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lunes, 15 de marzo de 2010

Men (?) in black

Qué quieren que les diga, uno se va haciendo mayor y se percata de quedarse desfasado cuando ve estas cosas, que curiosamente generan comentarios extremos, desde el "qué guay" hasta el "imbéciles"...
(Por si acaso, me cambio la imagen para evitar confusiones)



lunes, 8 de marzo de 2010

Desde mi celda, hoy, esto

domingo, 7 de marzo de 2010

Bamba la bamba

Sin comentarios (míos, se entiende).


domingo, 28 de febrero de 2010

Y qué más da

La vida en una ciudad (pongamos Barcelona, por ejemplo) puede ser muy aburrida para los que todavía no utilizamos, sentados en ella o empujándola, una silla de ruedas. También nos perdemos ciertas aventuras si no hemos alcanzado la edad de los achaques al salir a llenar el carrito de la compra. Algunos ni siquiera vivimos ciertos lances inherentes a empujar un cochecito de bebés gemelos. Como buen outsider, no soy un defensor a ultranza de ciertas discriminaciones positivas que acaban derivando hacia la falta de equidad. Para muestra un botón políticamente incorrecto: nunca he entendido lo razonable de que un inválido (perdón, minusválido, digo discapacitado) tenga que tener reservada en exclusiva una plaza de aparcamiento veinticuatro horas sobre veinticuatro, cuando seis días por semana sólo la usa de 8 de la noche a 6 de la mañana (el resto de horas, los “capacitados” dando vueltas para no encontrar dónde y aquel amplio espacio siempre vacío). Sin embargo, reconozco que ciertas ventajas hay que ofrecer a las personas a las que les han tocado en suerte particulares limitaciones, aunque sólo sea por aquello de que mañana puede tocarme a mí.

Por ello, me pregunto si uno de los verdaderos problemas que asola nuestra sociedad no es la filosofía de la chapuza, del “y qué más da”, con la cual algunos, probablemente adoradores de Cobras o que cobran por lo que no hacen, por no pasar por “pringaos” acaban pringando a los demás. Todo esto viene a cuento del interrogante que se plantea al considerar que si se gasta un pico de las arcas públicas para accesibilidades, para hacer la vida urbana más fácil, para que todo sea más viable y hacedero, cómo entender que de pronto nos topemos con cosas como ésta:



sábado, 13 de febrero de 2010

La espiritualidad como complicación


A veces uno piensa que hay gente convencida de acceder al misterio simplemente complicando el lenguaje. Hoy acabo de ver anunciadas unas conferencias que organiza el Centre Edith Stein y que tendrán lugar próximamente en el Carmelo de Mataró. El titulo principal del conjunto no es muy original: "ser uno mismo y vivir en libertad". Los títulos de las conferencias tampoco están fuera de lugar; en cuanto a los conferenciantes, dos pesos medios, un peso pluma y un sparring. Lo que chirría es el subtítulo explicativo (ja) que le han puesto al conjunto: "la desposesión de las alienaciones cotidianas a la luz de las diferentes tradiciones monásticas". El tipo o la tipa que ha pergeñado la explicación se habrá quedado bastante desposeído de pelo. Personalmente, creo que podría haberse esmerado más, algo así como: explicitación del extrañamiento de la enajenación de la desposesión de las alienaciones cotidianas que emergen en la multiplicidad de tradiciones monásticas. Sí, hombre, sí, ya puestos a complicar las cosas, llevémoslo al extremo. No me explico cómo San Francisco, Santa Teresita del Niño Jesús y tantos otros pudieron alcanzar la santidad y enriquecer la Iglesia con indicaciones espirituales sin tamaña complicación lingüística.
Reconozcamos, al menos, una virtud del cursito: el precio. Por cuatro sesiones de éstas en un centro budista seguro que le cobran a usted una pasta.
Entrando en materia, tengo mis dudas respecto a calificar de "monástica" la espiritualidad franciscana, como me parece muy cuestionable admitir que Taizé haya producido ya eso que se llama una "tradición". ¿Y no hubiera sido mejor recalcar el ser uno mismo en el Otro? No sé, seguramente la primera conferencia sin utilizar "libertad" ni derivados haya dado en el clavo con su título. Porque a todos nos haría falta una mayor dosis de humildad, empezando por el blogger que aquí escribe y terminando por el alma en pena que redactó el subtítulo del curso.

martes, 2 de febrero de 2010

El Dios terremoteado


Hace unos días el obispo Munilla abrió la boca y encendió los ánimos no sólo de los que siempre tienen el bidón de keroseno preparado para hacer de una chispa de chisquero una fogata, sino también de personas más decentes que inmediatamente fruncieron el ceño ante las declaraciones del mitrado. No entro a examinar el fondo del asunto (más profundo de lo que una captación rápida permitiría); otros lo han hecho ya y no mal, pero sí que deberíamos preguntarnos si ciertas frases pueden soltarse con tamaña expedición. Nuestra época, en la cual los poderes mediáticos cuidan muy bien de que quien más quien menos andemos con un pervertido sonotone, no es un buen ámbito para proceder con un “el que tenga oídos para oír que oiga” generalizado. No se trata de reclamar silencio o de callar determinadas verdades, sino de la no siempre fácil pericia de decir las cosas no sólo para que sean entendidas acertadamente (lo que ya cuesta, por esa interesada sordera a la que antes me refería), sino, además, para que no puedan ser fácilmente desentendidas en beneficio de quien se lucra de la confusión. La prueba del desacierto está en que poco tiempo después el mismo Munilla se vio forzado a aclarar qué quiso o no quiso decir.

El terremoto de Haití, como cualquier otro desastre natural con víctimas inocentes (tsunamis, volcanes, ciclones, pestes, etc.), tiende a provocar un cierto descalabro en nuestra imagen de Dios, tanto si ese Dios es un mero concepto como si es un Alguien arraigado en el corazón. En el primer caso no hemos avanzado demasiado desde Epicuro: o es muy malo y cruel, porque pudiendo no quiere evitar estas cosas; o quiere y no puede y entonces es una divinidad del tres al cuarto; o simplemente no es. Huelga decir que los grandes defensores de este razonamiento son los que afirman que Él no es y tragedias como las de Haití les vienen como anillo al dedo para sonreírse burlones frente a los creyentes. Estos no necesitan que les venga nadie con dilemas filosóficos porque la gran mayoría de ellos mismos se pregunta, cuando ve las imágenes que estos días la televisión nos repite una y otra vez, dónde está Dios o por qué Dios permite o todas esas cuestiones que también honradamente pueden hacerse desde la fe. Tampoco falta quien parece tenerlo excesivamente claro. Los viejos manuales de teología llegaban a decir que Dios permitía estas cosas como avisos saludables y que mostraba así a propios y extraños la verdad de las palabras de Cristo, de que la muerte viene como un ladrón. He visto por la televisión cómo un carpintero haitiano, sin duda un evangélico, se extrañaba de la admiración ajena, decía que todo aquello estaba ya previsto y citaba pasajes como Mateo 24,7, mientras continuaba fabricando ataúdes. O cómo otros daban gracias a Dios por haber sobrevivido, mientras un pastor les decía que ellos habían sido escogidos para vivir gracias a su fe, que su fe les había salvado (alguien debería haberle recordado ciertas palabras de Jesús sobre aquellos dieciocho aplastados por la caída de una torre en Siloé). Un compañero la semana pasada salió de rezar el oficio señalando insistentemente su Breviario y diciendo: “ea, a los que preguntan dónde está Dios en el terremoto, que escuchen En el terremoto, acuérdate de la misericordia, oración, oración”; este hermano es uno de los más mayores y de los más espirituales de la congregación, tal vez aquel versículo de Habacuc a él le sirviera, yo no quise decirle que la traducción litúrgica española es cuando menos en este punto moderadamente libre y que fuera a mirar en la Vulgata, mucho más pungente: cum iratus fueris, misericordiae recordaberis, aunque en cualquier caso comparto que siempre es oportuno decirle a Dios que se acuerde de su misericordia. Espeja ha escrito en Ecclesia recordando que el Dios de Elías no estaba en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en una brisa suave.

Hay quien dice que la cuestión sobre el mal no tiene otra respuesta que el silencio, la compasión y la solidaridad. Tampoco yo tengo una respuesta fácil y diáfana. Dios parece no haber respondido más que con nuestra libertad, de la que sólo muy excepcionalmente se desdiría (suponiendo que efectivamente se desdiga). En algo tenían razón los viejos manuales: estas catástrofes nos sorprenden por lo inesperado, por la cantidad (millares) y por la cualidad (inocencia) de las víctimas, pero en esencia no hay más que una diferencia de tiempo y de modo con todos los dolores y todas las muertes injustas de la tierra. La repetición y difusión de las imágenes aumenta nuestra conciencia del desastre. A veces me pregunto qué pasaría en las conciencias si los medios nos ofrecieran imágenes repetidas y en directo, imágenes vivas y detalladas, por ejemplo, de los abortos practicados, de la explotación infantil, de tantas y tantas catástrofes silenciosas en las que no podemos utilizar el recurso de culpar tan directamente a Dios. Y volviendo al terremoto, ¿no es una llamada de atención al orgullo de un progreso científico que pretende explicar el origen del universo pero que se revela incapaz de predecir qué es lo que va a ocurrir dentro de unos instantes bajo nuestros pies?

¿Dónde está el Dios terremoteado o terremoteador, sondeador de abismos? ¿Debería acabar en todos los casos con el mal inculpable? ¿Podría hacerlo sin descrear el mundo? Lo ignoro. Sólo soy un outsider que ve oscuramente, como en un espejo enigmático, espero un día ver cara a cara. Mientras tanto, el Dios cristiano, hasta dónde yo sé, está, como cantamos el Jueves santo, ubi caritas et amor.

viernes, 22 de enero de 2010

Brevísimo soggiorno hispalense



He estado transitoriamente en una Sevilla encapotada, con motivo de la intervención quirúrgica de un colega. La última vez apenas me detuve. En estos días he visto que tienen, por fin, metro. Y zona peatonal. Y que están ciclísticamente encarrilando toda la ciudad. Me dice Rafa que los vagones del metro tienen su propio túnel de lavado, que para eso pasa bajo el río. Me dice Ovidio que el tranvía lo toman sólo los jubilados (lo tienen gratis) y los turistas (les es grato). Me dice Maricarmen que me pase por el Salvador, que está restaurado y vale la pena. Me dice Pedro que ha dicho el nuevo Arzobispo que quiere ver a los curas vestidos de curas, que no se les ocurra presentarse en Palacio con atuendo diverso. Me dice mi antiguo arcipreste que lo que es él antes muerto que matriculao. Me dice Charo que ella sigue sin saber reflesionar. Me dice don Antonio que confesar sí confiesa, porque para confesar no hay que andar. Me dice el camarero en la churrería de Virgen de Luján, mientras me sirve un café con leche y una de esas bandejas prodigiosas y chorreantes, que no me preocupe, que hoy tampoco lloverá. Me dice Emilio que sigue atendiendo servicial y voluntariamente el despacho parroquial y una vez más me confirma que invariablemente, a la pregunta de algún despistado: “¿es usted un Padre?”, sigue contestando: “sí, y abuelo”. Me dice Clarita que murió su madre. Me dice su hermana en un aparte que si Clarita está desmejorada es por la depresión, que lleva meses en tratamiento.

Luego está lo que yo siento por los cinco sentidos. Que tal vez ya estaba la última vez, cuando apenas me detuve, pero que no había visto un gran azulejo de la Esperanza trianera en mínimas. Veo unas magníficas fotografías en la fachada de FNAC, Aitor Lara. Oigo timbres de bicicletas que aparecen de pronto, como por arte de magia. No veo aglomeraciones en el tranvía que circula por San Fernando, ni que la boca del metro de Puerta Jerez engulla multitudes. Delante del Palacio Arzobispal no me he tropezado con cura alguno uniformado; en mis tres años de coadjutor por estos lares sólo una vez entré en Palacio; el guardia de seguridad de la puerta hizo una excepción conmigo y me tomó el nombre (por lo visto, era el sospechoso número uno). Qué historia, merece un aparte, pero la cuento punto y seguido. Que conste que fui por causa de la obediencia, porque mi General quería fotocopia de un proceso de vida y virtudes ancorado desde el XVIII, que como era un proceso de este tipo la Archivera tenía instrucciones de no facilitar nada sin la previa anuencia del Vicario General, que el Vicario General, de cuyo nombre no quiero acordarme y de cuyas luces prefiero no hablar, dijo que aquello sólo podía facilitarse al Postulador, lo cual me sirvió para decirle a mi General que no había nada que hacer, que un servidor estaba sin comerlo ni beberlo en una lista de merodeadores y que sólo con una obediencia intimada formalmente volvería yo a presentarme en el Palacio Arzobispal. Al cabo de un tiempo cerraron provisionalmente el Archivo por obras, con lo cual me froté las manos de satisfacción y tranquilidad pensando que el asunto quedaría así sobreseído. Pero una tarde me despertó en la siesta una llamada del General. Había hablado con el Arzobispo y ambos habían coincidido en algo para mí bastante evidente: la negativa a darme fotocopia de aquella documentación era absolutamente absurda. El Padre Reverendísimo y su Excelencia procedieron por la vía rápida. A la mañana siguiente un servidor tenía a disposición la documentación fotocopiada y, estando el Archivo en obras, la pude recoger en la Colombina. Mi antiguo arcipreste se ha cabreado porque después de tener su parroquia en un barracón durante diez años sin que sus gestiones para obtener una iglesia y locales decentes encontraran eco en Palacio, en cambio a don G. (quien tampoco se ha puesto en la vida cuello romano) le soltaron treinta mil euros para edificar un centro de culto absolutamente innecesario en el barrio de L.H., vamos, como para que le vengan con cuestiones de atavío. Yo me he puesto a reflexionar mientras iba estos días por Nervión y me he dicho que para confesar no hace falta andar, pero sí haber andado. Los churros de Virgen de Luján siguen siendo como esos rollos que devoraba el profeta: una delicia en el paladar y un torpedo en el estómago, así que me pido el café con leche no con uno sino con dos vasos de agua, lo cual no importa porque de agua andan sobrados este invierno, me dice el camarero. Emilio ha tenido ya tres avisos-recordatorios de que a todos nos llama el Señor algún día, así que el párroco, teniendo en cuenta lo empinados que son los treinta y dos escalones que llevan al despacho parroquial, le insinuó que convendría que fuese enseñando a un ayudante y que él lo tomara con más calma; Emilio lo tomó con calma, con seriedad, con aplomo y con cabreo contenido, respondiendo algo así como “¿me quiere usted echar?”; como se comprenderá, sigue encaramándose tres días por semana por los treinta y dos escalones, y el párroco a callar. Me percato una vez más de que sólo hay una pena peor que la de ser ciego en Granada: estar deprimido en Sevilla, así que Clarita tiene que andar muy cuesta arriba, y yo he escapado antes de tiempo (sin ver siquiera la Parroquia del Salvador restaurada), no sea que fuera a deprimirme en estos días de londinense luz.

sábado, 2 de enero de 2010

La solidaridad desatinada

Si lo que querían era jugar a los Reyes Magos, mejor habría sido meterse en una de las caravanas que se organizan por estos pagos el 5 de enero y dedicarse a tirar caramelitos. Aviso que este post puede parecer duro y desalmado (lo es) y desde luego muy poco políticamente correcto, pero tengo que manifestar mi irritación porque al día de hoy todavía no he escuchado a los dirigentes de la movida reconocer el error. Y porque al final este tipo de cosas perjudican de rebote (porque la opinión pública mete fácilmente a todos en el mismo saco) a instituciones serias que están haciendo un trabajo bien hecho día a día y desde hace muchos años.

Me refiero, claro está, a la Caravana Solidària, tres de cuyos miembros (dejemos el calificativo de cooperantes para los auténticos) permanecen secuestrados en África.

No entro a juzgar las buenas intenciones que animaron a este grupo de personas. Pero sí hay que decir que la solidaridad puede ser divertida, pero no es un juego. Se convierte en un juego cuando se va en plan rally de aventuras, cuando la generosidad se contamina de la autosatisfactoria vivencia en detrimento de la eficacia. Las cifras son tan estruendosas como engañosas. Se habla de 36 ONGs, de 107 toneladas, etc. La Caravana Solidària se autoproclama con orgullo laica y progresista, para no ser confundida con otras. No está mal saber qué ideología se encuentra en el trasfondo de las motivaciones, aunque lo que realmente debe distinguir a una ONG es el objetivo que se propone y, conocido éste, el nivel de excelencia con el que tiende a conseguirlo.

Y aquí tiene huevos la cosa. Aclaremos simplemente que si usted coge en su pueblecito a cuatro inmigrantes argelinos originarios de la misma aldea, montan una Asociación de Inmigrantes de X, el ayuntamiento les cede un localito y les financia con cargo a una partida que lucirá muy hermosa en los presupuestos municipales como Cooperación al Desarrollo, pues ya está, ya tienen ustedes una ONG. No sé si ustedes lo sabían, pero la mayoría de las ONGs de la caravana estaban financiadas en buena parte por entes locales y empresas municipales o similares.

No sé si ustedes lo sabían, pero podrían echar cuentas. Sólo con el coste de los pasajes de avión de repatriación de los 38 autodenominados cooperantes desde Senegal a Barcelona vía Madrid podrían haberse enviado los correspondientes contenedores al puerto de destino. Con el resto de la financiación habría bastado y sobrado con creces para que la ayuda fuese distribuida mediante transportistas locales, incluidas en su caso las propinillas a los funcionarios de turno del recorrido. Con media docena de personas organizando en Barcelona y otra media docena en África las toneladas de ayuda habrían llegado a sus destinatarios de forma más segura, más eficiente y, ay (ahí les duele), más discreta. Mala cosa cuando en la solidaridad la escenificación de autobombo le gana a la efectividad.

Y escribo esto porque finalmente la broma va a costar (está costando ya) un dineral a las arcas públicas. Resulta que del bolsillo suyo y mío salió en buena parte el inicio de la aventura y va a tener que salir el final de la misma (esperemos que sea un happy end, en cuyo caso no nos ahorrarán las imágenes de la recepción a los aventureros de tres al cuarto convertidos ahora en "héroes").

Créanme que la tentación es fuerte, sé que no puedo ceder a ella, porque es mi obligación de cristiano y aun de ser humano civilizado el luchar contra este tipo de tentaciones, luchar contra la tentación de decirles alto y claro a los cabrones de los secuestradores: Por favor, mejor vengan a llevarse a estos Directores, Portavoces y no sé qué (van de tres en tres y con cara de preocupación) de Barcelona Acció Solidària que salen tan frecuentemente por televisión a darnos noticias de noticias que no tienen, incapaces de soltar la única frase que les daría dignidad y nos haría creer que al cabo de la calle les queda un poco de vergüenza: “la hemos cagado”.