domingo, 26 de abril de 2009

Si fuera prosista escribiría cosas así (II)

La compostura eclesiástica es una virtud importante. Los monjes jerónimos, por ejemplo, la tienen por característica iimprescindible. Así, decía fray Miguel de Alaejos que en su España, cuando se ve a alguien compuesto y recogido, se dice de él que es un jerónimo. No lo era don Joaquín. Don Joaquín era un cura sevillano que no se caracterizaba precisamente por su compostura. Carecía tanto de percha como de estilo. Rechonchito y con torpe indumentaria solía justificar su desaliño con aquello de “Eva murió, pero Adanes quedamos muchos”. Por otra parte, don Joaquín era un párroco pasable, muy estimado por su feligresía y, en el buen sentido de la palabra, bueno. Aquel año (hablo de antes del Concilio) a don Joaquín, que había alcanzado ya una edad venerable, le dio por poner un poco de aventura en su rutinaria vida de buen párroco. Decidió hacer ejercicios espirituales durante la Semana Santa. Así que en la víspera del Domingo de Ramos dejó a su joven coadjutor en plan ahí te las compongas, tomó un tren hacia una capital castellana y después un taxi que le dejó frente a la puerta de una casa de ejercicios de la Compañía de Jesús. Allí, junto con otros treinta presbíteros de muy diversas procedencia, escuchó tres pláticas diarias que les daba el Padre Palacios, un jesuita enjuto, escuálido y distante, alguien que parecía haber nacido antes de que se inventara la sonrisa. Su tema de predicación favorito era el de las dos banderas: “recuérdenlo siempre, hay dos banderas, dos, o se sirve a una o se sirve a la otra”. Cuando decía lo de “dos banderas, dos” el Padre Palacios levantaba un solitario índice al cielo, en un ademán que habría causado desesperación a cualquier profesor de matemáticas. En la casa de Ejercicios la habitación era amplia, la cama cómoda, la comida abundante, factores todos ellos que, diga lo que diga San Ignacio, ayudan en gran manera a que los ejercicios espirituales sean provechosos. Don Joaquín se encontraba allí a gusto, en aquella sucesión de meditaciones, rosarios, adoraciones eucarísticas, paseos por un jardín bien cuidado. Soportaba incluso pasablemente el estricto silencio, se complacía en la silenciosa solidaridad con aquellos compañeros a los que no conocía, pero con los que compartía oficio y ejercicio para ordenación de vida y salud del alma.
Aquella placidez vendría turbada inesperadamente por el Triduo Sacro. El Padre Palacios anunció el miércoles que, por expresa sugerencia del obispo, asistirían a los Oficios de Semana Santa en la catedral. No había mucho trecho entre la casa de retiros y el templo cardenalicio, de modo que en un paseíto todos aquellos sacerdotes se trasladaron el Jueves a celebrar en un edificio de gótica hermosura la Misa in Coena Domini. Lo que habría de turbar la paz de don Joaquín aconteció el Viernes Santo. De pronto, en un determinado momento de la tarde de aquel Viernes lánguido el silencio le pareció excesivo. Consultó el reloj de bolsillo. Rayos, estaba parado. En la casa no quedaba nadie, así que don Joaquín cogió la puerta, se arremangó la sotana como pudo y corrió hacia la catedral. La función estaba a punto de empezar. El sacristán arrugó el entrecejo: “No quedan sobrepellices. Ni roquetes. Tenga usted un alba”. Si alguna vez en la Iglesia católica son ordenadas mujeres (hoy por hoy bastante improbable), aquella alba le vendría de perlas a la novia de Popeye. Pero no a don Joaquín. Larga y estrecha como era, el buen cura sevillano, dada la inminencia de la celebración, embutió literalmente en ella sus carnes y se dirigió a pasitos cortos (los únicos posibles) hacia el coro. Allí pudo hacerse con un rinconcito residual y con una sillita que, miel sobre hojuelas, cojeaba.
Aquel rincón habría de ser el Calvario de su Pasión, particularmente cuando comenzó la gran oración universal. Arrodillarse metido en aquello requería sin duda cierta heroicidad y levantarse sin pisar el palmo de faldones sobrantes tenía también no poco mérito. Así que, cada vez que el diácono cantaba el imperativo Flectamus genua don Joaquín tenía que someterse a una arriesgada operación de aterrizaje en aquel rincón inhóspito, sobre unas rodillas cada vez más doloridas. Cuando lograba adquirir cierta estabilidad sobre el suelo, inclinado como un fontanero que repara el desagüe del fregadero, cuando parecía que sus meniscos iban a tener cierta tregua en aquella feroz lucha, sonaba la voz imperativa nuevamente: Levate. Don Joaquín, sudoroso por la compresión y los nervios, sufriente como un olmo partido por el rayo y en su mitad ahíto, tenía entonces que inspirar y trastabillando incorporarse con un gesto decidido y peligroso. Una vez trató el Padre Palacios de ayudarle y de poco no se van los dos al suelo, así que don Joaquín le hizo un gesto de “deje, hombre, deje, que es peor el remedio que la enfermedad”. Se sucedían las oraciones y don Joaquín tenía sed y angustia y ganas de que aquello acabara, y por dentro un sentimiento de antipatía hacia el sacristán y hacia el diácono y hacia todo quisqui, un sentimiento negativo que le iba creciendo y que le estaba compeliendo a abandonar las filas jerosolomitanas y pasarse a las babilónicas, porque hay dos banderas, dos, y una de las dos banderas ha de helarte el corazón. A don Joaquín comenzaba a dolerle el estómago de tanto arrodillarse y levantarse a trompicones. Flectamus genua, venga, dale. Levate, ay, ay, que me la pego. En un momento dado, cuando se llegaba a la oración por los catecúmenos a don Joaquín acabó por salirle la vena hispalense, esa que hace que las cosas no sólo se sientan sino que se digan, esa que obliga a todo sevillano a decir todos los agostos de su vida que hay que ver qué calor hace y allí, en el silencio de la Parasceve, cuando retumbó el enésimo Flectamus genua, don Joaquín soltó en un leve susurro que aquel silencio y las extrañas y siempre traidoras leyes de la acústica hicieron que se propagara por todo el templo: “este jodío me va a romper el arba con tanto fletamujenua”.
No hubo canónigo, ni clérigo, ni seminarista, ni monaguillo en aquella catedral castellana que pudiera contener compuestamente la risa. Al mismísimo Padre Palacios se le advirtieron unas contracciones torácicas repetidas y un gesto de ponerse la palma delante de los morros bastantemente significativos. Porque a veces en las liturgias más solemnes suceden cosas que le hacen a uno perder la compostura exterior, la interior y la de en medio.

7 comentarios:

CaPiTaN bUsCaPiNa dijo...

hola amigo
te sigo desde argentina
espero que entres a mi blog
saludos

si, bwana dijo...

¡Magnífico relato!. Felicitaciones, es Vd. un prosista de verdad.

Blogcoólico dijo...

Advierto algunos guiños machadianos, Outsi.

Freak dijo...

Qué gracioso. Qué suerte que no hubiese un cura gruñón, el Padre Palacios quizá... No sé por qué no esperaba un final feliz para el pobre Don Joaquín.

Supongo que lo ha vivido en primera persona eso de Flectamus genua y Levate y quizá también un caso parecido. Muy entretenido de leer.

ungachó dijo...

Hay que escribir una novela con la historia de d. Joaquín

Luis y Mª Jesús dijo...

Y seguro que sonrío el mismo Dios que yo imagino con un inmenso sentido del humor.
Siga con la vena de prosista por fa

Anónimo dijo...

Je, je, je, muy bueno.