Recomiendo vivamente a quien tenga una mínima fluidez en inglés la lectura del artículo A Demand for Freedom de Joseph Bottum en First Things. Ciertamente el cristianismo en Norteamérica presenta características peculiares, pero tengo para mí que el mar de fondo sobre el que se agita la nave de la libertad religiosa se encrespa merced a los mismos vientos y son los mismos nubarrones los que se ciernen sobre la vida de los creyentes. Bottum indica que la libertad religiosa está en riesgo merced a las fuerzas empeñadas en ridiculizar las creencias cristianas y en desterrar el discurso cristiano del foro público. Señala lúcidamente que el peligro ya no está sólo en constreñirnos al silencio, sino en imponer nuestra cooperación asintiente a la execrable redefinición antropológica en curso. ¿Cosas de América y Spain is different? Sería miope despreciar el problema en estos términos, dejarse llevar por la flema y considerar exageradas estas prevenciones. Cada vez más la libertad está en juego, a ambos lados del Atlántico. Estoy con Bottum en que es un error la reacción pactista y acomodada de un sector de
jueves, 24 de diciembre de 2009
Libertad sin ira, pero con firmeza
sábado, 12 de diciembre de 2009
Sábados

También es día sábado el día, reducido casi, ay, a único, de correr. Corro como la presa y como el cazador. Correr como un intento de supervivencia. Cuando corro, huyo de mis fantasmas, del fuego del infierno, de los colmillos afilados de la señorita melancolía. Tal vez se escriba desde el intelecto, pero se corre, en cambio, desde el instinto. Corro para no permitir que me atrape el artificio del teclado, la seducción del tornillo, el reclamo de la silla. Huyo de los días que puedan venir cargados de enfermedad, de achaque, de parálisis. Me resisto. Pero también soy el cazador, voy a por ese momento que se escapa, a por ese lugar del que apoderarme pisando en él, Soy el depredador que busca devorar la vida con furia de guerrero, con rapaz rapidez, ojeador de un sueño esquivo. Tal vez, en lo más hondo, huyo del cazador que soy o voy al acecho de mi propia condición victimal.
Porque no sólo de palabra y carrera vive el hombre, el sábado es también el día de la compra. Como tantos otros carreteros sabatinos, cargo el carrito con el agua de la vida, con la humildad de las patatas, con la acolchada fragilidad del pan de molde, con la blancura semidesnatada. Como tantos otros abrevadores, le doy quince euros de bebida a la furgoneta que engulle litros del líquido más pútrido (sólo le falta el plomo) casi sin inmutarse, sin soltar un eructo.
Y porque si en el principio era la palabra, también al final toca en sábado preparar la predicación del día siguiente. Decía Bouyer –y Merton lo recordaba en su Diario- que el predicador no es un conferenciante, ni un profesor, ni un apologista, sino un heraldo, un instrumento destinado al anuncio de la salvación decretada por Dios para quienes la acepten. Y a veces, cuando uno prepara la predicación del día después, casi sería mejor no recordar esto, porque el riesgo es quedarse enmudecido, que no haya palabras capaces para transmitir la Palabra, percatarse de que es mucho más hacedero y expedito componer un soneto, correr seis millas, colocar en su sitio la bolsa azul del abadejo de Alaska congelado. Así que más vale un sábado más encomendarse al cielo, hacer lo que se pueda y tratar de mantener a raya, al día siguiente, durante los ocho minutos de rigor, a todos esos tipos que tratan de emerger junto al ambón: al profesor, al conferenciante, al aeróbico pedestre, al consumidor de tallarines, tal vez también al blogger.
domingo, 6 de diciembre de 2009
Brújulas y Pandemòniums
De la misma forma que devoro determinados libros antiguos, no suelo adquirir apenas libros nuevos. Prácticamente sólo leo los de regalo. Dos me han regalado últimamente: La brújula interior (de Álex Rovira) y Pandemònium o la dansa del si mateix (de Màrius Sampere, ignoro si ha sido o será traducido al castellano).
Al primero le sobran presentaciones, agradecimientos, citas y posdatas y le sobra contenido. Según se nos dice en la solapa (lo bueno de escribir solapas es que no tienes que firmarlas), se trata de un libro original, sorprendente y por encima de todo distinto. Pues no. De original tiene poco, no encierra ninguna sorpresa y por encima de todo es una pura repetición light de lo que dicen otros mil libros de autoayuda que inundan sin pudor las estanterías de nuestras librerías. Su éxito editorial no se explica sino por la falta de cultura humanística de muchos de nuestros directivos empresariales, de nuestros ejecutivos agresivos y de no pocos cagamandurrias con netbook. La lista de libros recomendados habla por sí misma. Simplemente les menciono las editoriales más repetidas: Kairós, Obelisco, Siruela, Urano, uf. En fin, si usted no tiene un paladar demasiado exigente, léalo mientras espera en el aeropuerto o mientras espera en la consulta del dentista, tal vez le sirva, que a mí me parezca un bodrio no significa que a otras personas no les pueda aportar algo positivo. Si usted es un alumno aventajado del profesor Langdon, pero en cambio confiesa que no pudo acompañar a Guillermo de Baskerville más allá de la hora sexta del primer día, léalo. Si además se encuentra usted a gusto con lo que suene a newage, a autorrealización y a frases de .pps, léalo. Si, en cambio, por ejemplo, es usted creyente, no pierda el tiempo; entre los nuestros, sólo por citar a algunos, tenemos a Anselm Grün, a Henry Nowen y al ya lejano Phil Bosmans. Escriben más adentro y mejor. Mis palabras pueden parecer duras, un tanto soberbias y muy desconsideradas, pero es lo que se merece tanto marketing y tanta recomendación de amiguetes. Y que nadie se autoengañe: la autoterapia no existe.
El segundo son palabras mayores. Que coincidan los dos libros en este post no es más que pura chiripa. Los requerimientos de sistema están a considerable distancia. Compararlos es como comparar una de aquellas cintas de cassette que utilizábamos para el Spectrum plus con un disco duro de hoy. Al lado de la literatura pura y dura del Pandemònium, La brújula interior viene a ser como el prospecto de unos auriculares mal traducido del inglés por un estudiante de Derecho entre clase y clase. Sampere es un poeta y que el ejemplar que poseo me haya sido obsequiado por él con su dedicatoria autógrafa no influye en absoluto para que yo piense, como lo pienso, que es un poeta de raza. Por ello, Pandemònium no es prosaico. Curiosamente, lo más fácil es decir lo que no es aunque parezca serlo. No es un libro nihilista, respeta demasiado al poder sociopolítico. No es un libro demoníaco, entre otras cosas porque el diablo cuando da el callo, no lo hace demasiado explícitamente. Tal vez sea un libro ateo, pero son muchas páginas para aludir a quien-no-es. El autor se me figura en Pandemònium como eso que en catalán llamamos un trapella; yo no me atrevería a traducir la palabra simplemente como trapacero, porque hay en la denominación una posibilidad de travesura sin intencionada malicia que en castellano se pierde. A ver si me explico: hay trapelles con fondo bondadoso y los hay cabrones. Sampere pertenece a la primera clase. Por decirlo de otra manera, el autor hace con el lector como los trileros de las Ramblas, pero sin excesivo interés crematístico. De la misma forma que el incauto apostante señala siempre allí donde no está la bolita, el lector cree acertar el discurso hasta que al final de la frase Sampere, virtuoso del lenguaje, se saca de la manga la concertada palabra que provoca el desconcierto. No pretendo en ningún modo afirmar que el autor es mendaz. Bien al contrario, pues detrás de tantas notas dispersas, de tantos párrafos urdidos, de tanta frase frita aparentemente indigerible, hay un dolor lejano por su origen y auténtico por su actualidad. De ahí que Sampere utilice para cocinar el menú la margarina del sarcasmo como ingrediente de consuelo y como cuajo de desafío. En último término, Pandemònium es más metódico que práctico. La vida va por otro lado, afortunadamente. Qué quieren que les diga, yo no me creo esa pose de enojado desprecio exhibida en la foto de la solapa. Como no me creo lo del “equilibri exacte de la indiferència”. Dejemos la exactitud para aquello que podamos medir. Supongamos el equilibrio, perfectamente admisible, nada sospechoso. Pero la indiferencia...No, Sampere, no ens enredeu, mestre, si hay algo siempre huidizo e inalcanzable, una caza a la que no dar alcance, es precisamente, más en el caso del poeta, del blogger, del escribidor, la indiferencia.
jueves, 26 de noviembre de 2009
El año en que don Joaquín vivió peligrosamente

Al regreso no había nadie en la casa rectoral. Pero la iglesia parroquial estaba abierta. Entró y, para su mal, coincidió en la entrada con doña Reme. “Ya están sus camisas tendidas, don Joaquín”. “Gracias”, dijo él sonriendo. “Don Joaquín, si no es molestia, ¿me puede usted confesar? Será sólo un momentito”. Es lo que tiene ser cura de paso, lo saben bien los predicadores de novenarios y los esporádicos, que a la gente le vienen ansias de confesarse. “Sólo un momentito, don Joaquín”. El buen cura se preguntó si no sería ilícito, si no necesitaría la preceptiva licencia diocesana, pero después de todo qué sabría aquella buena mujer de estúpidos entresijos canónicos, iba a ser sólo un momentito, lo importante era la salus animarum esa, así que entró, vestido de turista como estaba, en el confesionario, se puso descuidadamente sobre los hombros la vieja y fatigada estola que colgaba en el interior y se sentó a oír la confesión de aquella ánima atribulada.
La sangre no llegó al río, aunque en lo sucesivo don Joaquín siempre desayunó con la servilleta colgada del cuello a modo de babero.
martes, 24 de noviembre de 2009
Ho,ho,ho: buen intento, amigos
sábado, 14 de noviembre de 2009
Aeropuerto 99 y la evolución de las especies
El pasado miércoles, mientras buscaba en la T4 la situación de la puerta de embarque, recordé cómo más o menos en estas mismas fechas diez años atrás, también en un aeropuerto, me convencí de la teoría de la evolución. No fue en Barajas, sino en el Prat. Como todo el mundo sabe, en un aeropuerto sólo dejas de encontrar a la persona que buscas, los demás aparecen siempre por cosas del azar. Así que aquella tarde de 1999 me encontré casualmente con R., una buena amiga que trabajaba en la venta de billetes de Iberia y que estaba a punto de empezar su turno. La acompañé primero a ver los cambios de moneda (?), después me pidió mi billete económico para ver si podía colarme por la cara en preferente. Esperé. Volvió con cara de circunstancias: "Está totalmente lleno, pero bueno al menos que esperes a gusto, ven conmigo", y de este modo completamente ilegítimo, pero válido, estuve por primera y única vez en mi vida en la sala VIP. Allí R. se tomó un café conmigo y, antes de partir rauda a su ventanilla de trabajo, me avisó señalando a las chaquetas rojas: "no tienes que preocuparte de nada, ellas te avisan cuando tengas que embarcar". Era una hora tranquila y aquellas dos señoritas no tenían trabajo excesivo. En aquella sala llena de luz, revistas, café, té, croissants, ensaimadas, sólo había tres VIPs: un tipo de unos sesenta años, voluminoso, nervioso, antipático, enfundado en un traje gris clásico; un joven nórdico con elegante pullover que tecleaba plácidamente en su Mac; y un outsider con americana sport, macuto deslucido y el alzacuellos pendiendo descuidadamente de un lado para airear la garganta. Después de una merienda más que suficiente, ¿qué hacía un tipo como yo en un sitio como aquel? Pues hice lo único que puede hacerse de provecho en tales casos: observar. El señor nervioso voceaba móvil en ristre y no soltaba precisamente halagos. Por lo visto, se estaba hundiendo el mundo, menudo broncazo se estaba llevando el interlocutor. Ya sé que a ustedes no les interesa, pero uno dice lo que sabe, que el negocio era, al parecer de horchatas, que el tipo era el dueño y que o pagaba muy bien o tenía que estar la cosa muy mala para trabajar para él. "¡Pues lo averiguas y me llamas!". Menos mal, una tregua. Corta. Porque a los cinco minutos el tipo volvió a coger el móvil y no para mantener una conversación tierna. Yo no hablo sueco ni por señas, pero el joven nórdico levantó la cabeza con una expresión clara de "¿por qué no te callas?". Si yo fuera inversor, no pondría un duro en un negocio capitaneado por alguien con tan mala horchata. Además, leí hace tiempo en alguna parte una entrevista al Presidente de una compañía que factura una millonada, donde el entrevistado decía poco más o menos que él apenas usaba el móvil, que eso, concebido como una necesidad continua, era sólo para los pringaos (no utilizaba esta palabra, pero el sentido genuino era ese, y además un sentido acertado, huelga decir que un servidor apenas usa profesionalmente el móvil). Pero volvamos a la sala VIP. Acertó a pasar una de las muchachas, la rubita, cerca del tipo del móvil, y éste, haciendo una pausa que el sufrido empleado del otro lado debió aprovechar para rascarse la oreja, la llamó con un ademán arrogante. "Eh, oiga, oiga, todo es dulce, todo es dulce, ¿no tienen nada salado?", le espetó señalando el amplio surtido de pastelería. "Hay cacahuetes, señor", dijo la señorita poniendo cara de se-acabó-el-jabugo. "Cacahuetes, cacahuetes, ¡cacahuetes pa los monos!". En este punto el joven nórdico volvió a levantar la cabeza, buscó en un departamento de su maletín y extrajo unos auriculares. Estuve observando diez minutos más, luego decidí que allí no aprendería nada nuevo, así que, después de tomarme un poleo menta bien azucarado y teniendo en cuenta que la hora de embarque estaba próxima, enfilé hacia la salida, dije adiós a las amables señoritas del mostrador y, una vez en la puerta, di una última mirada de despedida a la sala, como quien mira la senda que nunca ha de volver a pisar. Y entonces, rendido a la evidencia, comprendí que la teoría era cierta y que, además, funciona en los dos sentidos. Allí había un ser humano con dos hilos de plástico en las orejas, doblado sobre un aparato en el que sus dedos se levantaban y aterrizaban con rapidez, ensimismado en su labor. Y allí había también gesticulando al vacío, profiriendo sonidos mientras masticaba, seguro de sí mismo (la mayor seguridad en uno mismo es saber quién eres, él lo sabía, él lo dijo, la señorita rubia de la chaqueta roja puede dar fe, yo no me invento nada) un mono comiendo cacahuetes.miércoles, 4 de noviembre de 2009
Consejos para homicidas que quieran minimizar riesgos

Dado que, de momento, parece que mi Manual de homicidas tardará en ser publicado, quiero ofrecerles una síntesis del mismo. Creo sinceramente que puede resultar de utilidad para aquellos de ustedes que se levantan a veces con unas ganas tremendas de matar a alguien. Por si esas ganas no se les quitan, tengan en cuenta, a fin de minimizar los riesgos de su acción y especialmente las consecuencias adversas si le pillan, los siguientes consejos:
1º Asegúrese de que la víctima pertenece a la especie humana. Matar animales dice muy poco en favor de quien lo hace. No importa si el gatito del vecino se caga en sus parterres o le llena de pelos la tumbona. Métase esto en la cabeza: los animales, incluidos los piojos y las garrapatas, son sagrados. Si tiene la mala suerte de que un perro le muerde en la pantorrilla izquierda, preséntele la derecha, no se le ocurra tocarlo y, por favor, no tenga usted la crueldad de levantarle la voz, pues podría crearle un trauma psicológico al animalito. Hay una directiva europea que, en aras de preservar el equilibrio ecológico, prohíbe matar a las ratas de alcantarilla (y si no la hay, la habrá pronto), así que descarte definitivamente este tipo de víctimas.
2º Tenga cuidado con los seres humanos no nacidos, porque no se sabe si son humanos o no lo son. ¿No lo entiende? Depende de la conformidad de la madre. Si no tiene usted el permiso de la madre, son alguien y cuidadín con hacerles nada; si tiene usted el permiso de la madre, son algo (pero no animales) que puede ser eliminado. ¿No lo entiende? No importa, no lo entiende nadie, pero en democracia las cosas no tienen por qué ser entendidas, basta con que se voten en el Parlamento y se diriman en la televisión. No se preocupe por la fecha de entrada en vigor de las leyes: en este país hay tanta gente en la cárcel por interrumpir un embarazo como por interrumpir una conversación.
3º Elija a un extraño como víctima y mátelo inmotivadamente. Matar al cónyuge puede salir especialmente caro, más si consideramos lo que lleva gastado
4º Emplee instrumentos asesinos tradicionales: la escopeta, la navaja trapera, etc. La quijada de asno también queda muy propia, pero en el Lidl no la tienen en oferta. Le desaconsejo los explosivos y los lanzallamas. Ensucian mucho y hay que tener cuidado para no hacerse dañito. Y mate siempre como por arrebato, nada de plan detallado. Mate de frente y, por lo que más quiera y aunque tenga muchas ganas, espere que amanezca.
5º Mate sólo seres humanos adultos y de mediana edad. Los menores, incluso los que tienen pelos largos en las piernas y le pueden tumbar a usted de un soplido, están superprotegidos. Entiendo que para un profesional de la enseñanza en los tiempos que corren sean el principal objetivo, le entiendo, créame, pero es mejor que aguante hasta salir de clase y en sus horas libres se cargue a un adulto (huelga decir que cargarse a ciertos progenitores de esos y esas entrañables menores sería un acto de justicia). Tampoco suele salir a cuenta matar ancianitos, a no ser que el homicidio se perpetre con una bicicleta; no es ningún secreto que la bicicleta suele proporcionar inmunidad; tiene la desventaja de que no es un arma efectiva al cien por cien. Pese a que combina el triple efecto de percusión, sustito y caída posterior, hay ancianos (sobre todo ancianitas) que sobreviven y encima son capaces de negarse a pagar la reparación del vehículo.
6º Es muy importante conocer eso que llaman la “orientación” sexual de la víctima. Descarte, por completo, a sodomitas y tortilleras. Por mucho que diga que usted no sabía y que mató sólo por ganas de matar, en estos casos el poder de la maquinaria estatal caerá sobre usted, con toda su fuerza ejecutiva, legislativa, judicial y mediática, especialmente si descubren que usted es, qué escándalo, heterosexual sin reparos. O le meterán en la cárcel por lo que le queda de vida o saldrá de ella con una edad ya venerable y obligado a llevar una estigmatizante pulsera de homófobo.
7º Antes de acabar con la vida de alguien, procure cerciorarse de su nacionalidad. Los extranjeros salen penalmente mucho más caros. Mate sólo víctimas españoles y españolas de toda la vida de Dios. Contrate antes un detective y un genealogista que aseguren la correspondiente limpieza de sangre. Si hay antecedentes africanos, amerindios o vikingos, la xenofobia se presumirá. Si la víctima elegida prima facie presenta un color de piel digamos aceitunado, mejor que lo descarte. Desconfíe de las pelirrojas y de los camareros de ojos pequeños.
8º Se lo repito otra vez: la ley no entiende que usted mate porque tiene ganas de matar. La elección de la víctima es fundamental. El instructor siempre trata de encontrar un motivo, el fiscal (y ya no digamos la fiscal) siempre buscará un tipo agravado. Por eso hay que poner los cinco sentidos al elegir a la víctima. Incluso el olfato. Mate a gente que huela bien, gente que tenga un trabajo de
9º Mate usted sólo a católicos. Matar a alguien que profese otra religión o que no profese ninguna parecería bastante sospechoso. Usted no le estaría sólo quitando la vida a alguien, sino que encima iría contra la libertad de conciencia en un Estado plural y laico cual es el nuestro. No le servirá de nada haber asistido a una conferencia sobre derviches en
10º Puestos a escoger, escoja a un cura como víctima. Ideal. Tendrá atenuantes con toda seguridad. Es una simple implicación lógica: todos los curas son pedófilos, los pedófilos no tienen derecho a la vida, luego los curas...¿No lo sabía usted? Entonces es usted, perdone que se lo diga así de crudo y de claro, un tonto sin cultura, un analfabeto cultural. Venga, que eso tiene remedio: vea
Una última recomendación: si no quiere ser un mal nacido, cuando siga el décimo consejo no se le ocurra elegir como víctima a alguien que lleve gafas de sol de espejo y gorra con la visera palante, le aseguro que tal como yo lo veo eso no estaría bonito.
De nada, de nada, hoy por ti mañana por mí.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Del siglo pasado: Josep M. Llovera y la actualidad neomaniquea

En la primera mitad del siglo pasado tuvo la Cataluña católica pensadores relevantes, cuyos escritos revelan una profundidad de conocimientos, una útil erudición que difícilmente se encontrará hoy en nuestros teólogos y filósofos. Hoy quiero recordar al canónigo Josep M. Llovera, sociólogo y traductor, y en concreto, su versión catalana de las Confesiones de San Agustín, ilustrada con abundantes notas a pie de página y con una nota proemial en la cual, cuando retrata al adolescente de 1931 en su semejanza con el joven Agustín, parece que esté trazando con pocas variaciones el retrato de no pocos de nuestros contemporáneos (y no precisamente sólo de nuestros adolescentes):
[Traducción del catalán (manifiestamente mejorable) de un servidor]

