sábado, 24 de diciembre de 2011

Feliz Navidad - Bon Nadal

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Humanae Salutis, al cabo de 50 años


Se cumplirán esta Navidad 50 años de la convocatoria oficial del Concilio Vaticano II por Juan XXIII, mediante la Constitución Humanae salutis.  Hace unas semanas leía la noticia sobre un libro de entrevistas a trece sacerdotes que habían escrito Joan Estruch y Clara Font; el medio (El Punt Avui) titulaba: "Els capellans joves han girat full al Concili Vaticà II" como convicción expresada por los entrevistados. Lo de pasar página es cierto respecto a las nuevas promociones de sacerdotes, pero no en relación al Concilio mismo, sino a la comprensión que de él tenían (y que, al parecer, siguen teniendo) los sacerdotes de una época. Para unos, la aplicación del Concilio Vaticano II está todavía por hacer, fue bloqueada por el Pontificado de Juan Pablo II; para otros, los textos conciliares han sido suficientemente aplicados, incluso en una interpretación más amplia (incluso en ocasiones abusiva) de la que nunca pretendieron los obispos conciliares. Para unos, la Iglesia ha vuelto a cerrarse y, por ello, ha perdido significatividad en el mundo; para otros, está recuperando su puesto después de una tendencia a mimetizarse con el mundo que la despojaba de su propia identidad y que, por ello, la hacía insignificante. 
Un servidor era un parvulito cuando se celebró el Concilio; cuando se aplicó con todas sus exageraciones, la religión no formaba parte de mis intereses más inmediatos; cuando las aguas volvieron a su cauce (o al menos tomaron otro cauce) con Wojtyla, desde quien ha regresado a la fe, este tipo de contiendas intraeclesiales me parecían ridículas, una pérdida de tiempo, un absurdo diálogo entre interlocutores que no estaban dispuestos a escucharse. Hoy todavía me deja estupefacto que existan ultracatólicos preconciliares con nostalgia de los cincuenta y ultraheterodoxos enrocados en posiciones, por más recientes no menos enmohecidas, de hace 30 años. Ciertamente cada cual vive su historia, se aferra a sus personales  nostalgias y fobias, busca el hogar donde se sintió seguro con los suyos. Y mientras tanto, el mundo avanza, el cristianismo es tan combatido como antes, más si cabe, y allá en Roma un lúcido viejito sucesor de Pedro sigue exhortando a crecer en la gracia y en el conocimiento de Cristo. 
50 años del Concilio. Recuerdo, en mis tiempos de estudios teológicos, la afirmación de algún profesor en el sentido de que la aplicación de los concilios siempre requirió de un largo tiempo. Más o menos en aquellas fechas, en 1985, en su Portrait de Marthe Rodin, Jean Guitton, en cambio, escribía: "Quoique le dernier Concile soit récent, Gaudium et Spes, ce message de joie et d'espérance terrestres a beaucoup vieilli". Porque el avance de la historia y sus cambios en las últimas décadas no tienen comparación posible con épocas anteriores. Guitton estaba convencido de que el siglo XXI sería el de la nueva evangelización (así lo manifestaba en una entrevista a La Stampa en 1992; una traducción castellana, aunque poco exacta, aquí). 
Lo que se exige a la Iglesia en el 2011 no es en lo esencial diferente de lo que decía la Humanae Salutis en 1961: "que infunda en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del evangelio". De esto no nos está permitido pasar página, porque tal es la página actual, la de hoy, la de siempre.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Monzó demuestra su ignorancia (o su desprecio)


Se supone que un articulista de La Vanguardia tiene que ser alguien mínimamente documentado, aunque sólo sea por la magnitud de la tirada del periódico y por la necesidad de mantener un correlativo prestigio de la marca. Quim Monzó parece cubrir tales expectativas. Pero no hoy. Hoy dedica un artículo a denunciar la seriedad de un problema humano, de un problema de derechos humanos (la prohibición de que las mujeres conduzcan en Arabia Saudita). Lo hace con su ironía y su savoir faire habituales. Nada que objetar, salvo en lo que se refiere a la frase final con la que pretende poner la puntilla "graciosa" a su columna:

"De forma que nos limitamos a seguir bromeando: sobre la conducción, sobre el himen, sobre el cambio de marchas y sobre la virginidad, temas que, por cierto, hoy resultan de lo más apropiado, siendo como es el día de la Inmaculada Concepción."

Ocurre a veces que justamente allí donde se pretende ser gracioso, se acaba uno mismo mostrando como ignorante. Porque, dejando aparte las conducciones y los cambios de marchas, Monzó debiera saber que la Inmaculada Concepción no tiene que ver con hímenes ni virginidades, con lo que su gracia final revela su desconocimiento del concepto de gracia. A no ser que, lo cual sería suposición en extremo maliciosa, en realidad sí sabe, pero considera que la mayoría de sus entusiastas lectores son religiosamente palurdos y que tal final les va a parecer de lo más apropiado.