jueves, 14 de octubre de 2010

Unos dibujitos y un In memoriam



Siempre hay cierta distancia entre lo que una persona quiere representar y aquello que otra percibe. Más cuando el perceptor tiene cierta imaginación. Tomemos, por ejemplo, uno de los simpáticos dibujitos de los materiales que alguien ha dispuesto para preparar la visita de Benedicto XVI. Contémplenlo con detenimiento y díganme si realmente son o no descabelladas estas preguntas:

a) Ese Benedicto tambaleante y con esos ojillos, ¿qué parecería si substituyéramos la cruz por una farola? (¿Lo habrá dibujado el guionista del Gran Wyoming?)
b) Hablando de bebidas, si le añadimos una pajarita, ¿no parece Gaudí un camarero de taberna sirviendo unas Paulaner?
c) ¿Por qué se parece tantísimo la María a Sor Teresa Forcades?
d) Si a ese José le ponemos unas cartucheras cruzadas sobre el pecho, ¿no es el mismísimo Fernando Sancho de los spaghetti western?
e) En cuanto a Jesús, créanme, de verdad de la buena que si le colocamos una pipa curvada en la boca, es el vivo retrato del profesor de filosofía (un pnn) que tuve en el instituto.

Qué tiempos aquellos, cómo no recordar a un lobo cansino que en mi memoria siempre será de aquellos tiempos (¿será esta forma de hablar un síntoma del declive?), aquellos en que su voz sonaba extrañamente más auténtica y desgarrada, menos adornada. Aquí dejo in memoriam su mejor canción (en dos versiones, en dos momentos, nótese la diferencia entre el posterior adorno fiestero de la primera y la intemperie grave, hermosa, dura, de la segunda):





jueves, 7 de octubre de 2010

Días de otoño



Pumcatapumpumpum, ¡cómo me gusta el otoño!
No comparto la percepción del ambiente otoñal como entrañablemente triste. Este tiempo no me hiere el corazón con languideces de monotonía. Monótono el verano, monótono el frío invernal. Pero en mi apreciación en otoño se multiplican las tonalidades y la vida. Las mochilas vuelven a llenarse de papel, las calles de hojas secas, las reuniones de gente, up with people (¿existirá todavía?). Además, vienen las lluvias y los vientos, las vacunas, los inmunoferones, ¿no es magnífico?
El otoño en Barcelona es pura maravilla. Uno puede sentarse tranquilamente en la celda, abrir la ventanita, prescindir de las estufas, de los ventiladores, de sus cables respectivos. Qué delicia. O uno puede subir corriendo al mirador de Roquetas sin empapar de sudor la entera camiseta. Formidable.
Días de otoño. Quédense para otros las hogueras de junio, los empachos de turrones y los supuestos despertares de la primavera. Denme otoño, ideal para la placidez e indicado para la producción, es decir, para todos los gustos. Los bienes se multiplican incluso tomándoselo con calma.
Es lo que pasa con el Carrefú, donde los días gangueros rinden más y 20 días naturales se convierten no se sabe muy bien cómo en 30: