sábado, 30 de abril de 2011

Incontinencia descerebral



Muestras de la verborrea del señor X (si alguien las cree sacadas de contexto, le advierto que, en realidad, no hay otro contexto):

1.- «Este monólogo se centra en el estreñimiento mental de cualquier persona que ha tenido una educación religiosa».

2.- «Hay muchas víctimas de la religión que hemos sufrido mucho».

3.- «La religión hace que la gente, en lugar de pensar, crea, y las creencias han propiciado la mayor violencia que ha existido en la historia».

4.- «La religión debería estar prohibida hasta los 18 años».

5.- «Este país (Estados Unidos) tuvo la primera constitución laica y secular del mundo y resulta que se ha convertido en un país de capillita».

6.- «¿Qué es esto de que el Corán, la Biblia...son libros sagrados? Son novelas.»

La proposición 1 no merece más comentario.

La proposición 2 es victimismo puro y duro. Realmente, tiene que ser muy duro y doloroso tal estreñimiento mental (el señor X estudió en un colegio de jesuitas): años y años durante los cuales los pensamientos pugnan por salir y las ideas-desecho sólo se exteriorizan con agónico esfuerzo.

La proposición 3 parece propia de un comentarista palurdo o de un tertuliano tabernario. Ningún historiador serio la suscribiría. Otra idea excrementaria.

La proposición 4 es incoherente. ¿Por qué antes no y después sí? Si "la religión mata" (esta también es del señor X), hay que prohibirla siempre. ¿Cómo puede confundirse tan fácilmente la mayoría de edad con la libertad?

La proposición 5 también sería susceptible de un comentario histórico. Pero para ello habría que saber qué significa exactamente la expresión "país de capillita", cosa que el señor X sin duda entiende, pero los demás no.

La proposición 6 refleja los amplios conocimientos del autor sobre los géneros literarios.

Del señor X se estrena hoy una antigua obra de teatro en Nueva York. Se promociona como "The play that rocked Spain and the world". Nada menos.

El Señor X es alguien que cobra del presupuesto para promocionar conciertos de Sabina, performances de Amadeo Penalver y cosas por el estilo. O para promocionar su propia provocadora obra teatral desde la plataforma del Consulado General de España en Nueva York.

Tipos como el Señor X hacen bueno al Sr. Puente Ojea, quien, al menos, tenía la decencia de ser culto; de Puente Ojea se podía afirmar, para emplear la expresión de un sabio capuchino de los años treinta, que se cerraba herméticamente en el círculo férreo de sus negaciones apriorísticas (sé que mis lectores entenderán esta última frase y que el señor X no).

Del Señor X sólo podremos concluir que sus palabras reflejan la peligrosidad de medicarse sin control contra el "estreñimiento mental": se pasa al otro extremo, es decir, a la descomposición, a la cagalera mental.

En fin, de momento sigamos pagando nuestros impuestos o recortando en sanidad para que el Señor X no deje de percibir su retribución, que bien ganada se la tiene, aunque, si nuestro discurrir intelectual no retrasara su normal curso a causa de la educación que recibimos en nuestra juventud, quiero decir que si evacuáramos fácilmente nuestros pensamientos, cogeríamos un vuelo a Nueva York y pagaríamos con gusto los 18 $ de entrada para poder asistir en vivo y en directo a la representación neoyorquina de una pieza teatral que ya en su día sacudió a España y al mundo entero.

martes, 5 de abril de 2011

De goteros y comunicaciones




Acompañar durante algunos ratos a un colega hospitalizado da para interesantes reflexiones. Hace unos días, al anochecer, después de calcular inútiles cadencias mirando hacia fuera (las luces de señalización de la torre de comunicaciones de Collserola: 40 parpadeos por minuto) o hacia dentro (el descenso del suero fisiológico: 31 gotas por minuto), acabé meditando, desde aquella quinta planta y sus vistas privilegiadas, en cómo ciertos contenidos ideológicos van mediáticamente infiltrándose en la conciencia social. Cuando volviendo los ojos hacia el exterior percibes detrás de las cortinas de las viviendas próximas el movimiento de luces de los televisores y si miras hacia el interior percibes cómo las gotas de las soluciones salinas, de los antibióticos, de los calmantes, discurren lenta pero inexorablemente por tubitos hacia la sangre de quien pasiva y pacientemente los recibe (para eso es un paciente), acabas planteándote ciertas cuestiones.
Te preguntas, por ejemplo, si la generalidad de nuestros contemporáneos, a base del bombeo constante de los medios, no va admitiendo ciertos presupuestos morales cada vez más acríticamente, si no los consume sin necesidad de asumirlos a partir de la deliberación personal. Se me ocurren ejemplos que resultan paradigmáticos sin ser los únicos: la indiferencia ética del aborto o incluso su consideración como derecho, la exacta equivalencia entre heterosexualidad y homosexualidad, etc. ¿Hasta qué punto en nuestra sociedad de liberales no predomina el dejarse llevar por la corriente en boga, por la moda y los modos ideológicos? En un mundo en el que el librepensamiento se erige como el gran estandarte, ¿no camina mucha gente por vías cada vez menos libres y menos pensadas? Preguntarse sobre el porqué de la aprobación o reprobación de ciertas conductas, ¿no se presenta cada vez más como una cansada tarea frente a la cual muchos se revelan como mentalmente asténicos, como too lazy?
En mi humilde opinión, lo más preocupante hay que situarlo en el alcance dogmático que algunos de estos contenidos morales están alcanzando. En la medida en que no se discuten (y precisamente para que no se discutan) se van convirtiendo en doctrina y suscitando inquisidores que vigilan cualquier atisbo de disidencia. Me preocupa que muchos de mis conciudadanos arrastren consigo un invisible gotero que, en lugar de sanar su existencia, les va proporcionando un alimento sucedáneo y desde luego más fácil de digerir que la verdad, unos componentes de amplio espectro capaces de anular el más microscópico cuestionamiento de vida, unos anestesiantes que les dispensan del dolor de las propias decisiones.
Curiosamente los creyentes somos etiquetados frecuentemente por nuestros contemporáneos como escasos de juicio, como esclavos institucionalizados, como rebaño aborregado. Pero en noches como estas, con a lo lejos el Tibidabo iluminado (despilfarro, cierto), cuando sería más cómodo y acomodado y socialmente rentable el rendirse, no puedo evitar sentirme, mientras pienso y existo, desde mi razón y desde mi fe, orgullosa y dolorosamente libre.