lunes, 3 de agosto de 2009

Si fuera prosista escribiría cosas así (IV) o don Joaquín el "diplomático"


El pueblo donde don Joaquín ejercía de párroco tenía a la salida del núcleo urbano un pequeño tesoro: el monasterio de Santa Clara. El monasterio tenía su propio capellán, don Práxedes, un ancianito de ochenta y muchos, retirado en la antigua casita del recadero, cuidado con mimo por aquellas santas mujeres. Él les decía la misa cada día puntualmente, aunque los achaques hacían que la dijera de un modo un tanto particular, mezclando apresuramiento y dudas. No era extraño que a mitad del Padrenuestro don Práxedes volviera la cabeza nerviosamente hacia la madre Abadesa mientras preguntaba: "¿He consagrado, he consagrado?" Invariablemente la reverenda Madre asentía con la cabeza y el monaguillo esbozaba una sonrisa. Por eso y por la sordera la comunidad había decidido dispensarle del oficio de confesor. Ahí entraba don Joaquín. Cada dos semanas el párroco se daba un paseíto de lunes mañanero hasta el monasterio. Misa, desayuno y confesiones. Tal era el programa. La misa y la confesión son dos sacramentos y, por tanto, de una importancia inefable. Pero el desayuno también era incomparable. Unos suizos hechos con verdadera devoción y, en cuanto al chocolate, espeso como a don Joaquín le gustaba, pero espeso, espeso, de esos que se hincaba la cuchara en vertical y ésta no se desplazaba ni a derecha ni a izquierda, se quedaba como la excalibur, espeso, espeso.
Aquel lunes don Joaquín, después de la misa, entró en aquel locutorio que olía a madera de la buena y, como de costumbre, tenía ya puesta la mesa con un mantelito delicadamente colocado, la servilletita bordada, la cucharita. Sonó la voz de la portera desde el otro lado del torno: "Don Joaquín, aquí tiene". "Muchas gracias, hermana". El torno giró y allí estaba la jícara humeante y la bandejita de suizos. "Que aproveche". Estaba ya el buen cura sentado, segregando los oportunos jugos gástricos, partiendo el primer suizo para sumergirlo en aquella delicia, cuando se abrió la puerta interna del locutorio y asomó la Madre Abadesa. "Buenos días nos dé Dios". "Muy buenos". La Madre cogió una silla y la acercó a la tupida reja. Mala cosa, pensó don Joaquín, mala cosa. "Usted desayune tranquilo, que yo sólo vengo a pedirle un favorcito". Mala cosa, muy mala, y con diminutivos peor. ¿Cómo podía uno engullir tranquilo aquel desayuno casi pecaminoso delante de aquella compuesta mujer, delante de aquel rostro enjuto por las penitencias aunque dotado de una extraña alegría interior que a buen seguro no provenía del espesor del chocolate? "Se trata de la novicia, de Sor Lourdes, don Joaquín, pero usted coma, hombre, coma". "A ver dígame, está esto muy caliente, mejor espero que se enfríe un poco, así que vaya al grano, Madre, al grano", dijo don Joaquín con impaciencia. "Pues que la chica no sirve para monja, lo sabemos todas, pero es tan buena, si viera cómo cuida a las mayores, es tan buena, que yo no sé cómo despedirla, don Joaquín, que me cuesta, ¿por qué no me ayuda, usted?". Don Joaquín acababa de hincar la cuchara en vertical en el tazón de chocolate y tenía la correlativa impresión de que la Abadesa le había clavado una estocada. Se podía negar un favor al alcalde, se le podía decir que no al comandante del puesto de la guardia civil, se le podía hacer un feo al rico del pueblo, pero ¿cómo responder con una negativa rotunda a una Abadesa de Santa Clara? "Usted tiene recursos, don Joaquín, usted sabrá cómo insinuárselo, como hacerle ver que..., pero es que es tan buena chica, pero aquí no puede seguir, no es lo suyo, ayúdeme, por favor". Inútil la vacilación, pero, Madre, yo, yo y todo eso. Don Joaquín se quedó mirando la excalibur, la pulcritud monacal reflejada en la servilletita primorosamente doblada. Luego miró a la Abadesa y no soportó aquel reflejo inusual de preocupación. "Vaya usted, mujer, vaya, ya se me ocurrirá algo".
Las confesiones seguían un riguroso turno. Primero la Abadesa, después la Vicaria, luego las monjas por riguroso orden de profesión, finalmente la novicia. Don Joaquín tenía dieciséis monjas en confesión antes de llegar al momento de marras. A ver si se le ocurría algo, a ver si la gracia de estado y esas cosas que caen del cielo, a ver. Las confesiones tenían algo de rutinario y repetitivo, porque la rutina no está necesariamente reñida con la sacralidad. A veces alguna monja buscaba la acusación ajena: "He faltado a la caridad, pero es que la hermana X me dijo esto y me hizo aquello..." En estas ocasiones, don Joaquín cortaba: "espere, espere, hermana, que acabo de oír un pájaro ahí fuera, un momento..." Entonces el cura se levantaba, daba un paseíto corto y cuando le parecía que a la monja le estarían empezando a doler las rodillas volvía al confesionario y espetaba sin tregua: "tres padrenuestros, avemarías y glorias, ahora acto de contrición, ego te absolvo...". El confesor había perdido ya la cuenta, seguía sin ocurrírsele nada, las voces de las penitentes iban haciéndose cada vez más jóvenes y cuando se dio cuenta estaba ya al cabo de la calle. "Ave María Purísima". "Sin pecado concebiiiiida". "Padre, hace dos semanas que no me he confesado y soy novicia". Y entonces, como si un resorte extraño le subiera hasta la voz, como si el chocolate desplegara todo su efecto energético, don Joaquín le espetó a la muchachita: "¡Ese, ese, ese es el primer pecadooooo!". La chiquita se fue corriendo y, aunque don Joaquín esperaba oír un lamento lejano, el oído le decía como que cantaba.
Al día siguiente, sor Lourdes volvió a ser Lourdes. Salió del monasterio con las ropas que llevó al entrar, con un pañuelo en la cabeza, con un fardo lleno de regalitos de las hermanas. Don Joaquín había pasado un mal rato el día anterior, pero tuvo que sonreír cuando le contaron que en realidad sor Lourdes quería irse, que veía desde hacía tiempo que aquello no era lo suyo, pero que le daba mucha pena no saber cómo decírselo a las hermanas, porque todas, especialmente las mayores, eran muy buenas con ella. "Lo que no se me ocurra a mí", se dijo don Joaquín. Digo.

4 comentarios:

maria jesus dijo...

Cosas así pasan frecuentemente. Unos por no molestar y otros por tampoco.....

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Y es lo que hay, desde luego.

Sarpullido dijo...

Una preguntita, friar, siendo el chocolate afrodisíaco, ¿como se explica que fuera tan habitual en la dieta de curas y frailes?

Outsider friar dijo...

Buena pregunta, Sarpullido. Me he quedado con las ganas de averiguarlo y de consultar qué decían al respecto los antiguos moralistas.