sábado, 4 de diciembre de 2010

Con el parpadeo de las luces a lo lejos



«La Navidad es posibilidad de reunir a la familia, esa institución en quiebra a la que debemos salvar. El catolicismo español, durante muy largos años y aún todavía en determinados estamentos, se apoyó en el derecho administrativo dando de lado al derecho natural –quiero decir: procedía por coacción y no por amor- y los efectos de esa ininteligencia y anticristiana actitud los estamos pagando en nuestras flacas carnes. (...) La sociedad de consumo es anticristiana y la descarada lucha por el dinero, con todas las connotaciones que lleva implícitas, da de lado al espíritu porque entiende, con error manifiesto, que el espíritu no es rentable (y en su concepción de la vida, en efecto, no lo es). Yo pienso exactamente lo contrario y creo que tan sólo con el espíritu podremos combatir esa lacra de la sociedad de consumo y la fría y desalmada tecnocracia que atenta contra la dignidad del hombre y su secuela, la libertad del hombre, premisa necesaria al cristiano».

Son palabras de un escritor de reconocido oficio al que, al margen de estudiadas imposturas o encubiertos partidismos casi ignominiosos (que los tuvo), cabe reconocerle una lucidez y una capacidad de comunicación envidiables. Y no son de ahora. Tienen ya la friolera de 35 años. Suprimamos la alusión a la “fría y desalmada tecnocracia” o, mejor, substituyámosla por ciertos “fríos y desalmados poderes mediáticos”, y las palabras reproducidas conservan una sorprendente actualidad. De pronto, se da uno cuenta de que, para ciertas cosas, treinta y cinco años no son nada. La familia sigue siendo una institución en quiebra que se resiste a quebrar, pese a los vendavales del azar o de la deliberación, como los árboles que en lugar de ser arrancados simplemente cambian su forma esperando tiempos de calma para volver a tender sus ramas en la dirección correcta. Por eso, la Navidad probablemente despierta lo que hay en el alma de aferramiento a un dulce recuerdo. Quien dice la familia dice la sociedad de consumo. Consumimos más (no sé si mejor) y, si reducimos consumo, parece que reducimos bienestar. Seguimos en buena parte dando de lado al espíritu. Y sí, es tremendamente cierto, aunque tanta gente, extraviada la mirada febril por espejismos, se empeñe en no querer verlo: la defensa de la libertad presupone la defensa de la dignidad humana. Y ojalá en esto los cristianos tuviéramos más competencia, esto último en el doble sentido, es decir que lo supiéramos hacer mejor y que hubiera mucha más gente compitiendo con nosotros en la defensa de la verdadera dignidad humana. Seríamos (todos) más libres y entenderíamos por qué la Navidad hace emerger en nosotros (todos, por sintonía o contraste) la riqueza que llevamos dentro: la esperanza humilde, como en el tango...


4 comentarios:

Joan dijo...

Pero no pones el nombre del escritor, Outsider, quien es?

Outsider friar dijo...

Es de Camilo José Cela, de una de esas entrevistas colectivas (en este caso "¿Qué es para mí la Navidad?") que él odiaba. Un tipo discutido, sin duda. Personalmente tengo de él un leve recuerdo de generosidad, aunque siempre he tenido la impresión de que en sus últimos años se le fue un poco la olla.

Criteri dijo...

Las nieves del tiempo ya no platean el paisaje, el blanco de antaño ya no es tan habitual, pero vuelve la Navidad, vuelve a cada casa, cada año.

Jordi Morrós dijo...

Yo creo que Camilo José Cela es como el otro premio Nobel más reciente Mario Vargas Llosa. Grandes e inmensos literatos pero con alguna sombra más que remarcable en el terreno de las querencias y filias/fobias políticas.

Ya se sabe, en esta vida no se puede tener todo al mismo tiempo: genio literario y ponderación o ecuanimidad política.