martes, 28 de abril de 2009

The Wild One (uncensored, revisited y un poco cabezón)

Ay, si es que todos tenemos un pasado, y algunos muy poco virtuoso...

Esta es probablemente la versión que todos conocéis

de una mítica película.



Sin embargo,



os doy la primicia mundial
a los visitantes

de este humilde blog.



En realidad tal película estaba inspirada
en hechos reales

y, si queréis saber el origen,
os diré confidencialmente
que el personaje marlonbrandesco



se basaba en quien
con el tiempo



acabaría siendo un friar outsider !!!!
No pongáis esa cara escéptica...
No seáis incrédulos...


He aquí la prueba gráfica contundente:




(Perdónenme los sesudos lectores que me haya permitido esta insolencia; prometo un futuro post un poquito más serio y menos personal)

domingo, 26 de abril de 2009

Si fuera prosista escribiría cosas así (II)

La compostura eclesiástica es una virtud importante. Los monjes jerónimos, por ejemplo, la tienen por característica iimprescindible. Así, decía fray Miguel de Alaejos que en su España, cuando se ve a alguien compuesto y recogido, se dice de él que es un jerónimo. No lo era don Joaquín. Don Joaquín era un cura sevillano que no se caracterizaba precisamente por su compostura. Carecía tanto de percha como de estilo. Rechonchito y con torpe indumentaria solía justificar su desaliño con aquello de “Eva murió, pero Adanes quedamos muchos”. Por otra parte, don Joaquín era un párroco pasable, muy estimado por su feligresía y, en el buen sentido de la palabra, bueno. Aquel año (hablo de antes del Concilio) a don Joaquín, que había alcanzado ya una edad venerable, le dio por poner un poco de aventura en su rutinaria vida de buen párroco. Decidió hacer ejercicios espirituales durante la Semana Santa. Así que en la víspera del Domingo de Ramos dejó a su joven coadjutor en plan ahí te las compongas, tomó un tren hacia una capital castellana y después un taxi que le dejó frente a la puerta de una casa de ejercicios de la Compañía de Jesús. Allí, junto con otros treinta presbíteros de muy diversas procedencia, escuchó tres pláticas diarias que les daba el Padre Palacios, un jesuita enjuto, escuálido y distante, alguien que parecía haber nacido antes de que se inventara la sonrisa. Su tema de predicación favorito era el de las dos banderas: “recuérdenlo siempre, hay dos banderas, dos, o se sirve a una o se sirve a la otra”. Cuando decía lo de “dos banderas, dos” el Padre Palacios levantaba un solitario índice al cielo, en un ademán que habría causado desesperación a cualquier profesor de matemáticas. En la casa de Ejercicios la habitación era amplia, la cama cómoda, la comida abundante, factores todos ellos que, diga lo que diga San Ignacio, ayudan en gran manera a que los ejercicios espirituales sean provechosos. Don Joaquín se encontraba allí a gusto, en aquella sucesión de meditaciones, rosarios, adoraciones eucarísticas, paseos por un jardín bien cuidado. Soportaba incluso pasablemente el estricto silencio, se complacía en la silenciosa solidaridad con aquellos compañeros a los que no conocía, pero con los que compartía oficio y ejercicio para ordenación de vida y salud del alma.
Aquella placidez vendría turbada inesperadamente por el Triduo Sacro. El Padre Palacios anunció el miércoles que, por expresa sugerencia del obispo, asistirían a los Oficios de Semana Santa en la catedral. No había mucho trecho entre la casa de retiros y el templo cardenalicio, de modo que en un paseíto todos aquellos sacerdotes se trasladaron el Jueves a celebrar en un edificio de gótica hermosura la Misa in Coena Domini. Lo que habría de turbar la paz de don Joaquín aconteció el Viernes Santo. De pronto, en un determinado momento de la tarde de aquel Viernes lánguido el silencio le pareció excesivo. Consultó el reloj de bolsillo. Rayos, estaba parado. En la casa no quedaba nadie, así que don Joaquín cogió la puerta, se arremangó la sotana como pudo y corrió hacia la catedral. La función estaba a punto de empezar. El sacristán arrugó el entrecejo: “No quedan sobrepellices. Ni roquetes. Tenga usted un alba”. Si alguna vez en la Iglesia católica son ordenadas mujeres (hoy por hoy bastante improbable), aquella alba le vendría de perlas a la novia de Popeye. Pero no a don Joaquín. Larga y estrecha como era, el buen cura sevillano, dada la inminencia de la celebración, embutió literalmente en ella sus carnes y se dirigió a pasitos cortos (los únicos posibles) hacia el coro. Allí pudo hacerse con un rinconcito residual y con una sillita que, miel sobre hojuelas, cojeaba.
Aquel rincón habría de ser el Calvario de su Pasión, particularmente cuando comenzó la gran oración universal. Arrodillarse metido en aquello requería sin duda cierta heroicidad y levantarse sin pisar el palmo de faldones sobrantes tenía también no poco mérito. Así que, cada vez que el diácono cantaba el imperativo Flectamus genua don Joaquín tenía que someterse a una arriesgada operación de aterrizaje en aquel rincón inhóspito, sobre unas rodillas cada vez más doloridas. Cuando lograba adquirir cierta estabilidad sobre el suelo, inclinado como un fontanero que repara el desagüe del fregadero, cuando parecía que sus meniscos iban a tener cierta tregua en aquella feroz lucha, sonaba la voz imperativa nuevamente: Levate. Don Joaquín, sudoroso por la compresión y los nervios, sufriente como un olmo partido por el rayo y en su mitad ahíto, tenía entonces que inspirar y trastabillando incorporarse con un gesto decidido y peligroso. Una vez trató el Padre Palacios de ayudarle y de poco no se van los dos al suelo, así que don Joaquín le hizo un gesto de “deje, hombre, deje, que es peor el remedio que la enfermedad”. Se sucedían las oraciones y don Joaquín tenía sed y angustia y ganas de que aquello acabara, y por dentro un sentimiento de antipatía hacia el sacristán y hacia el diácono y hacia todo quisqui, un sentimiento negativo que le iba creciendo y que le estaba compeliendo a abandonar las filas jerosolomitanas y pasarse a las babilónicas, porque hay dos banderas, dos, y una de las dos banderas ha de helarte el corazón. A don Joaquín comenzaba a dolerle el estómago de tanto arrodillarse y levantarse a trompicones. Flectamus genua, venga, dale. Levate, ay, ay, que me la pego. En un momento dado, cuando se llegaba a la oración por los catecúmenos a don Joaquín acabó por salirle la vena hispalense, esa que hace que las cosas no sólo se sientan sino que se digan, esa que obliga a todo sevillano a decir todos los agostos de su vida que hay que ver qué calor hace y allí, en el silencio de la Parasceve, cuando retumbó el enésimo Flectamus genua, don Joaquín soltó en un leve susurro que aquel silencio y las extrañas y siempre traidoras leyes de la acústica hicieron que se propagara por todo el templo: “este jodío me va a romper el arba con tanto fletamujenua”.
No hubo canónigo, ni clérigo, ni seminarista, ni monaguillo en aquella catedral castellana que pudiera contener compuestamente la risa. Al mismísimo Padre Palacios se le advirtieron unas contracciones torácicas repetidas y un gesto de ponerse la palma delante de los morros bastantemente significativos. Porque a veces en las liturgias más solemnes suceden cosas que le hacen a uno perder la compostura exterior, la interior y la de en medio.

domingo, 19 de abril de 2009

Del siglo pasado: un Lombarte

El cuadrito tendrá sus buenos veinticinco años, pero refleja una situación que en su tiempo era, si era, excepcional. Mi padre a veces dice: "esto vosotros volveréis a verlo, y pronto". Mi padre difícilmente emplea ya la primera persona en futuro, como si estuviera viviendo de propina , en fin, son cosas del enfisema pulmonar, que de cuando en cuando le pega un susto de dos pares de narices y que, una vez levemente recuperado, al cabo de unas horas en el hospital, todavía embozado con el suministro de oxígeno, le hace repetir que qué buen inventor era el que inventó los broncodilatadores ("fumets", dice él). No recuerdo personalmente escenas como la del cuadrito, al menos con rostros tan patéticos y tan jóvenes, con niño en el suelo. Con niño en brazos sí, muchas, todavía hoy. Y de señor con letrero también. Matías, que pide en mi iglesia domingos y fiestas de guardar, no necesita letrero. Tiene su plaza en propiedad. Antes estaba también Jaime, festivos y feriales. A Jaime lo que le gustaba era estar en el hospital de la Esperanza, donde le llevaban cuando el número de carajillos le tumbaba, literalmente hablando. Allí le hacían las curas de la incurable y devastadora llaga del pie derecho. Estaba allí a gustito, hasta que alguno de los médicos jóvenes y gafitas diagnosticaba que o le cortaban aquel pie o se moriría. Entonces Jaime, silenciosamente y sin decir esta boca es mía, como quien sale a por tabaco, se otorgaba apresuradamente el alta sin papeles y hasta la próxima. Claro, se murió, con los dos pies, pero se murió, si es que a veces da hasta asco la puntería que tienen estos médicos imberbes.

En mi barrio el pedidor con letrero más antiguo que tenemos es el situado entre la frutería y el supermercado. Con letrero y con perro. El chico no tendrá más de treinta y cinco años, tiene algunos tatuajes y una cara bastante triste. El perro está gordo, pesado y pasivo, sucio pero bien alimentado y feliz. En cuanto al letrero, reza escuetamente: "una ayuda, por favor". El chico come en el comedor social. La ayuda que obtiene por favor va destinada mayormente a beber, fumar y chucherías, por este mismo orden. Beber no quiere decir beber cualquier cosa. El chico del letrero, cuando entra en el supermercado no es para comprar un cartón de vino barato, sino una botellita de moscatel, así que, una vez ha pasado por caja y regresado a su letrero, la cajera comenta que anda que ella le iba a dar un céntimo a este vago vividor. La cajera del DIA, que cobra y repone y le lee el mensaje de móvil al abuelo que no trajo las gafas y aclara por enésima vez que el cupón de descuento es para las magdalenas cuadradas y no las redondas, está embarazada de su primer hijo y la verdad es que prefiere estar cobrando, reponiendo o haciendo lo que sea antes que comerse el coco con el ERE que dicen que está preparando la empresa donde trabaja su marido.

El chico del letrero tiene su clientela fija: varias bienhechoras asiduas, casi todas ancianas, viudas, solas, ninguna millonaria desde luego. Conozco a una de ellas, tiene una pensión mísera, una fe sencilla, un marcapasos. Siempre le trae alguna cosa al chico del letrero: un dulce, un jersey, un qué te pasa hoy. En el fondo, supongo, se trata de esa necesidad de cuidar que todos tenemos. Cuidar de alguien, ser cuidados. Sí, ya sé, todos lo hemos dicho alguna vez: "Yo sé cuidar de mí mismo, no necesito a nadie". Puede valer para autoafirmarse, para nutrir la autoestima. Pero en el fondo, si somos realmente sinceros, es la más puñetera de las falsedades. Nos necesitamos. Todos. Mucho.

miércoles, 15 de abril de 2009

Si fuera poeta escribiría cosas así (II)



LA STAR


He ahí la star

cubierta de perfumes y diademas,

sufriendo sólo

la artrosis del autógrafo.

Pero

existe en su sonrisa, solapadamente,

la misma, exacta, somnolienta mueca amarga del tornero

que ve partir el autobús inalcanzable

en un atardecer de lluvia densa.

lunes, 13 de abril de 2009

Tres o cuatro cosas que dicen que Dios no conoce

Es sabido y repetido, aunque con ligeras variantes, que hay tres cosas (un qué, un de dónde, un cuántas) que ni el mismísimo Dios conoce:

a)Qué piensa un jesuita.

b)De dónde sacan el dinero los salesianos.

c)Cuántas congregaciones religiosas femeninas distintas hay en el mundo.

La fama va por este mismo orden. Así la c) puede ser a veces substituida, en un mundo en el que la disminución de vocaciones ha ido mermando el número de fundaciones de monjas, por una cuestión menos tradicional: quién es del Opus Dei. A decir verdad, me resulta actualmente más difícil a veces identificar a una monja e, identificada, ubicarla en una Congregación concreta, que identificar a un miembro de la Obra. Me guardaré de dar opiniones categóricas sobre el Opus Dei porque no lo conozco suficientemente, así que lo que pueda escribir sobre esta organización es muy limitado. Conozco a alguna persona que en el pasado se sintió vocacionalmente "presionada" de modo indebido, pero en su conjunto creo que el Opus ha experimentado una evolución favorable y cierta apertura que hay que valorar positivamente, como hay que valorar su presencia saludablemente descarada en los medios (particularmente en internet, donde se advierte una actividad institucional y personal de envidiable calidad).

Por lo que respecta a la cuestión a), ciertamente no es siempre fácil saber qué piensa un jesuita. Pero tampoco veo que personalmente haya que sospechar discordancia entre lo que piensa y lo que dice o que los jesuitas piensen tan complicadamente en comparación al resto de los mortales. Es cierto que los jesuitas, aunque tengan un mismo patrón formativo, mantienen cierta pluralidad de pensamiento de la que carecen otros grupos en la Iglesia. Sin embargo, no creo que la omnisciencia divina tenga mucho problema para el acceso telepático a los contenidos del pensamiento de un jesuita por mucha complejidad que admiradamente se les otorgue o mucha hipocresía que maliciosamente se les suponga.

Si examinamos la cuestión b), nos percatamos enseguida que no tiene ningún apoyo. Todo el mundo sabe de dónde sacan el dinero los salesianos: de sus benefactores. Lo sacan de pedirlo, lo sacan de pedirlo con desparpajo y de, obtenido, administrarlo con rigor y competencia. Para los salesianos no hay proyecto que no pueda llevarse a cabo. Oye, que no hay dinero para eso. ¿Y qué? Se pide. Así de simple. Lo obtienen, además, porque el benefactor sabe que será empleado de la manera más fructífera. Lo de la desvergüenza no es broma. Llevados por aquel "no pido para mí sino para el proyecto x" nada les detiene. Vean, para muestra, que en plena crisis mantienen todavía en la página web del Tibidabo el apartado de iluminación nocturna del Sagrado Corazón (no es moco de pavo: 12€/ hora en precios de 1997).

Reconozco que saber cuántos rebaños femeninos consagrados hay en el mundo requiere buena capacidad de tratamiento de datos y que el Señor tiene que tener un buen equipo informático allá arriba para poder estar al día. Aun así, si nos ponemos a revisar, yo añadiría a las tres cuestiones de este clásico eclesiástico una cuarta consistente en un por qué profano, de modo que quedarían formuladas de este modo las cuatro cosas que ni Dios sabe:

a)Qué piensa un jesuita.
b)De dónde sacan el dinero los salesianos.
c)Cuántas congregaciones religiosas femeninas distintas hay en el mundo.
d)Por qué tiene éxito Madonna.

sábado, 4 de abril de 2009

Si fuera prosista escribiría cosas así (I)


¿Dices tú? Para mili, la que se tiró el Lechuga en Ceuta hace treinta años. El Lechuga era de Tarifa y era poquita cosa en todos los sentidos, cortito de estatura, de peso y de luces. Nunca tenía un duro, andaba pidiendo tabaco con cara de lástima y se ofrecía a limpiarles las botas a los demás por unas monedas. Por supuesto, sólo caían algunos novatos compasivos, pues los veteranos sabían ya que si el Lechuga les "limpiaba" las botas costaría Dios y ayuda lograr que aquellas volviesen a brillar algún día. Como no tenía para el pasaje del ferry, rara vez pudo el Lechuga coger el pase de fin de semana, así que los compañeros tenían que escribirle (él no sabía) las cartas dirigidas a su madre. El Lechuga quería poner en las cartas que estaba muy triste, que estaba sufriendo mucho, que lo estaba pasando mal. Los compañeros alfabetizados trataban de convencerle de que no era conveniente escribir aquello, que aquello sólo provocaría dolor materno. El Lechuga no veía claro lo de mentirle a una madre, pero al final capitulaba: "Escribe lo que quieras, venga".
Sin embargo, en una ocasión el Lechuga pasó de ser un pobrecito en la consideración del regimiento a ser un verdadero héroe. Un día le pusieron de guardia en la puerta principal, estaría recién amaneciendo y llegó el Jefe de día de la plaza. La verdad es que el Lechuga tenía poca memoria para santosyseñas, pero pidió el santo y seña. Dada la sobredicha parquedad de memoria, poco importa aquí lo que el Jefe de día respondiera, porque, fuese lo que fuese, al Lechuga no le iba a cuadrar. La cuestión es que el Lechuga tiró hacia atrás de la palanca del fusil y enseguida se puso a gritar con agitación: "al suelo, al suelo". Si el Jefe de día hubiese visto a un soldadito fornido y serio, con ademán chulesco, diciéndole que se echara el suelo, hubiese reaccionado, así tuviera un cañón en las manos, diciendo que fuese a vacilarle a la madre que lo parió y que se iba a tirar el resto de mili en prevención. Pero ver a un metro y medio de entidad física, delgado como un palillo, gritando como un poseído: "al suelo, al suelo, el chófer también, el chófer también, cagoenlaputa, al suelo", no resultaba para nada tranquilizador, así que el Jefe de día y su escolta y su chófer, los tres al suelo. El chófer procuró no alejarse mucho del jeep. El Jefe de día se percató de que estaba en el momento más delicado de su carrera militar, recordó que desde que estuvieron acuartelados cuando la Marcha Verde no había pasado por un trago parecido, se dijo que quien se iba a imaginar cuando entró en la Academia Militar que al cabo de los años con quien iba a tener que enfrentarse no era ni con un moro ni con un ruso, sino con un enclenque andaluz, y que en su conjunto tenía huevos la cosa. El escolta, de reemplazo, no hacía más que decirse a sí mismo: "tranquilo, tranquilo", mientras su dedo acariciaba tembloroso el seguro del arma. El Lechuga empezó a gritar repetidamente: "¡Cabo de guardia, cabo de guardia!", gritos que fueron coreados insistentemente con más chorro de voz todavía por los tres tipos echados en el suelo: "¡Cabo de guardia, cabo de guardia!". El cabo de guardia se preguntó qué follón habría allí fuera y contempló el espectáculo a través de la mirilla. Aquello no se veía todos los amaneceres y el cabo de guardia, sabedor de que una ocasión así, aunque se reenganchara diez años, no volvería a presentarse, quiso regodearse unos segundos. Poco dura la alegría en casa del pobre. Porque en aquel momento un "cataclac" indicó que el Lechuga había empujado hacia delante la palanca del cetme, así que el chófer, con la respiración contenida y como quien no quiere la cosa empezaba a meterse reptando bajo el jeep. El escolta, que a estas alturas había sustituido el "tranquilo, tranquilo" por un "joder, joder" encaraba ya el subfusil por primera vez hacia una diana que no era de material parcheable. Y el Jefe de día se preguntaba sobre su propia imbecilidad al haber olvidado la Star Super S en su cuartel y empezó a imaginarse dentro de un féretro y al tonto del capitán capellán, con quien nunca simpatizó, asperjándole con cara de pocos amigos. Los cuatro, por supuesto, invocando la salvación: "¡Cabo de guardia!". Éste salió cagando leches y temblando como un flan y repitiendo: "quieto, Lechuga, quieto".
Durante una semana no hubo soldadito en el cuartel del Teniente Ruiz que no le ofreciera tabaco al Lechuga, tabaco y unas palmaditas en la espalda.
En los meses siguientes, las cartas a la madre fueron sinceras sin ser tan tristes. Al final de la mili, gracias al refuerzo escolar, el Lechuga leía medianamente bien. Por supuesto, a chupar guardias los demás, él dispensado.

(como yo, que me dispenso de blogguear hasta Pascua, que la tengan ustedes bien feliz)