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viernes, 2 de noviembre de 2012

Don Joaquín previniendo riesgos laborales


Cuando al anochecer de aquel domingo, a esa hora queda en que los pueblos pequeños casi duermen, en que la vida se desarrolla toda intramuros, el Mellado llamó a la puerta de la Casa Parroquial, el organismo de don Joaquín reaccionó con aquella piel de gallina y aquella energía que sólo se generaba en los acontecimientos importantes. “Estoy preparado”, se dijo, “vamos allá”. El Mellado traía el saco como habían acordado y don Joaquín le había puesto pilas nuevas a la linterna. El utillaje estaba, pues, a punto, así que se dirigieron silenciosamente hacia la iglesia, según el plan elaborado.

Don Joaquín había empezado a planearlo todo la misma noche del Corpus, empujado por la ofensa sufrida al mediodía, por la sonrisa hiriente del maestro, por la carcajada retenida (o no tanto) de los monaguillos y de los que portaban el palio. La misa del Corpus había sido brillante, esplendorosa, como a él le gustaba. Todo limpio, correcto, cuidado en el detalle, como el Señor se merece. La procesión, una manifestación de fe, con todo el pueblo (menos el maestro, claro) implicándose. Tres altares primorosamente preparados y adornados en el trayecto, la custodia refulgente, las cantoras más atinadas y entonadas que nunca. Don Joaquín se había puesto la capa que pesaba, la de los bordados primorosos de oro. Oro también aquel sol de Corpus que era todo luz y vida. No importaba el sudor, ni el dolor de la rodilla, porque el Señor era adorado, reverenciado como corresponde. Al regreso, a don Joaquín le gustaba, antes de entrar en el templo, voltearse y mostrar el pan de vida otra vez a la gente, sabedor de que muchos no entrarían de nuevo en el sagrado recinto, así que, desde lo alto de la pequeña escalinata, retirado ya el palio, bendecía con el Señor Sacramentado al pueblo y a su gente, incluido el maestro. Hay que aclarar que el maestro era el descreído del lugar, el que se condenaría si no enmendaba su displicente desprecio hacia todo lo sagrado; cada Corpus se sentaba en un banco de la plaza y se ponía a fumar su pipa con gesto de satisfacción, como si aquel placer evanescente superara cualquier tipo de alegría religiosa. En la bendición, cuando la custodia daba el último recorrido a la derecha, con el último trazo de la cruz, don Joaquín miraba al maestro diciéndose por dentro: “esto va también por ti, ateo, fastídiate”. Así un año y otro, pero aquel Corpus le tocó a don Joaquín decirse otras cosas, ninguna buena, por dentro. Llegado al final de la escalinata, se había dado la vuelta, los varales del palio se habían hecho a un lado. El buen párroco iniciaba la bendición. Subió hacia arriba la custodia para empezar a trazar la cruz, y en el preciso momento en que comenzaba a bajar los brazos, un excremento de paloma de un tamaño increíble se le estrelló en la frente despejada. “¡Hostias!”, gritó el tonto del pueblo y no precisamente como reconocimiento y alabanza. ¿Qué hacer? La bendición estaba ya en marcha y no podía pararla, así que con los reflejos que da la experiencia clerical, don Joaquín acabó de trazar la cruz en el aire, tal vez algo más velozmente que otros años. Al llegar al extremo derecho vio la sonrisa socarrona del maestro y aquello le dolió, si cabe, todavía más por dentro. Giró y enfiló hacia el interior de la iglesia, donde le pareció que hasta la mismísima Virgen de la Soledad se mofaba de él; a medio pasillo, la mano caritativa de la tía Sabina, cual Verónica oportuna, le limpió la frente con gesto rápido mediante un paño adecuado y la ceremonia pudo acabar como de costumbre.

Por todo ello, hete aquí que el domingo siguiente, ya entrada la noche, penetraron con el Mellado en el templo y subieron por la empinada escalera que llevaba al campanario. Con otro motivo, su rodilla no lo habría resistido, pero la misma tensión de lo que iban a perpetrar parecía haberle anestesiado los meniscos. Don Joaquín se decía que aquello era como cumplir un deber de justicia (dar de comer al hambriento) o como prevenir riesgos laborales. El Mellado era un buen colaborador, barato y eficiente. No tenía una vida fácil. Solo en el mundo, incapaz de someterse a la regularidad de los horarios, sobrevivía con algún encargo esporádico, con la generosidad de las almas caritativas y con el consuelo de algunos tragos de vino. Llegaron a lo alto del campanario. La acción fue directa, precisa, rápida. A medida que la luz de la linterna las alumbraba, se quedaban las palomas como tontas y el Mellado las agarraba, las daba un golpe contra el suelo y al saco. Menudo banquete se iba a pegar. En cinco minutos volvieron a estar abajo. Pasaron a la sacristía, donde el Mellado ató el saco con un cordel de esparto (alguna todavía se movía, no importaba, aquella misma noche estaría en la cazuela). Allí en la sacristía don Joaquín le entregó la acordada botella de tintorro. Y, antes de despedirse, el broche final. Sacó un vaso de un armario y le sirvió al Mellado una dosis generosa, casi hasta el borde, de vino de misa de la acreditada marca De Muller. El Mellado se relamió los labios como para mejor disponerlos para aquella experiencia inusitada, y tomó el vaso en su mano. Entonces ambos autores materiales se dieron cuenta que en el vino de licor flotaba un mosquito de considerable tamaño. “Siempre hay algo que tiene que arruinar la fiesta”, se dijo don Joaquín. Pensó que el Mellado lo apartaría con los dedos de la misma mano asesina. Ni hablar. “Anda, anda, dobla las patitas que vas de viaje”, le dijo el Mellado al mosquito. Y hala, de un trago, pa dentro, que ya se sabe que lo que no mata, alimenta.

2 comentarios:

Jordi Morrós Ribera dijo...

Agradable y costumbrista lectura.

Joan dijo...

Este don Joaquín daría para un libro con sus aventuras