miércoles, 17 de julio de 2013

El animalismo no es un humanismo




Caso A:


Una de las familias que vienen a la parroquia a recoger el lote mensual de alimentos vienen con un perrazo lustroso y presumido. Le pregunté a Z., la asistenta social, si no era un contrasentido aquello, incluso sugiriendo que podría parecer escandaloso a quien los viera en la cola con el perro y alimentar sospechas de que no distribuimos adecuadamente esta ayuda alimentaria. Z. me miró con esa cara mitad frustración y mitad resignada costumbre que tanto abunda entre la gente que se dedica al trabajo social. Su respuesta fue clara: "En esa familia primero subalimentarán a los niños que al perro".

Caso B:


Tengo en mis manos un frasco de un champú para bebés marca D***S (qué quieren, pequeños lujos que uno se permite).  En uno de sus lados figura la leyenda: "No testado sobre animales. No contiene productos de origen animal". Qué bien. Los animalistas, en sus campañas contra la experimentación animal, suelen aducir la crueldad (qué malos son los laboratorios) de probar ciertos cosméticos introduciendo gotas de champú en los ojos de los conejitos. Aducen que hay alternativas incluso más económicas. Qué tontos son, además de malos, ciertos directores de laboratorios. Estén tranquilos los sensibles corazones animalistas, que la marca D***S son muy buena gente y no hace estas cosas tan bestias. Ahora bien, en el mismo frasco se lee: "Testado bajo control Dermatológico y Pediátrico". Ah, huy. No sé ustedes, pero un servidor no conoce a ningún matrimonio cristiano, ni pagano, ni a ninguna pareja concubinaria que esté dispuesta a que ni los de D***S ni otros testen, aunque sea bajo control dermatológico y pediátrico, champús en su bebé. No es difícil inferir, pues, que o bien esta experimentación se hace sin el debido consentimiento informado o que se utilizan bebés de otros lugares donde la vida humana y particularmente la infantil tiene menor protección. Pero, eso sí, con D***S los animalitos están seguros.

Caso C:


Hace tiempo que en los trenes de Cercanías decidieron que los pasajeros pudieran transportar con ellos a sus animales de compañía. No me refiero a los perros lazarillos o a los perros para diabéticos. Me refiero a los demás. La única salvedad es, si no me equivoco, que no causen molestias a los demás viajeros. He aquí un ejemplo de norma abierta y conflictiva. ¿Quién estima el concepto problemático de "molestia"? ¿Es una molestia que en un vagón abarrotado los pasajeros humanos tengan que estrecharse para que un perro pueda ir echado cómodamente sobre el suelo? ¿Es una molestia que un perro, qué juguetón es, le ensucie a usted el pantalón de babas o de pelos? El animalismo no es un humanismo. ¿Saben ustedes la diferencia que en Cercanías hay entre un niño de 9 años y un perro de la misma edad? Pues que el niño, aunque no ocupe asiento, paga billete; el perro no, aunque lo ocupe.