sábado, 12 de diciembre de 2009

Sábados


Porque la poesía se hizo para el hombre sólo escribo versos en sábado. Se me dirá que tengo todos los días para acudir a las musas y hacerme curar de esta dolencia infame que es la necesidad de escribir, que no se ve el porqué la mano versolari tiene que permanecer en su sequedad paralizada durante cinco días y que correlativamente el día séptimo sobre el papel se ponga a vocear desvergonzadamente en verso. Pero el sábado es el día de la resistencia y de la insistencia, me resisto a la vida prosaica y sus embates, insisto en ser un vate.

También es día sábado el día, reducido casi, ay, a único, de correr. Corro como la presa y como el cazador. Correr como un intento de supervivencia. Cuando corro, huyo de mis fantasmas, del fuego del infierno, de los colmillos afilados de la señorita melancolía. Tal vez se escriba desde el intelecto, pero se corre, en cambio, desde el instinto. Corro para no permitir que me atrape el artificio del teclado, la seducción del tornillo, el reclamo de la silla. Huyo de los días que puedan venir cargados de enfermedad, de achaque, de parálisis. Me resisto. Pero también soy el cazador, voy a por ese momento que se escapa, a por ese lugar del que apoderarme pisando en él, Soy el depredador que busca devorar la vida con furia de guerrero, con rapaz rapidez, ojeador de un sueño esquivo. Tal vez, en lo más hondo, huyo del cazador que soy o voy al acecho de mi propia condición victimal.

Porque no sólo de palabra y carrera vive el hombre, el sábado es también el día de la compra. Como tantos otros carreteros sabatinos, cargo el carrito con el agua de la vida, con la humildad de las patatas, con la acolchada fragilidad del pan de molde, con la blancura semidesnatada. Como tantos otros abrevadores, le doy quince euros de bebida a la furgoneta que engulle litros del líquido más pútrido (sólo le falta el plomo) casi sin inmutarse, sin soltar un eructo.

Y porque si en el principio era la palabra, también al final toca en sábado preparar la predicación del día siguiente. Decía Bouyer –y Merton lo recordaba en su Diario- que el predicador no es un conferenciante, ni un profesor, ni un apologista, sino un heraldo, un instrumento destinado al anuncio de la salvación decretada por Dios para quienes la acepten. Y a veces, cuando uno prepara la predicación del día después, casi sería mejor no recordar esto, porque el riesgo es quedarse enmudecido, que no haya palabras capaces para transmitir la Palabra, percatarse de que es mucho más hacedero y expedito componer un soneto, correr seis millas, colocar en su sitio la bolsa azul del abadejo de Alaska congelado. Así que más vale un sábado más encomendarse al cielo, hacer lo que se pueda y tratar de mantener a raya, al día siguiente, durante los ocho minutos de rigor, a todos esos tipos que tratan de emerger junto al ambón: al profesor, al conferenciante, al aeróbico pedestre, al consumidor de tallarines, tal vez también al blogger.

2 comentarios:

Máster en Nubes dijo...

Ay, Friar, ¿se acuerda Vd. cuando los sábados no existían? Quiero decir, cuando no había el invento este del fin de semana, en los años 60, vamos... que todavía se trabajaba por la mañana en muchos sitios... ¿Se acuerda?
Buen día hoy y mañana, tercer domingo de adviento, qué bien ¿verdad?
Mis saludos siempre cordiales

Aurora

Jordi Morrós dijo...

Puestos ya nostálgicos como nuestra "Máster en Nubes" (lástima que en mi departamento universitario no pueda proponer un Master de estos, porque de ganas ciertamente me muero) a mi la nostalgia me la produce esa lucha incesante para que cuando uno se dirige a un público (ya sea litúrgico, universitario o de empresas y/o entidades diversas)no acabe desentonando demasiado en medio del discurso las particulares características de esos papeles que vamos desempeñando a diario en nuestro particular y concreto teatro del mundo.