cara, creyéndose esta parodia participativa que han montado nuestras autoridades y la gente que vive de la vaquita municipal para irse de vacaciones tan ricamente. "¡Que piensen ellos!", se dirán mientras toman el sol en la playa.
Al "yo no soy tonto" publicitario le han opuesto un "yo soy donante de ideas" (o sea, en realidad, "yo sí soy tonto"). También yo les voy a dar una idea, ea, voy a ser donante: al que ha ideado esta campaña que lo manden a la cola del paro, a ver si allí, mientras espera turno, se le ocurre algo. Ea, ahí tienen, de gratis, tiene poco que ver con la nueva Diagonal, pero va a ser en favor de toda la ciudadanía.
(Lo que yo decía en un post anterior: si es que van provocando...)

martes, 18 de agosto de 2009

"Perlas" (II)


"La ministra de Sanidad y Política Social, Trinidad Jiménez, desaconsejó hoy besar, dar la mano, besar reliquias religiosas o meter la mano en las pilas de agua bendita de las iglesias por ser vías por las que podrían aumentar los contagios de gripe A en España..", dicen los medios de información del día 14 de agosto.


Y uno, que a veces es un poco primario ante estas recomendaciones exquisitas, se pregunta así a bote pronto y a lo bruto (y perdonen ustedes la ordinariez): Y... ¿follar se puede, sra. Ministra? Y no es que uno, por razones que fácilmente se entienden, tenga una especial preocupación en este aspecto, pero no puede evitar pensar, en su ignorancia sanitaria, que acaso un medio de contagio puedan ser también las relaciones sexuales y que no puede evitarse una cierta extrañeza en cuanto de ningún modo se desaconseja, por ejemplo, mantener relaciones sexuales, especialmente entre desconocidos/as. Tal vez el peligro no exista por este medio, tal vez, disculpen una vez más mi ignorancia en este terreno, esté ya extendido el uso de los preservativos de cuerpo entero, como aquellos que usaban en una película cuyo nombre no recuerdo Leslie Nielsen y Priscila Presley. La ignorancia es atrevida. Tan atrevida como para pensar, por ejemplo, que con las cifras que a veces se dan del negocio de la prostitución en España y el contacto que ello comporta (algo más, que yo sepa, que dar la mano, a no ser que la cosa se limite a decir "hola", lo que parece bastante improbable) podría ser éste un alto factor de riesgo. También es verdad que tal como va la economía, por mucha pandemia que haya, no están los tiempos como para desincentivar la actividad de 4000 locales de alterne y mandar al paro a otras 80.000 personas (manejo las cifras más bajas que he encontrado), así que no me extraña que haya que prevenir y recomendar sobre factores más mortíferos, menos necesarios y de escasa incidencia en la situación económica, como son las terribles pilas de agua bendita. También podría ser que doña Trinidad y sus asesores hayan tenido en cuenta los hábitos de higiene de los diversos grupos de población, es decir, que probablemente consideren que los usuarios y las trabajadoras de la prostitución son personas limpias y asépticas como los chorros del oro, mientras que la gente que va a misa somos más bien guarros e infecciosos. Ay, qué cosas tiene el calor, qué razonamientos tan particulares genera...Creo que debería ponerme a ayuno de bloggear hasta septiembre, aunque reconocerán ustedes que hay gente que va provocando.

viernes, 14 de agosto de 2009

"Perlas" (I)


En verano da tiempo de leer con detenimiento cosas pendientes, aunque sólo sea para cambiar ligeramente de registros. A veces uno se encuentra con "perlas" como la que sigue. Sirven para entender de qué manantiales han bebido ciertos personajes de moda que en nuestro reducido redil desatan escándalos inútiles en la ortodoxia clásica, provocan aplausos en la ofuscación o dan un poco de lástima desde la inteligente serenidad. Pues eso, que ya ven que ni siquiera se puede decir que sean originales:

"Cuando una mujer se queda embarazada dentro de una amante, solidaria, respetuosa relación, tiene ante ella el camino abierto para optar, y decide que no quiere tener un niño, y tiene acceso a un aborto seguro y accesible, eso no ha de ser visto como una tragedia, sino sólo como una bendición. La capacidad de disfrutar del don de Dios que es la sexualidad sin comprometer la propia educación, la vida laboral, o la capacidad de usar los dones y la llamada de Dios es simplemente una bendición...
Hay dos cosas que quiero que recuerden: el aborto es una bendición y nuestro trabajo no ha terminado...Quiero dar las gracias a todos los que protegéis esta bendición, que lleváis a cabo este trabajo un día tras otro: profesionales de la salud, médicos, enfermeras, técnicos, recepcionistas, que se arriesgan para cuidar a los demás; a mis ojos, son ustedes héroes, son santos; los escoltas, los activistas, los integrantes de grupos de presión, los defensores de las clínicas, todos ustedes. Ustedes están comprometidos en una labor sagrada."

(Palabras dirigidas por una presbítera episcopaliana norteamericana en el año 2007 a los prochoice y publicadas en la NARAL de Texas; el sermón puede leerse también en su blog personal y fue reproducido, asimismo, en el blog de Damian Thompson de The Telegraph. En Marzo -con efectividad en julio- la sacerdotisa fue elegida Presidenta de la Episcopal Divinity School de Cambridge. Enhorabuena. Para la cultura de la muerte, claro.)

viernes, 7 de agosto de 2009

Anversos aparentes que esconden reversos auténticos

No es infrecuente que a veces la tristeza nos asalte. Todos conocemos esa sombra que en el momento menos pensado disminuye nuestra claridad vital, incluida esa extraña sensación de que la gente en torno parezca extrañamente más feliz.
En realidad, sólo es apariencia, como en esta antigua postal francesa, que alguien escribe, después de la I guerra mundial, probablemente a un camarada. En el anverso, la Sale des fêtes del Hôtel de Ville de Avignon.

En el reverso, la declaración de la desolación. Traduzco torpemente del francés: Por fin, de vuelta a casa después de un largo y penoso viaje. Usted puede adivinar lo que supone para mí este regreso al hogar vacío. En fin, qué remedio, nada se puede hacer, sufrir solamente...

Por si fuera poco, parece que incluso la metereología acompaña, con un frío más intenso...

lunes, 3 de agosto de 2009

Si fuera prosista escribiría cosas así (IV) o don Joaquín el "diplomático"


El pueblo donde don Joaquín ejercía de párroco tenía a la salida del núcleo urbano un pequeño tesoro: el monasterio de Santa Clara. El monasterio tenía su propio capellán, don Práxedes, un ancianito de ochenta y muchos, retirado en la antigua casita del recadero, cuidado con mimo por aquellas santas mujeres. Él les decía la misa cada día puntualmente, aunque los achaques hacían que la dijera de un modo un tanto particular, mezclando apresuramiento y dudas. No era extraño que a mitad del Padrenuestro don Práxedes volviera la cabeza nerviosamente hacia la madre Abadesa mientras preguntaba: "¿He consagrado, he consagrado?" Invariablemente la reverenda Madre asentía con la cabeza y el monaguillo esbozaba una sonrisa. Por eso y por la sordera la comunidad había decidido dispensarle del oficio de confesor. Ahí entraba don Joaquín. Cada dos semanas el párroco se daba un paseíto de lunes mañanero hasta el monasterio. Misa, desayuno y confesiones. Tal era el programa. La misa y la confesión son dos sacramentos y, por tanto, de una importancia inefable. Pero el desayuno también era incomparable. Unos suizos hechos con verdadera devoción y, en cuanto al chocolate, espeso como a don Joaquín le gustaba, pero espeso, espeso, de esos que se hincaba la cuchara en vertical y ésta no se desplazaba ni a derecha ni a izquierda, se quedaba como la excalibur, espeso, espeso.
Aquel lunes don Joaquín, después de la misa, entró en aquel locutorio que olía a madera de la buena y, como de costumbre, tenía ya puesta la mesa con un mantelito delicadamente colocado, la servilletita bordada, la cucharita. Sonó la voz de la portera desde el otro lado del torno: "Don Joaquín, aquí tiene". "Muchas gracias, hermana". El torno giró y allí estaba la jícara humeante y la bandejita de suizos. "Que aproveche". Estaba ya el buen cura sentado, segregando los oportunos jugos gástricos, partiendo el primer suizo para sumergirlo en aquella delicia, cuando se abrió la puerta interna del locutorio y asomó la Madre Abadesa. "Buenos días nos dé Dios". "Muy buenos". La Madre cogió una silla y la acercó a la tupida reja. Mala cosa, pensó don Joaquín, mala cosa. "Usted desayune tranquilo, que yo sólo vengo a pedirle un favorcito". Mala cosa, muy mala, y con diminutivos peor. ¿Cómo podía uno engullir tranquilo aquel desayuno casi pecaminoso delante de aquella compuesta mujer, delante de aquel rostro enjuto por las penitencias aunque dotado de una extraña alegría interior que a buen seguro no provenía del espesor del chocolate? "Se trata de la novicia, de Sor Lourdes, don Joaquín, pero usted coma, hombre, coma". "A ver dígame, está esto muy caliente, mejor espero que se enfríe un poco, así que vaya al grano, Madre, al grano", dijo don Joaquín con impaciencia. "Pues que la chica no sirve para monja, lo sabemos todas, pero es tan buena, si viera cómo cuida a las mayores, es tan buena, que yo no sé cómo despedirla, don Joaquín, que me cuesta, ¿por qué no me ayuda, usted?". Don Joaquín acababa de hincar la cuchara en vertical en el tazón de chocolate y tenía la correlativa impresión de que la Abadesa le había clavado una estocada. Se podía negar un favor al alcalde, se le podía decir que no al comandante del puesto de la guardia civil, se le podía hacer un feo al rico del pueblo, pero ¿cómo responder con una negativa rotunda a una Abadesa de Santa Clara? "Usted tiene recursos, don Joaquín, usted sabrá cómo insinuárselo, como hacerle ver que..., pero es que es tan buena chica, pero aquí no puede seguir, no es lo suyo, ayúdeme, por favor". Inútil la vacilación, pero, Madre, yo, yo y todo eso. Don Joaquín se quedó mirando la excalibur, la pulcritud monacal reflejada en la servilletita primorosamente doblada. Luego miró a la Abadesa y no soportó aquel reflejo inusual de preocupación. "Vaya usted, mujer, vaya, ya se me ocurrirá algo".
Las confesiones seguían un riguroso turno. Primero la Abadesa, después la Vicaria, luego las monjas por riguroso orden de profesión, finalmente la novicia. Don Joaquín tenía dieciséis monjas en confesión antes de llegar al momento de marras. A ver si se le ocurría algo, a ver si la gracia de estado y esas cosas que caen del cielo, a ver. Las confesiones tenían algo de rutinario y repetitivo, porque la rutina no está necesariamente reñida con la sacralidad. A veces alguna monja buscaba la acusación ajena: "He faltado a la caridad, pero es que la hermana X me dijo esto y me hizo aquello..." En estas ocasiones, don Joaquín cortaba: "espere, espere, hermana, que acabo de oír un pájaro ahí fuera, un momento..." Entonces el cura se levantaba, daba un paseíto corto y cuando le parecía que a la monja le estarían empezando a doler las rodillas volvía al confesionario y espetaba sin tregua: "tres padrenuestros, avemarías y glorias, ahora acto de contrición, ego te absolvo...". El confesor había perdido ya la cuenta, seguía sin ocurrírsele nada, las voces de las penitentes iban haciéndose cada vez más jóvenes y cuando se dio cuenta estaba ya al cabo de la calle. "Ave María Purísima". "Sin pecado concebiiiiida". "Padre, hace dos semanas que no me he confesado y soy novicia". Y entonces, como si un resorte extraño le subiera hasta la voz, como si el chocolate desplegara todo su efecto energético, don Joaquín le espetó a la muchachita: "¡Ese, ese, ese es el primer pecadooooo!". La chiquita se fue corriendo y, aunque don Joaquín esperaba oír un lamento lejano, el oído le decía como que cantaba.
Al día siguiente, sor Lourdes volvió a ser Lourdes. Salió del monasterio con las ropas que llevó al entrar, con un pañuelo en la cabeza, con un fardo lleno de regalitos de las hermanas. Don Joaquín había pasado un mal rato el día anterior, pero tuvo que sonreír cuando le contaron que en realidad sor Lourdes quería irse, que veía desde hacía tiempo que aquello no era lo suyo, pero que le daba mucha pena no saber cómo decírselo a las hermanas, porque todas, especialmente las mayores, eran muy buenas con ella. "Lo que no se me ocurra a mí", se dijo don Joaquín. Digo.

sábado, 25 de julio de 2009

Una exposición: Vivre d'Amour

Por si alguien viaja a Bruselas este verano, una propuesta que parece interesante: una exposición sobre Santa Teresita del Niño Jesús, en la antigua iglesia des Minimes, del 21 del junio al 21 de septiembre. Proyección de la Thérèse de Cavalier, pinturas de Saskia Weyts, documental, etc.
La Iglesia conserva el órgano más antiguo de Bruselas y,si no me equivoco, su vicario sigue siendo Jacques Van der Biest, el famoso curé des Marolles.
Como muestra de la exposición, un vídeo de Robert Empain con su propia presentación:



Ce petit film rassemble des séquences que j'appelle des Grâces. Il a été réalisé pour l'exposition Vivre d'Amour de notre groupe informel d'artistes, nommé lui aussi Grâce, présentée à Bruxelles en l'Église des Minimes cet été 2009 et dédiée à Sainte Thérèse de l'Enfant Jésus et de la Sainte Face, plus connue sous le nom de Thérèse de Lisieux. Ce film donne à lire des phrases de Sainte Thérèse mises en relation avec des images qui touchent à la symbolique paradoxale du voile. Tout voile, tout être, toute image toute oeuvre, tout acte, cachent et révèlent simultanément ce qu'ils cachent et tout voile levé dévoile à son tour d'autres voiles et ainsi à l'infini. C'est une érotique amoureuse de l'apparent et du caché, de ténèbres et de lumière qui accompagne et guide le cheminement spirituel vers la vision du coeur, vers l'écoute de la Parole de Vie, vers l'amour de l'Amour, vers les Noces de l'Époux divin et de son Épouse, notre âme donnée... (R.Empain)

domingo, 19 de julio de 2009

En realidad, Aído sólo es una voz (la de la Necroética)


Le han puesto su apellido, pero en realidad Bibiana sólo es una voz, la de su amo. Sólo repite lo que le han escrito en los informes. No sabe lo que hace, ni lo que piensa. No ve. Es ceguera. Tal vez algún día abra los ojos. Pero los que están detrás, los que ven, esos sí son culpables. Esos sí saben y piensan.

"La pregunta acerca del momento en el que una vida empieza a ser humana sería una pregunta científica si se pudiera resolver empíricamente, pero está claro que no es así, como lo demuestran siglos de discusión filosófica. Esto hace que la afirmación de que la persona lo es desde que es concebida deba ser considerada como una creencia religiosa o metafísica, pero no un hecho verificable. DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA CIENCIA, SE DEBE CONCLUIR QUE NO ES NI VERDADERO NI FALSO QUE EL FETO SEA UN SER HUMANO. La indeterminación científica sobre el comienzo de la vida humana hace que no tengamos ninguna base empírica para decidir si es correcto o incorrecto moralmente disponer del feto mientras este no es viable y no se puede desarrollar autónomamente."

No, no es Aído la de las ideas chocantes con la realidad. El texto transcrito procede del informe aprobado por el Comité de Bioética de Catalunya en septiembre de 2008. Un informe con sólo un par de votos particulares en contra a las conclusiones finales. Le han puesto al muñequito el apellido de Bibiana, pero los padres-madres de su libre aborto son otros. Queden aquí sus nombres para que sepamos quienes son los que en nombre de la ciencia niegan la evidencia humana: Sra. Victòria Camps i Cervera, presidenta; Sr. Marc Antoni Broggi Trias, vicepresidente primero, Sr. Rogeli Armengol i Millans, vicepresidente segundo; Sra. Maria Assumpció Benito i Vives, coordinadora; Sra. Dolors Canals i Ametller, Sr. Josep Ramon Arisa i Clusella (voto particular técnico), Sra. Montserrat Artigas Lage, Sr. José Luís Ausín i Herbella, Sr. Màrius Morlans i Molina, Sr. Joan Maria Pons i Rafols, Sra. Maria Luisa de la Puente Martorell, Sra. Maria Eugènia Sala i Gómez, Sr. José-Pascual Ortuño i Muñoz, Sra. Rosa Sales i Guàrdia, Sra. Mireia Cañellas i Grifoll, Sr. Juan Rodés i Teixidor, Sr. Alfons Vilarrasa i Cagigós, Sr. Joan Viñas i Salas (voto particular de fondo), Sra. Montserrat Busquets i Surribas, Sra. Pilar Salvador i Collado, Sr. Pablo Hernando i Robles, Sr. Xavier Carné i Cladellas, Sr. Francesc Abel i Fabre (voto particular de fondo), Sra. Margarita Boladeras i Cucurella, Sra. Maria Casado González, Sr. Francesc Borrell i Carrió (voto particular técnico), Sra. Milagros Pérez i Oliva, Sr. Jordi Varela i Pedragosa, Sr. Francesc José María i Sánchez, Sra. Francesca Puigpelat i Martí, Sra. Virtudes Pacheco i Galván, Sra. Maria Josep Borràs i Pascual, Sra. Montserrat Boada i Palà, Sra. Anna Veiga i Lluch, vocales, y Sr. Josep M. Busquets i Font, secretario.

lunes, 13 de julio de 2009

Si fuera prosista escribiría cosas así (III) o don Joaquín echando cuentas


El buenazo de Don Joaquín amaba su Parroquia de San Pelayo. Aunque al principio le costó adaptarse, con los años y el roce aquello fue su casa. Y, entre las Obras parroquiales, la niña de sus ojos era la Escuela Parroquial. Era su director, su profesor de lengua y literatura españolas, de geografía, de historia. Y, por si fuera poco, dada la escasez de recursos pecuniarios, también ejercía rigurosamente la peliaguda tarea de contable. En esta vertiente la autoexigencia era máxima. Don Joaquín, más práctico que piadoso, se había agenciado ya en sus últimos años de seminario unos manuales de contabilidad de los que se usaban para estudiar Comercio, se los había empollado a conciencia, como si fuera una segunda vocación. En San Pelayo, cuando el obispo venía a confirmar, don Joaquín se las arreglaba para encontrar medio minuto y mostrarle, como quien muestra una obra de arte, aquellos libros de Diario y Mayor, con anotaciones de caligrafía primorosa, impecables, mientras decía: "Aquí, Excelencia, cada céntimo queda anotado". Limitábase el Obispo a sonreír, por aquello de que cada loco con su tema, sabiendo que aquellas eran aficiones honestas, como la que tenía el párroco de la Milagrosa (coleccionar búhos en pequeñas imágenes decorativas, llaveros, cerámicas, abrecartas, todo un mundo de búhos) o la especialidad que ostentaba el de San Andrés (explicar pormenorizadamente las incomparables excelencias del purito Rossli).
Pues aconteció que una mañanita calurosa de julio estaba el bueno de don Joaquín en camiseta cerrando las cuentas de la Escuela cuando se le presentó una impertinente diferencia de 1,23 pesetas. Tranquilo, se dijo, que el Borrador cuadraba. Era cuestión sólo de tiempo: repasar las anotaciones, las sumas, puntear, sabía que aquello no podía durar mucho, que no había diferencia que se le resistiera. El verano lo que tiene es que la gente abre las ventanas (especialmente en aquellos tiempos en los que no era común el aire acondicionado) y por las ventanas entra el mundo en los pequeños mundos individuales con el peligro del desbarato. La ventana de la oficina de don Joaquín estaba en el primer piso de la casa parroquial, daba a la plaza y tenía delante un arbolito generoso en sombra. Hallábase don Joaquín empezando sus sumas cuando dos comadres se encontraron bajo el arbolito, se saludaron no precisamente con un susurro y empezaron una conversación: bla, bla, bla, bla. Don Joaquín, mientras se esforzaba por sumar, supo primero de la salud de ambas, embarcadas en la extraña competición de quien había estado más malísima, "pues te veo bien", "ahora sí, claro, pero que lo he pasao yo mu malamente", "anda que yo, mira, unos párpitos me daban". Pálpitos los de don Joaquín que al empezar la hilera no sabía cuántas se llevaba, así que vuelta a empezar, y a ver si a estas buenas mujeres les daba por circular. Aunque la sombra era buena, julio inducía al abanico, por lo que cuando la Lola y la Carmela pasaron al tema de los retoños respectivos, empezó a oírse ese abrircerrar de carraca propio de la época, entre frase y frase, raaaac, raaaac, con lo que las 1,23 pesetas empezaban a cobrar un aire de misterio y de derrota administrativa. Era imposible concentrarse, poner la vista en las cifras teniendo el oído tomado por los chismes. ay, si entonces hubiesen habido las absoluciones colectivas, podría al menos haberse ahorrado el buen párroco sus ratos de confesionario; hubiese bastado en la misa mayor decir: "hijos míos, decid todos: señor Jesús, ten piedad de mí, y os doy la absolución, que los pecados de todos ya me los dijeron la otra mañana la Lola y la Carmela". Pasaron diez minutos, un cuarto de hora, media hora, no había manera de repasar una sola suma con tanto bla, bla, bla, y con tanto abanico abriéndose y cerrándose. Allí se corroboraba que en el mucho hablar no faltará pecado, porque don Joaquín, además, empezaba a sentirse tentado de la ira, acalorado, nervioso. Hizo un enésimo intento de dedicarse a lo suyo, pero ni por esas, pensó en claudicar, en cerrar la ventana y asfixiarse antes de dejar aquello descuadrado, pero un hecho de inmensa gravedad, pasados los tres cuartos de hora del encuentro, tuvo una influencia determinante en su desenlace. Un goterón espeso e inadvertido de sudor se desprendió de su frente inclinada sobre el libro Diario y fue a caer precisamente sobre una cifra anotada, convirtiendo en irregular lo primoroso. Don Joaquín dio un puñetazo de cosa juzgada sobre la mesa, dos lápices fueron al suelo. Dirigíase ya el buen cura a llenar un cubo de agua con no muy buenas intenciones cuando su mirada tropezó con el cuadro del Ecce Homo que tenía en el cuarto. Hay acciones que un buen párroco no puede permitirse, así que don Joaquín, que lo era, recapacitó, se enfundó, pese al sudor, la sotana, mientras se sonreía con cara de pillo. Que sí, que siempre hay un plan B.
Pues estaban la Lola y la Carmela hablando tranquilamente sobre lo que la vecina de la primera cobraba de alquileres cuando oyeron que se abría una de las hojas de la puerta de la iglesia. De allí salió don Joaquín con dos sitiales apoyados en las caderas. Eran dos asientos pesados, sostenidos a fuerza de apretarlos contra los sobacos. Eran dos sitiales hermosos, amplios, blandos, tapizados de un rojo sangre. Don Joaquín se los ponía a los contrayentes en las bodas. El buen cura vino hacia las dos mujeres, enmudecidas por la sorpresa, al paso rápido que podían permitirle sus piernas regordetas. "Hijas mías, ea, como está claro que tenéis muchas cosas que deciros, sentaros aquí, repantingaros, que ahora voy por el botijo, no se os vaya a quedar la boca seca". Se dio media vuelta y de reojo vio como las comadres marchaban, pies para que os quiero, tal vez algo refunfuñonas.
A los cinco minutos don Joaquín había encontrado la diferencia. Todo estaba en orden. Cogió el botijo, lo levantó, pero finalmente decidió echarle antes un buen chorro de anís. En aquella mañana la palomita sabía a gloria, el mundo volvía a ser hermoso y ordenado.

miércoles, 1 de julio de 2009

Del siglo pasado: George Sheehan (atletas,ascetas y poetas)




Creo que empecé a correr regularmente en 1988. Lo de regularmente es un decir, porque, desde entonces, ha habido épocas de todo. Años de medias maratones quincenales y temporadas como la actual, en la que si logro combinar horarios y un par de veces por semana sacar cuarenta minutos para dedicarlos a trotar puedo considerarme afortunado. De esta menor dedicación dan fe signos tan expresivos como la prolongación inusitada de la vida útil de las zapatillas, la mayor dificultad en abrocharse uno los pantalones de la talla de toda la vida y el descenso de la velocidad de crucero hasta los 5 minutos y medio por kilómetro (y subiendo).
Un género interesante es el de libros para corredores. Libros dedicados a ejercicios preparatorios, a entrenamientos, a dietas especiales. Libros que señalan, por ejemplo, la trascendentalísima importancia de correr colocando la yema del pulgar en la articulación de las falanges distal y media del índice. Libros que aconsejan no dar nunca la espalda a un perro, especialmente cuando el dueño dice y asegura que no muerde ("morderá, seguro"). Libros que llegan incluso a instruir en auténticos misterios de sabiduría arcana, enseñando cosas insospechables como que hay que correr abrigado cuando hace frío y vestir ligeramente cuando hace calor. Libros motivadores, aunque sea utilizando la trampita de afirmar que los corredores suelen ser buenos amantes, lo que evidentemente ningún corredor/a negará.
Una especialidad es la de aquellos libros que pretenden ir más allá de la mera mecánica corporal y pretenden entrar en el espíritu del correr. Entre estos, pueden encontrarse auténticos bodrios con éxito como El Zen del correr (cuatro fotografías entreveradas con cuatro sentencias lapidarias, una especie de .pps impreso, para entendernos, frases cortas para mentes no muy dotadas) y auténticas maravillas como las obras de George Sheehan.

Sheehan (1918-1993) fue, además de cardiólogo y corredor tardío, un señalado "filósofo" del deporte. Conservo todavía un ejemplar de su obra más significativa, Running and Being, bien traducida al castellano por Antonio Pigrau y que la estupidez comercializadora de la editorial sacó al mercado español en 1979 con el abracadabrante título de Correr es salud. El mejor método para mantenerse en forma. A pesar del título, leer a Sheehan es un ejercicio delicioso, supone adentrarse en la filosofía de la creatividad y de la actitud ante la vida. El libro no es ningún método, sino una sucesión de reflexiones profundas conectadas a su propia experiencia vital de corredor. Un libro que desvela lo que tienen en común el atleta, el santo y el poeta: el coraje de amenazar la trivialidad, la búsqueda incesante de la obra maestra. Además, y no sólo como complemento, Sheehan era católico, un católico formado y militante, uno de los fundadores de la Christian Brothers Academy de Lincroft, capaz de citar a Péguy, a Chesterton, a Teilhard de Chardin. En su libro llega a adentrarse incluso en lo que puede llegar a categorizarse como la "mística" del correr. Sheehan corrió con Dios y contra Él y en su obra trata de transmitir esa experiencia difícilmente transmisible. La vertiente ascética es sin duda alguna más comprobable. Mientras corre, cualquier corredor solitario (modelo Sheehan) puede experimentar qué son la Pobreza, la Castidad y la Obediencia, sin necesitar la profundidad del filósofo. Esto pueden entenderlo, por su propia experiencia, hasta aquellos cuyas ideas cortas no irían más allá del Zen del correr. La Pobreza es un tipo solitario en camiseta, short y zapatillas; añadámosle un par de lujos: una gorrita y un ipod de esos a los que se les acaba la batería en el kilómetro cuatro; junto con esas posesiones no lleva gran cosa más: sólo su propio sudor, su dolor, su testarudez. La Castidad es ese mismo corredor en una larga cuesta que obliga a bufar cuando se acaba el gas, cuando el tórax se inclina hacia delante y los brazos comienzan a moverse como si uno esquiara; desde luego en ese momento no se está para muchas tonterías libidinosas. La Obediencia es ir hacia la meta, especialmente cuando ésta de tan lejana se hace remota, cuando uno se pregunta quién le manda meterse en este estúpido calvario y, como respuesta, no hace sino avanzar, plas, plas, uf, buf.

Pero dejemos esta incursión de un outsider y volvamos a la maestría de Sheehan, quedémonos con un par de bocaditos de Correr es salud (substitúyanlo por salvación y a lo mejor aciertan). El primero es para corredores (y no hace falta siquiera que sean creyentes para que lo entiendan):
"Al principio, mi empuje vence la suavidad de la pendiente, pero la Cuesta me exige más cada vez. Hasta que alcanzo el final de mi fisiología. El final de lo posible. E incluso llego más allá de lo que puedo soportar. Me siento tentado a decir: ¡Basta! Sí, ya basta, y con mucho. Pero no me rindo...Estoy luchando con Dios. Lucho contra las limitaciones que Él me ha dado. Lucho contra el dolor. Lucho contra la injusticia. Lucho contra el mal que hay en mí y en el mundo. Conquistaré esta Cuesta, y la conquistaré solo."
El segundo es para creyentes (no hace falta que sean corredores). Es la respuesta a un profesor de filosofía, enemigo acérrimo del rugby, deporte que consideraba desde su arrogancia intelectual una mezcla de violencia, odio y competición; el profesor le preguntó a Sheehan si podía imaginarse a Jesucristo como un jugador de rugby profesional:
"Sí, puedo ver a Jesucristo como a un jugador de rugby. Del mismo modo que puedo ver a Jesucristo el lampista, a Jesucristo el artista o a Jesucristo el carpintero. La Buena Nueva que trajo hace dos milenios es la de que el cuerpo es sagrado, que el mundo es sagrado y que nada humano me es ajeno. Cuando Él se hizo Hombre, nos convertimos en hombres. El mensaje de Belén no fue simplemente el de que todos los hombres habían sido creados iguales, sino el de que todos los hombres habían sido creados únicos. Y el de que triunfarían o fracasarían según cómo cumplieran las posibilidades de esta unicidad: la única y auténtica vida que uno debiera llevar."