martes, 31 de marzo de 2009

Una tarjeta de Dios, al salir del metro

Me dieron una tarjeta suya al salir del metro. No estoy muy seguro de si es Dios o bien es su Jefe. Porque está claro que lo que puede Safi no lo puede ni Dios. Hombre, con el poder que tiene digo yo que podría gastarse unas tarjetas de cartulina y no esta mierdecita que me han dado que parece un pedacito de fotocopia. En cualquier caso no entiendo cómo hay gente todavía sufriendo en los hospitales. Ni el porqué todavía hay gente con mal de amores. Hay que ser muy pérfido, además, si eres gobernante y mandas a tus soldados a la guerra a que los maten o los hieran. Lo único que hay que hacer es llamar a Safi que te los invulnerabiliza.




¿Andas preocupado por la crisis? ¿Temes quedarte en el paro? ¿Te van a desahuciar por no pagar la hipoteca? Llama a Safi, el Todopoderoso. No importa cuál sea el problema. Un dolor de muelas, un hijo en coma, un equipo rumbo al descenso, la bomba atómica norcoreana, la dispareunia, el abuelo que quiere desheredarte, el cambio climático. No importa, al tercer día Safi puede todo.


Creo que le llamaré, a ver si me resuelve el problema. Safi, por favor, que la gente no viene a misa. Aunque, bien mirado, lo que debería hacer es cambiar de Dios. El mío sólo me salva de mi incapacidad de amar, quiere que los problemas me los resuelva yo, ten un Dios para esto, collons. Lo que ignoro es cuánto va a cobrarme Safi. Bah, si es preciso, empeñaré el diente de oro. Total para lo poco que como o lo poco que sonrío últimamente...



jueves, 26 de marzo de 2009

Si fuera poeta escribiría cosas así (I)

EN LA NOCHE Y DE DÍA

En la noche aprendíamos los nombres de las flores
y de día los usábamos para de lejos llamarlas.
En la noche rompíamos los vidrios de las puertas
y de día acariciábamos sus filos para que nos perdonasen.
En la noche sorbíamos la herrumbre de las armas
y de día soplábamos para acorazarnos la voz.
En la noche cosíamos los cables del teléfono
y de día los desnudábamos para saber los chismes.
En la noche vivíamos los sueños de las gentes
y de día soñábamos para velar sus vidas.

martes, 24 de marzo de 2009

Este himno sí que es una penitencia

La Comisión Episcopal de Liturgia tiene gente sesuda, muy estudiada, la ha tenido siempre. Doctores tiene la Iglesia, dicen. Gente que le da cuarenta vueltas a un Outsider ingenuo y poco leído, que consiguió el Bachillerato en Teología a trancas y barrancas. Pero ya se sabe que la ignorancia es muy atrevida y que si el papel no se queja, el teclado menos. Así que me permito opinar que una mala tarde la puede tener cualquiera y la tuvo la Comisión Episcopal de Liturgia al aprobar el himno sugerido para los sábados de Laudes en el tiempo de Cuaresma. Hay dos maneras de recitar o cantar el Oficio divino. Una es limitarse a leer lo que el librote dice sin hacerse más problema; la otra es tratar de conectar con lo que se está diciendo (lo cual no siempre se consigue de buena mañana, todo sea dicho). Pues bien, es una verdadera penitencia año tras año llegar al sábado por la mañana y tener que empezar la jornada recitando un himno ñoño, extemporáneo, que queriendo ser mariano resulta verdaderamente memo. El autor es Gerardo Diego, sin duda un poeta genial, pero que también pudo tener una mala tarde. Y la tuvo. Hay que decir en su descargo que el poema abría originalmente un Via Crucis y que cambiar su destino, con las oportunas omisiones de ciertas décimas, es atribuible a la Comisión sobredicha.

Vean si tengo razón o no. Empecemos con la primera estrofa:

Dame tu mano, María,

la de las tocas moradas;

clávame tus siete espadas

en esta carne baldía.

Quiero ir contigo en la impía

tarde negra y amarilla.

Aquí, en mi torpe mejilla,

quiero ver si se retrata

esa lividez de plata,

esa lágrima que brilla.


La de las tocas moradas ya se ve que no es una María cualquiera (y debe haber bastantes, para que el autor tenga que explicitar a cuál se dirige). Lo de las siete espadas rezado en el Oficio divino es meter una devoción particularísima (la de los siete dolores) dentro de lo que es la Oración oficial y general de la Iglesia, que normalmente se adhiere fielmente a la Biblia (el evangelio, que yo recuerde, sólo hace referencia a una espada que le atravesará, etc.). Total que empezamos el día dándole la mano a María y pidiéndole que nos clave espadas (suponemos que con la mano libre). Y vamos con ella en la tarde negra y amarilla (será por los colores del Club Voleibol Torrelavega, claro, Gerardo Diego era de Santander...). De todas maneras, marchar con María o sin ella en la tarde a las siete menos cuarto de la mañana pues que no, que no pega mucho, no es precisamente lo que se denomina veritas temporis. Lo de querer ver si algo se retrata en la propia mejilla también tiene su punto, nunca se me había ocurrido llevarme a la capilla un espejito, pues de otro modo no sé cómo sea posible verse la torpe (qué adjetivo más certero y significativo, ¿eh?) mejilla.

En fin, vamos a la siguiente, que tampoco tiene desperdicio:

¿Donde esta ya el mediodía

luminoso en que Gabriel,

desde el marco del dintel,

te saludó: Ave, María?

Virgen ya de la agonía,

tu Hijo es el que cruza ahí.

Déjame hacer junto a ti

ese augusto itinerario.

Para ir al monte Calvario,

cítame en Getsemaní.

Claro, si estamos en la tarde negra, no es extraño que se añore el mediodía luminoso...Pero seguimos en lo mismo, lo rezamos por Laudes y en este tiempo ya hay luz, así que... Lo de estar situado Gabriel en el marco del dintel también es recurso de malabarista (en el caso del arcángel diríamos recurso de equilibrista, a no ser que en Nazaret tuvieran dinteles de medio metro). Y no me negarán que es pero que muy triste que un poeta de la talla de Gerardo Diego tenga que utilizar el adverbio "ya" en dos versos para poder cuadrar el octosílabo. Lo de "el que cruza ahí" recitado suena de maravilla... Finalmente le pedimos a la Virgen-ya-de-la-agonía que nos deje ir con ella y que nos cite en Getsemaní (pero...¿no nos había dado ya la mano?). Yo no sé muy bien qué pinta la Virgen en Getsemaní, de qué extraño evangelio olvidado se habrá extraído este dato, pero a estas alturas del himno a uno ya le da igual que le citen en un sitio u otro, la cuestión es llegar a los salmos que después de esto saben de maravilla.

En fin, vamos con la tercera tipo de aquí-va-la-despedida:

A ti, doncella graciosa,

hoy maestra de dolores,

playa de los pecadores,

nido en que el alma reposa,

a ti, ofrezco, pulcra rosa,

las jornadas de esta vía.

A ti, Madre, a quien quería

cumplir mi humilde promesa.

A ti, celestial princesa,

Virgen sagrada María.

Por no saber, uno a estas alturas no sabe si está en las Laudes de Cuaresma o en el mes de mayo, con lo de la vía no sabe si es religioso o ferroviario. En todo caso, lo mejor del himno son los dos últimos versos: a) porque están tomados en préstamo del "Bendita sea tu pureza"; b) porque con ellos se acaba este conjunto de disparates.
Bromas aparte, tal vez sería una buena idea que los de la Comisión Episcopal actual (quienes no tienen culpa de lo que hicieron sus antecesores) cuando preparen una nueva edición se planteen si vale la pena mantener este himno donde está, si vale la pena mantenerlo, si vale la pena, si vale...

domingo, 22 de marzo de 2009

Culpable, soldado, tal vez blandengue, ese soy yo

Para el primer señor de la barba, mi vida vale menos que la de sus correligionarios. Es más, a sus correligionarios les apoyará siempre, con independencia de lo que hagan. Presunciones de inocencia y de culpabilidad tajantes, absolutas, iuris et de iure, diga lo que diga la razón, el sentido común o cualquier otro referente. Para él, soy culpable.

Para la señora de en medio no sé lo que soy. Probablemente un blandengue. Lo cierto es que, con razón o sin ella, ha logrado cabrearlos mucho. A ellos, a los inocentes de antes, digo.

Para el tercer señor, soy un soldado y, por tanto, una diana. Por el sólo hecho de que exprese ideas sobre ellos no coincidentes con las suyas. Y aunque eso basta, también lo sería por el solo hecho de pagar mis impuestos, o sea que o bien hago objeción fiscal o soy un combatiente. (Para este señor, además, los andaluces infieles son unos okupas que deben ser desalojados).

Los dos señores de la barba harían buenas migas, sin duda. Tengo dudas razonables respecto a la posibilidad de que invitaran a comer migas a la señora de en medio. Yo, de ella, no iría. Entre otras cosas, porque las migas sin chorizo y sin panceta tienen poca gracia. Aunque me lo tome con buen humor, no se le ve la gracia por ningún lado, especialmente si consideramos que la señora de en medio es una excepción, pero tal vez los dos barbudos no.







viernes, 20 de marzo de 2009

Del siglo pasado: recordando a Elisabeth Leseur


Hay libros que constituyen verdaderas bendiciones. Lo fue para mí hace muchos años el Diario y Pensamientos de Elisabeth Leseur. De esta obra, preparada para su publicación por el viudo de la autora, antes ateo y después católico y religioso (se hizo dominico), se imprimieron en Francia muchos miles de ejemplares. En 1924 se había traducido al inglés, al alemán, al italiano, al portugués, al danés, al español, al catalán, al holandés...En español fue editada primeramente por la benemérita Editorial Políglota en una traducción de Mª Aurora Balari. Unos décadas más tarde la publicó también Paulinas traducida nuevamente (pero no mejor) por don Camilo Sánchez. Políglota publicó también las Cartas sobre el sufrimiento y La vida espiritual traducidas asimismo por Balari. De Elisabeth Leseur (1866-1914) se sigue proceso de canonización. Su frase "toda alma que se eleva, eleva consigo el mundo" fue citada por Juan Pablo II en Audiencias Generales (05-11-1986, 24-11-1993) y antes por Pablo VI en una Misa jubilar (5-10-1975), aunque algún poco documentado Reverendo Padre Capo Ufficio de Pontificio Consejo y otrora Redactor de l'Osservatore la considere sin más original del Padre Veuthey, síntoma del inmerecido olvido en el que la autora ha caído. Afortunadamente su Diario se ha recuperado para los lectores de habla inglesa, entre los que no dudo que estará haciendo mucho bien.
He de confesar que ignoro si otro libro suyo, las Lettres a des incroyants, fue traducido o no al español. La edición original, con un prefacio de Garrigou-Lagrange y una amplísima introducción de Fr. M.-A. (antes Felix) Leseur, apareció en 1922. Dos años después el Padre Leseur dirigía en los ejercicios de Cuaresma a un joven presbítero que acababa de ganar el Premio Cardenal Mercier de Filosofía: Fulton J. Sheen.
Como muestra del savoir faire de Elisabeth transcribo una de las cartas a increyentes (aunque su uso se halle establecido, no me gusta la palabra "incrédulo", que se opone a crédulo y no a creyente); aunque limitadamente (y más con mi torpe traducción) creo que deja entrever la delicadeza y el inmenso respeto con que trataba a sus amigos:

"3 de Septiembre de 1901
Querida amiga,
Las dudas y los escrúpulos de los que usted me habló ayer los he experimentado después de que usted me dejó. Me ha parecido que no le dije ni la cuarta parte de lo que pensaba ni sentía y que no había sabido expresarle mi afecto, ni algunas ideas que podían ayudarla a mejorar su estado actual. Bajo la fuerza de estos remordimientos le envío estas letras. Estoy siempre dividida entre dos sentimientos contrarios: el temor de ser una predicadora enojosa, predicando lo que yo misma no hago, y seguidamente el remordimiento de no haber hecho todo lo que debía. Felizmente puedo recurrir a la indulgencia de su amistad que sabrá comprender mi afecto y que me perdonará tanto lo que hice como lo que dejé de hacer.
He pensado mucho en usted esta mañana, pues de verdad que usted no sabe hasta qué punto deseo verla librada de esta prueba. Creo que si usted pudiese ganar, sea en Ville d'Avray, sea en París, una quincena de días y marchar seguidamente con su marido, sería lo mejor, a no ser que, bien mirado, sienta usted que sus fuerzas físicas no le permitirían llegar. Lo que me gustaría de su vuelta a París es que me posibilitaría verla con frecuencia. Le aseguro que esto me resultaría agradable y yo lo aprovecharía al máximo.
Le he enviado esta mañana un pensamiento afectuoso, deseando de corazón que tenga usted la fuerza de entrar en ese dominio de la voluntad que, según me parece, será necesario para su completa curación. Sobre todo no abandone el esfuerzo iniciado. Haga cada día con regularidad lo que se ha determinado a hacer: sus cuentas, un poco de trabajo personal, intelectual y material, y hacer trabajar un poquito a Adrien. Estoy convencida de que estos pequeños actos repetidos revigorizarán su voluntad un tanto anémica y que usted misma percibirá sus buenos efectos. Hágalos, aunque le molesten y fatiguen ligeramente, tratando cada día de hacerlos un poco mejor que el día anterior.
¿Por qué no trataría usted de hacer eso que el cristianismo recomienda mucho y que yo considero muy saludable? Es decir, todos los días una pequeña meditación sobre un pensamiento o un tema elevado. En el bien entendido (usted conoce mi respeto por las conciencias y convicciones ajenas) de que no se trataría para usted de temas religiosos. Pero hay pensamientos que son comunes a todo ser humano, y algunas reflexiones sobre el deber, sobre la utilidad y el sentido de la vida, sobre el amor al prójimo, pueden ser hechas, a mi modo de ver, por gente de todas las creencias e increencias. Este método ayuda grandemente a discernir con claridad los deberes, a aumentar la vida interior y a poner armonía en la existencia. Elevándonos un tanto sobre nosotros mismos nos hace olvidar nuestras miserias y nos ayuda a extender sobre nuestra vida un poco de esta poesía que está en nosotros y que transforma tanto las cosas. El mundo exterior es muy a menudo el reflejo de nuestro ser íntimo.
En el fondo podría usted decirme que es fácil dar consejos, pero que en ciertas circunstancias de salud es difícil ponerlos en práctica. Esa es una gran verdad. A decirle todo esto me mueve sólo mi afecto. Usted obtendrá un gran mérito y conseguirá una gran victoria sobre sí misma abordando en sí esta lucha cotidiana que restablecerá su voluntad.
Para hablarle de este modo es necesario que yo tenga con usted una gran confianza, que confíe en su corazón y en su inteligencia. Como contrapartida, espero que me demuestre su afecto cantándomelas claras.
Le envío, querida amiga, un beso lleno de afecto, no es decir poco.
Suya,
É. Leseur
Saludos a su marido."

domingo, 15 de marzo de 2009

Bendita carta


Tengo una amiga que está convencida de que la sonrisa de Benedicto XVI esconde un fondo de malicia y picardía (bueno, no sé si exactamente se refiere a picardía o a picaresca). No hago mucho caso de este tipo de convicciones, porque también dice que mi vida debe ser muy siniestra y lo más siniestro que he hecho en este último mes es tomar té verde con sabor a vainilla, escribir en este blog o ver un par de episodios de Walker, Texas Ranger. No soy papista, así que no presupongo bondades ni malicias en el Obispo de Roma, pero a mí Benedicto XVI me cae bien, más que su antecesor. A algunos esto les sonará a blasfemia, como a otros (o a algunos de los mismos) les sonará fatal que me caiga mejor Pablo VI que Juan XXIII. La historia contrafáctica es siempre cuestionable, pero pienso que si Juan XXIII hubiese vivido cinco años más, probablemente hubiéramos tenido un Vaticano II de aggiornamento-maquillaje; el Papa bueno incoó el Concilio, pero el Papa Montini lo llevó adelante y sufrió el esfuerzo de aplicarlo genuinamente frente a las dificultades interpuestas cotidianamente por tirios y troyanos.
Volvamos a la actualidad. Benedicto XVI ha escrito una carta a los obispos de la Iglesia sobre la remisión de la excomunión a cuatro obispos lefebvrianos. Se trata de una carta explícitamente clarificadora y pacificadora. Debería así ser recibida por sus destinatarios. Que el líder de una de las instituciones religiosas más importantes del mundo reconozca desaciertos y torpezas en el modo de proceder y lo haga de una forma pública (es una carta a los obispos, pero una carta que cualquiera puede leer) constituye para mí un gesto impagable. Que explicite un gesto de humildad y lo motive me parece magnífico. Estas cosas no las hacen los gobernantes de nuestro mundo, no hay que esperarlas ni de ZP, ni de Bush, ni de Obama, ningún político lo haría nunca. No lo harán jamás los líderes islámicos, por ejemplo. Ni los rabinos, ni los lamas, qué cojones. Hay gente que nunca se equivoca. Como todo el mundo sabe, todos los grandes de este mundo son infalibles.
Las voces discordantes se han apresurado a seguir manteniendo su tinglado Romafóbico. Hablan de falsedad, de hipocresía, cuando no les da, en ese afán de mezclar churras con merinas para que el viento de la confusión no cese, por traer a colación la reciente actuación de un obispo brasileño, cuya inoportuna cretinez me abstendré de comentar.
A mí la carta me ha parecido magnífica y necesaria. No tengo colgado el retrado de Benedicto XVI en mi celda, no lo tendré nunca, no voy por ahí gritando "¡Viva el Papa!". Pero no tengo tampoco la necesidad de afirmarme dando leña al mono, bastantes monos hay por esos mundos de Dios arreándose sin tregua. Voy a tomarme un té verde muy azucarado, que dos post en el mismo día me han dejado la boca seca.

Simplemente un poco de atención

N. tiene veinticinco años y una vida marcada por la esquizofrenia. Periódicamente viene a verme. A veces animada y a veces abatida. Sus padres se separaron hace tiempo. Su madre padece largas depresiones. Como era de esperar, con la nueva compañera del padre no se caen bien. N. vive en una residencia con otros pacientes, dependiente de una Fundación de ayuda con sus psicólogos, monitores, etc. Hay unos talleres en los que intentan mejorar su integración social. En los mejores momentos N. se hace preguntas, me hace preguntas, a las que nadie tiene respuesta: si un día podrá tener una pareja, si un día podrá mejorar hasta tener un trabajo, si un día podrá vivir como una persona normal. En los peores momentos oye voces, se agobia, se cree obesa, siente que nadie se ocupa de ella, que la ignoran o que la atosigan, está mal y su familia no la llama, está harta, quiere morirse. Cuando logra cierto equilibrio, no piensa en lo que quiere, sino en lo que no quiere: no quiere que vuelvan a internarla, no quiere volver a amorrarse a la espita del gas, no quiere que ni sus padres ni nadie sufra por su culpa. Porque, además, a la conciencia de no estar bien se añade a menudo el sufrimiento de causar dolor a los seres más queridos, de tener la culpa de todo lo malo que les haya sucedido o les esté sucediendo.
El mundo de la enfermedad mental es así, un mundo de choque y variación en el que los problemas nunca se resuelven del todo, donde simplemente se dan pasitos. A un amigo salesiano y psicoanalista le espeté una vez la pregunta incómoda, la de si en alguna ocasión conseguían curar a alguien. Confesó que ni lo pretendían, que era mucho si lograban mejorar la calidad de vida. Pasitos.
N. no reclama de mí gran cosa. Tengo claro que su problema no es espiritual. En fe y amor nos supera a muchos. A veces simplemente pide que recemos juntos una oración. A veces simplemente se trata de recomendarle que no deje la medicación, que siga yendo al taller, que no se encierre a oír voces amargas en su cuarto. Recordarle los pasitos que ha logrado dar, alumbrar débilmente con la esperanza de la mejoría, del camino recorrido. Permitirle que llore a gusto, que reencuentre su propia consideración, que de verdad piense que ella no es necesariamente una putamierda (aunque a veces se sienta así). No gran cosa, simplemente un poco de atención en ese momento, justo en ese momento, cuando uno querría estar lejos de este dolor, de todos, tener un trabajo de ocho a tres, uno de estampar sellos de goma en un papel o de rellenar estanterías con pañales. Pero después uno recuerda que nació para esto, que recorrió días y noches, con células que viven y que mueren, con dosis de miel o de vinagre, con lecciones aprendidas y lecciones desaprendidas y lecciones inaprehensibles, para estar ahí, justo en ese momento, con impotencia, con silencio, sin un jodido protocolo, con simplemente un poco de atención.

sábado, 7 de marzo de 2009

Bancos sin reflotar y barcos a flote



En mi barrio la Parroquia suele hacer por Navidad una recogida de alimentos no perecederos. La feligresía es generosa y con lo que se almacena esos días navideños y con las aportaciones periódicas del Banco de Alimentos se suele hacer una entrega mensual de provisiones a una veintena de familias, cuya apuradísima situación ha sido previamente comprobada por la asistenta social. Además, suele darse alguna ayuda puntual a transeúntes o personas necesitadas enviadas desde otras organizaciones de ayuda o incluso desde los mismísimos servicios sociales municipales. Hasta ahora, mal que bien, esto funcionaba. Actualmente la situación ha cambiado y no a mejor. Y es que la crisis empieza a pasar factura. La noticia la daba el periódico hace unos días. El Banco de Alimentos de Barcelona tiene los almacenes vacíos. En la Parroquia las perspectivas no son halagüeñas. En poco más de dos meses aquella veintena de familias necesitadas ha aumentado a treinta. Así que este año, además de por Navidad, toca pedir a la gente por Cuaresma; lo haremos y obtendremos respuesta, lo sé. Conozco la bondad de la gente, especialmente de las viudas (tantas y no precisamente ricas). Además, para eso estamos los cristianos, para dar (y no sólo para dar por culo con esas cosas nuestras de proteger la vida del feto y otros desatinos similares). Se aliviará un poco la situación, pero si la demanda sigue aumentando, está claro que no podremos atenderla, al menos no como hasta ahora. En Europa se han destinado recursos para reflotar Bancos, pero los de Alimentos están empezando a escorarse. Mientras tanto, dicen por ahí que un señor podrá salir a navegar próximamente con un yate que sólo le ha costado 40 millones de euros (no sé si son 20 ó 40, para el caso me sirve igual). No tengo nada contra la industria naval, pero irrita un poquito que unos vayan viento en popa y que a otros la vida les vaya haciendo cada vez más pupa. Ya lo sé, cada cual hace con su dinero lo que quiere, que para eso se lo ha ganado. Y el que no lo tenga que se busque la vida. Cada cual. Menos los que manejan el dinero de todos. Esos que en un tiempo ofrecían panem et circenses. Esos que ahora sólo se ocupan de dar circo, procuran que eso no falte, que la gente se lo pase de coña, aunque sea con el estómago vacío. Esos tendrían que preguntarse cuáles son sus prioridades y recordar, si les queda un poco de decencia, que están ahí para buscar vida para todos y no para sonreír en las fotos. Que no estamos hablando de vacaciones en el Caribe, que no se trata de barra libre en un puticlub, caramba. Estamos hablando de comer. Y con las cosas de comer no se juega.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Atravesar las tempestades


En una de sus notas acerca del Poder (Le Pouvoir, Hachette, 1964; reproducidas en La Parole et le Pouvoir, Plon, 1974), Maurice Druon afirmaba que las instituciones políticas más duraderas son, al parecer, las que combinan diversas formas de gobierno tomando de cada una sus mejores posibilidades. Concretando la afirmación, escribe (la traducción es mía):

"La Iglesia romana, en la medida en que reproduce las características de un Estado, ofrece algo remarcable: en sus instituciones une al menos cinco formas de gobierno. Es una democracia teóricamente perfecta, pues todo miembro de esta sociedad puede igualmente pretender tener en ella una función; es una aristocracia perfecta, siempre renovada, pues en ella son los mejores, en principio, quienes asumen la autoridad; es una hierocracia, pues las magistraturas están en manos del clero; es una oligarquía, pues el gobierno lo ejerce un colegio restringido; es finalmente una monarquía, pero una monarquía electiva. Esta sorprendente fusión es quizá la razón por la que la Iglesia romana ha podido atravesar las tempestades durante siglos y adquirir la autoridad moral de la que todavía goza, autoridad que se extiende incluso sobre los hombres que no pertenecen a ella."

Creo que Druon utiliza un concepto de democracia un tanto particular. En fin, no seré yo quien le discuta tal concepto a un parisino que fue miembro de la Resistencia, secretario de l'Académie, Ministro de Cultura , Gran Cruz de la Legión de Honor y diputado europeo. Druon ha encabezado además el CPLDE (Comité pour la langue du droit européen), un grupo que defendía la mayor precisión jurídica de la lengua francesa, a fin de que ésta fuese considerada autoritativa en la interpretación de los actos jurídicos comunitarios; Druon, además de defender que el francés es la lengua de la codificación y la más apta y segura para las expresiones del derecho, efectuaba su propia clasificación de las lenguas: "el italiano es el lenguaje de la canción, el alemán es bueno para la filosofía y el inglés para la poesía". Obviamente, nada dijo sobre el español (ni, Deo gratias, sobre el catalán), omisión que puede obedecer tanto a la mucha como a la nula versatilidad del castellano o a que en Europa no importamos un carajo, o a ambas cosas a la vez. En todo caso lo que humildemente sí le discutiría a este Caballero del Imperio Británico y Gran Oficial pro Merito Melitensi (es que este tío tiene todos los títulos, rayos y truenos) es la razón por la que la Iglesia Romana ha atravesado todas las tempestades (y las que le quedan) a través de los siglos. No es simplemente por la expuesta combinación de formas de gobierno. La razón de ser y de persistir de la Iglesia Romana va más allá de sus aspectos organizativos o institucionales. Hay no una razón, sino un Alguien que a la Iglesia indesinenter sustentat. Claro que esta comprensión va más allá de la teorización discursiva del poder.

Tal vez también podría discutirse con Druon hasta qué punto goza hoy la Iglesia Romana de autoridad moral reconocida más allá de sus miembros. No hay que olvidar que el texto transcrito es de 1964. Hoy cabría incluso plantearse hasta qué punto esa autoridad moral es reconocida y valorada por los mismos bautizados, algunos de los cuales, sin dimitir de su catolicidad, expresan con insistencia su desafección frente a tal autoridad. El debate se complicaría si distinguiéramos entre aquello que se expresa y aquello que consciente o inconscientemente se vive. No hablo de una falta de sinceridad, hablo de una vinculación y una necesidad que trasciende aquello que exteriormente se manifiesta. Probablemente los ateos no reconocen autoridad moral alguna a la Iglesia Romana, pero, como uno de ellos ha tenido la lucidez de escribir (Emmanuel Todd), el no creyente parece no sentirse bien en su certeza más que cuando existe todavía en la sociedad una Iglesia, minoritaria si se quiere, pero portadora de una creencia positiva en la existencia de Dios, susceptible de ser criticada y negada.