miércoles, 1 de julio de 2009

Del siglo pasado: George Sheehan (atletas,ascetas y poetas)




Creo que empecé a correr regularmente en 1988. Lo de regularmente es un decir, porque, desde entonces, ha habido épocas de todo. Años de medias maratones quincenales y temporadas como la actual, en la que si logro combinar horarios y un par de veces por semana sacar cuarenta minutos para dedicarlos a trotar puedo considerarme afortunado. De esta menor dedicación dan fe signos tan expresivos como la prolongación inusitada de la vida útil de las zapatillas, la mayor dificultad en abrocharse uno los pantalones de la talla de toda la vida y el descenso de la velocidad de crucero hasta los 5 minutos y medio por kilómetro (y subiendo).
Un género interesante es el de libros para corredores. Libros dedicados a ejercicios preparatorios, a entrenamientos, a dietas especiales. Libros que señalan, por ejemplo, la trascendentalísima importancia de correr colocando la yema del pulgar en la articulación de las falanges distal y media del índice. Libros que aconsejan no dar nunca la espalda a un perro, especialmente cuando el dueño dice y asegura que no muerde ("morderá, seguro"). Libros que llegan incluso a instruir en auténticos misterios de sabiduría arcana, enseñando cosas insospechables como que hay que correr abrigado cuando hace frío y vestir ligeramente cuando hace calor. Libros motivadores, aunque sea utilizando la trampita de afirmar que los corredores suelen ser buenos amantes, lo que evidentemente ningún corredor/a negará.
Una especialidad es la de aquellos libros que pretenden ir más allá de la mera mecánica corporal y pretenden entrar en el espíritu del correr. Entre estos, pueden encontrarse auténticos bodrios con éxito como El Zen del correr (cuatro fotografías entreveradas con cuatro sentencias lapidarias, una especie de .pps impreso, para entendernos, frases cortas para mentes no muy dotadas) y auténticas maravillas como las obras de George Sheehan.

Sheehan (1918-1993) fue, además de cardiólogo y corredor tardío, un señalado "filósofo" del deporte. Conservo todavía un ejemplar de su obra más significativa, Running and Being, bien traducida al castellano por Antonio Pigrau y que la estupidez comercializadora de la editorial sacó al mercado español en 1979 con el abracadabrante título de Correr es salud. El mejor método para mantenerse en forma. A pesar del título, leer a Sheehan es un ejercicio delicioso, supone adentrarse en la filosofía de la creatividad y de la actitud ante la vida. El libro no es ningún método, sino una sucesión de reflexiones profundas conectadas a su propia experiencia vital de corredor. Un libro que desvela lo que tienen en común el atleta, el santo y el poeta: el coraje de amenazar la trivialidad, la búsqueda incesante de la obra maestra. Además, y no sólo como complemento, Sheehan era católico, un católico formado y militante, uno de los fundadores de la Christian Brothers Academy de Lincroft, capaz de citar a Péguy, a Chesterton, a Teilhard de Chardin. En su libro llega a adentrarse incluso en lo que puede llegar a categorizarse como la "mística" del correr. Sheehan corrió con Dios y contra Él y en su obra trata de transmitir esa experiencia difícilmente transmisible. La vertiente ascética es sin duda alguna más comprobable. Mientras corre, cualquier corredor solitario (modelo Sheehan) puede experimentar qué son la Pobreza, la Castidad y la Obediencia, sin necesitar la profundidad del filósofo. Esto pueden entenderlo, por su propia experiencia, hasta aquellos cuyas ideas cortas no irían más allá del Zen del correr. La Pobreza es un tipo solitario en camiseta, short y zapatillas; añadámosle un par de lujos: una gorrita y un ipod de esos a los que se les acaba la batería en el kilómetro cuatro; junto con esas posesiones no lleva gran cosa más: sólo su propio sudor, su dolor, su testarudez. La Castidad es ese mismo corredor en una larga cuesta que obliga a bufar cuando se acaba el gas, cuando el tórax se inclina hacia delante y los brazos comienzan a moverse como si uno esquiara; desde luego en ese momento no se está para muchas tonterías libidinosas. La Obediencia es ir hacia la meta, especialmente cuando ésta de tan lejana se hace remota, cuando uno se pregunta quién le manda meterse en este estúpido calvario y, como respuesta, no hace sino avanzar, plas, plas, uf, buf.

Pero dejemos esta incursión de un outsider y volvamos a la maestría de Sheehan, quedémonos con un par de bocaditos de Correr es salud (substitúyanlo por salvación y a lo mejor aciertan). El primero es para corredores (y no hace falta siquiera que sean creyentes para que lo entiendan):
"Al principio, mi empuje vence la suavidad de la pendiente, pero la Cuesta me exige más cada vez. Hasta que alcanzo el final de mi fisiología. El final de lo posible. E incluso llego más allá de lo que puedo soportar. Me siento tentado a decir: ¡Basta! Sí, ya basta, y con mucho. Pero no me rindo...Estoy luchando con Dios. Lucho contra las limitaciones que Él me ha dado. Lucho contra el dolor. Lucho contra la injusticia. Lucho contra el mal que hay en mí y en el mundo. Conquistaré esta Cuesta, y la conquistaré solo."
El segundo es para creyentes (no hace falta que sean corredores). Es la respuesta a un profesor de filosofía, enemigo acérrimo del rugby, deporte que consideraba desde su arrogancia intelectual una mezcla de violencia, odio y competición; el profesor le preguntó a Sheehan si podía imaginarse a Jesucristo como un jugador de rugby profesional:
"Sí, puedo ver a Jesucristo como a un jugador de rugby. Del mismo modo que puedo ver a Jesucristo el lampista, a Jesucristo el artista o a Jesucristo el carpintero. La Buena Nueva que trajo hace dos milenios es la de que el cuerpo es sagrado, que el mundo es sagrado y que nada humano me es ajeno. Cuando Él se hizo Hombre, nos convertimos en hombres. El mensaje de Belén no fue simplemente el de que todos los hombres habían sido creados iguales, sino el de que todos los hombres habían sido creados únicos. Y el de que triunfarían o fracasarían según cómo cumplieran las posibilidades de esta unicidad: la única y auténtica vida que uno debiera llevar."

6 comentarios:

si, bwana dijo...

Su estupenda entrada me ha hecho recordar mi época de corredor aficionado, que duró tres años. Lo abandoné por la bicicleta, con la que podía huir más fácilmente de los diabólicos perros. Ahora practico el alpinismo por las calles Beatríz de Bobadilla y Las Moreras, en Madrid, donde hay desniveles hasta del 40% (o así me lo parece).

Alfor dijo...

Magnífica entrada. Lo de la experiencia de la Pobreza, Obediencia y Castidad en el corredor de fondo me ha encantado.

jordi_morrós dijo...

Pues aquí responde un medio atleta (no corro más allá de unos 10 km.), poco asceta (mi físico más bien delgadito no da para muchas ascesis, al menos corporales), y un amante un poco infiel de la poesía (la cultivaba más fielmente en la juventud).

Y más importante que correr más o menos es tener la capacidad de descubrir la presencia de Jesucristo entre medio de los hombres. Para mí esa es una ascesis mayor que unos Km. más o menos de carrera.

alfonso sanz dijo...

Tengo que decir que yo no corro, con lo cual no sé si estoy autorizado para comentar algo. Yo voy al monte, la sierra de Madrid es "mi finca de invierno" (el Montón de trigo, Peñalara, la Maliciosa, la Pinareja), en verano suelo subir los montes andorranos (el Casamagna, els Pezons, la Serrera, el Pic de Maia). Pero mi observación consiste en lo siguiente: así como cuando subes, lo haces con tus puras fuerzas, cuando "luchas" -en la pobreza en la castidad, en la oración, etc- de pronto notas una brisilla por detrás que te empuja. Esa "brisilla" es la diferencia.

Máster en Nubes dijo...

Outsider friar; he intentado mandarte esto por correo electrónico pero no tienes visible. Echa un vistazo, están en Barcelona y me encantan, salvo alguna excepción.

Hala, con Dios, el día de Dios (bueno, todos lo son, pero en fin...)

http://www.flickr.com/photos/fundacion_kolbe

F. dijo...

Para mi el Zen de correr es un libro precioso, en cambio el Dr. Sheehan, con todo mi respeto, nunca me acabó de llegar, aunque no por ello se me ocurre calificar de poco dotados a sus seguidores.
No debería menospreciar lo que no entiende.

Un saludo.