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domingo, 24 de marzo de 2013

Vivir en cristiano y en católico

Retomo el blog después de un tiempo de confusión y de sorpresa. Fue para mí, lo confieso, una sorpresa la renuncia del Papa Benedicto. Tal vez un día, dentro de unos años, alguien revelará la verdadera magnitud de las circunstancias que le empujaron a tomar la decisión; ciertamente tiene sus años y los achaques consiguientes, pero uno no deja de sospechar que ha habido también motivaciones en la actualidad inexplicitables. Su combate por la verdad y la belleza de la fe, su esfuerzo en favor de la inteligibilidad y la razonabilidad del vivir en cristiano y católico, no gustaba a quienes desde la soberbia atea cientificista pretendían (y pretenden) presentar a la Iglesia como un rebaño de ignorancia oscurantista, ni tampoco a quienes, carboneros teólogos fideístas no menos soberbios, sueñan con una Iglesia de simplones que compartan su propia perspectiva clamorosamente reduccionista. De mí sé decir que en todo discurso, escrito u homilía de Benedicto XVI he aprendido siempre algo, algo siempre luminoso, provechoso, nuevo. Algo muy distinto de la acostumbrada cantinela de siempre (no por verdadera menos repetitiva) que uno se encuentra, por ejemplo, en los documentos de la Conferencia Episcopal Española.
Luego vino la sorpesa de la elección del sucesor. Un latinoamericano jesuita. Confusión. A bote pronto, la deconfianza sanedrítica de que pudiera salir algo bueno para la Iglesia universal de tal combinación. No soy un papista de entusiasmo fácil, qué quieren que les diga. El primer discurso sonó firmemente cantinelero, más con su compatriota Karcher sonriendo mientras sostenía el micrófono. Después, sea por la mención a los pobres, por detalles antiprotocolarios y por otros motivos que se me escapan, los medios rivalizaban en darle coba. Mala cosa, pensé, cuando hasta El País parece alabarle.
Últimamente las cosas van poniéndose en su sitio. En cuanto el Papa Francisco, en continuidad con su predecesor, ha hablado de la dictadura del relativismo, se acabó la coba. Además, ya van algunas referencias al Maligno (hoy mismo, sin ir más lejos, en la homilía de este Domingo de Ramos). Esperen cuando se refiera al concepto unívoco de matrimonio o a la defensa de la vida desde la concepción. Buscarán entonces, los mismos que ayer le daban la portada de la sonrisa, cargarle con el peso pesado de la cruz. No importa. Lo ha dicho el mismo Papa: la cruz de Cristo, abrazada con amor, no conduce a la tristeza sino a la alegría.

Dominus te in aeternum custodire et protegere dignetur, et christianum atque catholicum vivere faciat... (despedida de una carta de San Paciano a Simproniano).

viernes, 15 de febrero de 2013

Jesuita, jesuita, non ibat Jesu(s) ita

Con toda la desconfianza que haya provocado en determinados momentos históricos, la Compañía de Jesús se había caracterizado a lo largo de los siglos por tener cierto prestigio en el área de la formación. Un sacerdote jesuita era alguien que había estudiado durante largos años rigurosa y cabalmente. Sin embargo, ciertos jesuitas mediáticos están últimamente empañando esta imagen tradicional, aun siendo algunos de ellos profesores universitarios (si esto con el leño verde...).

Un ejemplo palmario es para mí el midrash de Jesús en el desierto que ha "transcrito" Juan Masiá. No entro en el terreno doctrinal, pues no soy teólogo ni hijo de teólogos. No soy más que un simple religioso sacerdote, incapaz de profundizar en el estudio sutil que se requeriría para juzgar este texto, aunque sin duda el caso del Jesús midrashizado a mí me parece, en mi asumida ignorancia, que es un caso digno de que el protagonista del relato pasara una temporada con visitas programadas al psicoanalista, lo que no podría admitirse sin tener, Dios nos guarde, por blasfemo al escritor. No entro, pues, en el fondo.
Pero en la forma sí, porque no se entiende que alguien que lleva más de 40 años de profesor universitario redacte de una manera tan penosa. Y, si cabe, se entiende todavía menos en un jesuita. Juzguen ustedes mismos:
"...el exceso de meditación le provocó náuseas de estómago y alucinaciones de cerebro".  Estas cosas suelen ocurrirles, con meditación o sin ella, a la gente que sube para arriba o que cae hacia abajo. Claro que igual nos equivocamos y estas precisiones son obligadas. Habiendo sido director de una cátedra de Bioética, puede que este jesuita haya tenido que conocer náuseas del meñique o alucinaciones del trasero.
"Tuvo pesadillas angustiosas". ¡Esto sí que es insólito! Lo corriente, como todo el mundo sabe, es que teniendo pesadillas uno se lo pase en grande.
"...la extraña figura se metamorfoseó en un dragón con tres cabezas: la de un emperador coronado, la de un pontífice magno tocado de mitra, y la de un político corrupto de derechas (Ap13)". Ostras, Pedrín, con lo que sudábamos cuando teníamos que predicar sobre el capítulo 13 del Apocalipsis, con sus dos bestias-monstruos del mar y de la tierra. ¿Cuántos exegetas no se habrán quemado las pestañas en largas noches de estudio y no fueron nunca capaces de atinar en lo del político-corrupto-de-derechas, sobre todo teniendo en cuenta que lo "de-derechas" debe ser también para la cabeza, como la corona o la mitra de los otros dos? Si no es así, digo yo que hubiese sido más pertinente escribir "un político de derechas corrupto". 
"Salió a la intemperie". El Lucas del evangelio que todos conocemos es mejor narrador que este médico del midrash, hasta el punto de que en el evangelio cuando Jesús sale, sale de alguna parte. Aquí, salir sólo pudo salir del desierto, único sitio en el que previamente se había adentrado. Pero salir del desierto a la intemperie tendrá alguna interpretación que a los obtusos se nos escapa.
"Bebió del escaso hilillo que brotaba entre las rocas y se lavó la cara". Suponemos que el hilillo era de agua (el vino, al que se refiere al final, lo tendría guardado para mejor ocasión). De todas maneras, hace bien en decir que el hilillo era escaso, no sea que el lector crea, en la estupidez que se le viene presumiendo, que era un hilillo copioso y abundante.
"Esta vez el sueño fue sereno. Pasó la nube. Soñó que dormía como Jacob". Soñar que uno duerme explica la serenidad. Pero esta nube tan determinada nos intriga. Como nos puede intrigar por qué razón sinrazón se llama la Ruah y no, como se ha llamado toda la vida de Dios, el Espíritu a esa fuerza irresistible que impulsa a Jesús, si estamos ante un midrash en castellano y no en hebreo. En general, tendemos al pronunciar estas cosas a aspirar la hache final, con lo que convertimos al Espíritu en una onomatopeya de esas náuseas de estómago que dice el autor. 
En fin, queridos lectores, cuídense mucho, que ustedes no son como Jesús y a ustedes las tentaciones les suceden en la dura realidad de la vigilia, no en sueños o medio en coma. Cuídense especialmente de los ayunos que debilitan y no se excedan en las meditaciones, porque, total, cuando puso rumbo a Galilea, Jesús no fue para decir: "Convertíos y creed en el Evangelio" (extrañas interpolaciones que nos tragamos los ignorantes), sino "amigo soy, soy vuestro amigo"... 



sábado, 3 de abril de 2010

Casualidades


Hay que ser muy escéptico, muy arrogante y muy sabihondo para no creer que la inmensa mayoría de las cosas que suceden suceden por pura casualidad.
Hay que ser, por ejemplo, como Manuel Castells quien hoy en La Vanguardia no acaba de creerse que la coincidencia entre los intentos de poner en merecida vereda a la cúpula de los Legionarios de Cristo y los intentos de pringar al mismísimo Papa en la responsabilidad por los asuntos de la pederastia eclesiástica sea una pura casualidad. Yo no sé si la larga mano de LC y Regnum Christi llegan hasta el New York Times, aunque influencia, capacidad de gestión y recursos materiales no les faltan. Castells, como no cree en las casualidades, viene a decir algo así como que el enemigo está en casa y que la iniquidad siempre trata de coaccionar a la justicia. Es verdad que con El Grande algunos podían hacer lo que querían, pero al viejito alemán le ha dado por coger el toro por los cuernos, que no le pase ná. Son casualidades, don Manuel, no sea usted conspiracionista.
También es casualidad, y de la buena, que sólo un par de semanas después de que el nuevo Obispo de Córdoba recordara que las Catedrales son templos católicos y no multiusos, fueran lo que fueran hace casi 800 años y pidan lo que pidan las Juntas Islámicas, a unos "turistas" musulmanes les asalte un inesperado fervor (¿por el ambiente espiritual de las numerosas capillas con imágenes?) y se pongan a hacer sus rezos en la Catedral, antaño mezquita, cordobesa. Y luego van los guardias de seguridad, qué malos son y qué ofensivos y qué provocadores, y les dicen que de eso nada, y ya está liada, qué iban a hacer si no las devotas criaturitas. Y las noticias dicen que uno de ellos llevaba una navaja (pura casualidad, sería para cortar mojama) y dicen que uno de ellos dice que uno de los seguratas le habló en inglés inteligible, que ya es casualidad de casualidades. Lo malo es que va y les toca un juez (probablemente un ultracatólico) de esos escépticos y arrogantes que no cree en casualidades, sino en causalidades, y va, examina el asunto y cree que aquello estaba organizado y, malo él, les imputa a ocho de ellos delitos de diversa tipificación. Y díganme si no es casualidad que El País, al contar la noticia, reitere que "La mezquita de Córdoba fue convertida en catedral en el año 1236 y la Iglesia católica sólo permite rezar allí a su dios", explicación a todas luces necesaria, más teniendo en cuenta que, casualmente y no por otra cosa, todo el mundo sabe que puede exponerse libremente el Santísimo en los templos musulmanes del Magreb. Por si acaso no fuera así, guárdense los lectores de este post, si les da por viajar al norte de África, de dejarse llevar por el ambiente espiritual y ponerse a rezar la coronilla de la misericordia donde no deben, igual da la casualidad que alguien les llama la atención y de poco les iba a servir alegar, por ejemplo, que Constantine fue cristiana antes de que lo fuera la mismísima Salamanca.
Tanta casualidad a mí me tiene, lo reconozco, un poco desorientado, más desde que oigo afirmar a diestra y a siniestra, si no con estas mismas palabras, con palabras parecidas, que si existe algo y no más bien nada, es por pura casualidad.

martes, 2 de febrero de 2010

El Dios terremoteado


Hace unos días el obispo Munilla abrió la boca y encendió los ánimos no sólo de los que siempre tienen el bidón de keroseno preparado para hacer de una chispa de chisquero una fogata, sino también de personas más decentes que inmediatamente fruncieron el ceño ante las declaraciones del mitrado. No entro a examinar el fondo del asunto (más profundo de lo que una captación rápida permitiría); otros lo han hecho ya y no mal, pero sí que deberíamos preguntarnos si ciertas frases pueden soltarse con tamaña expedición. Nuestra época, en la cual los poderes mediáticos cuidan muy bien de que quien más quien menos andemos con un pervertido sonotone, no es un buen ámbito para proceder con un “el que tenga oídos para oír que oiga” generalizado. No se trata de reclamar silencio o de callar determinadas verdades, sino de la no siempre fácil pericia de decir las cosas no sólo para que sean entendidas acertadamente (lo que ya cuesta, por esa interesada sordera a la que antes me refería), sino, además, para que no puedan ser fácilmente desentendidas en beneficio de quien se lucra de la confusión. La prueba del desacierto está en que poco tiempo después el mismo Munilla se vio forzado a aclarar qué quiso o no quiso decir.

El terremoto de Haití, como cualquier otro desastre natural con víctimas inocentes (tsunamis, volcanes, ciclones, pestes, etc.), tiende a provocar un cierto descalabro en nuestra imagen de Dios, tanto si ese Dios es un mero concepto como si es un Alguien arraigado en el corazón. En el primer caso no hemos avanzado demasiado desde Epicuro: o es muy malo y cruel, porque pudiendo no quiere evitar estas cosas; o quiere y no puede y entonces es una divinidad del tres al cuarto; o simplemente no es. Huelga decir que los grandes defensores de este razonamiento son los que afirman que Él no es y tragedias como las de Haití les vienen como anillo al dedo para sonreírse burlones frente a los creyentes. Estos no necesitan que les venga nadie con dilemas filosóficos porque la gran mayoría de ellos mismos se pregunta, cuando ve las imágenes que estos días la televisión nos repite una y otra vez, dónde está Dios o por qué Dios permite o todas esas cuestiones que también honradamente pueden hacerse desde la fe. Tampoco falta quien parece tenerlo excesivamente claro. Los viejos manuales de teología llegaban a decir que Dios permitía estas cosas como avisos saludables y que mostraba así a propios y extraños la verdad de las palabras de Cristo, de que la muerte viene como un ladrón. He visto por la televisión cómo un carpintero haitiano, sin duda un evangélico, se extrañaba de la admiración ajena, decía que todo aquello estaba ya previsto y citaba pasajes como Mateo 24,7, mientras continuaba fabricando ataúdes. O cómo otros daban gracias a Dios por haber sobrevivido, mientras un pastor les decía que ellos habían sido escogidos para vivir gracias a su fe, que su fe les había salvado (alguien debería haberle recordado ciertas palabras de Jesús sobre aquellos dieciocho aplastados por la caída de una torre en Siloé). Un compañero la semana pasada salió de rezar el oficio señalando insistentemente su Breviario y diciendo: “ea, a los que preguntan dónde está Dios en el terremoto, que escuchen En el terremoto, acuérdate de la misericordia, oración, oración”; este hermano es uno de los más mayores y de los más espirituales de la congregación, tal vez aquel versículo de Habacuc a él le sirviera, yo no quise decirle que la traducción litúrgica española es cuando menos en este punto moderadamente libre y que fuera a mirar en la Vulgata, mucho más pungente: cum iratus fueris, misericordiae recordaberis, aunque en cualquier caso comparto que siempre es oportuno decirle a Dios que se acuerde de su misericordia. Espeja ha escrito en Ecclesia recordando que el Dios de Elías no estaba en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en una brisa suave.

Hay quien dice que la cuestión sobre el mal no tiene otra respuesta que el silencio, la compasión y la solidaridad. Tampoco yo tengo una respuesta fácil y diáfana. Dios parece no haber respondido más que con nuestra libertad, de la que sólo muy excepcionalmente se desdiría (suponiendo que efectivamente se desdiga). En algo tenían razón los viejos manuales: estas catástrofes nos sorprenden por lo inesperado, por la cantidad (millares) y por la cualidad (inocencia) de las víctimas, pero en esencia no hay más que una diferencia de tiempo y de modo con todos los dolores y todas las muertes injustas de la tierra. La repetición y difusión de las imágenes aumenta nuestra conciencia del desastre. A veces me pregunto qué pasaría en las conciencias si los medios nos ofrecieran imágenes repetidas y en directo, imágenes vivas y detalladas, por ejemplo, de los abortos practicados, de la explotación infantil, de tantas y tantas catástrofes silenciosas en las que no podemos utilizar el recurso de culpar tan directamente a Dios. Y volviendo al terremoto, ¿no es una llamada de atención al orgullo de un progreso científico que pretende explicar el origen del universo pero que se revela incapaz de predecir qué es lo que va a ocurrir dentro de unos instantes bajo nuestros pies?

¿Dónde está el Dios terremoteado o terremoteador, sondeador de abismos? ¿Debería acabar en todos los casos con el mal inculpable? ¿Podría hacerlo sin descrear el mundo? Lo ignoro. Sólo soy un outsider que ve oscuramente, como en un espejo enigmático, espero un día ver cara a cara. Mientras tanto, el Dios cristiano, hasta dónde yo sé, está, como cantamos el Jueves santo, ubi caritas et amor.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Del siglo pasado: Josep M. Llovera y la actualidad neomaniquea


En la primera mitad del siglo pasado tuvo la Cataluña católica pensadores relevantes, cuyos escritos revelan una profundidad de conocimientos, una útil erudición que difícilmente se encontrará hoy en nuestros teólogos y filósofos. Hoy quiero recordar al canónigo Josep M. Llovera, sociólogo y traductor, y en concreto, su versión catalana de las Confesiones de San Agustín, ilustrada con abundantes notas a pie de página y con una nota proemial en la cual, cuando retrata al adolescente de 1931 en su semejanza con el joven Agustín, parece que esté trazando con pocas variaciones el retrato de no pocos de nuestros contemporáneos (y no precisamente sólo de nuestros adolescentes):

“(El joven) será un dogmático encuadrado en un maniqueísmo de moderna acuñación, que pretenda explicar el mundo y la vida como un juego de acciones y reacciones de fuerzas contrapuestas, de principios antitéticos, y dé como destino final de la vida humana la reabsorción en un mar de luz del que cada alma será concebida como una chispa. Con esto la petulancia juvenil creerá haber alcanzado la superación de ese concepto mezquino de un Dios personal y providente que se forman los católicos, de la misma forma que Agustín creía haber superado el antropomorfismo empequeñecedor de la divinidad que él confundía neciamente con la fe de la Iglesia. Un concepto más amplio (es decir, más laxo) de la moralidad se desplegará a sus ojos, una moral en la que tendrán cabida todas las inmoralidades, especialmente las de orden sexual, que la pseudociencia actual proclama y avala y que, por singular coincidencia, encontraríamos prácticamente cada una de ellas practicadas y avaladas por la moral maniqueísta. Incluso, si se quiere, no faltará, como en el maniqueismo, el paliativo de las “abstenciones”, bautizado con el venerable título de “austeridades”, ni las morbosas sensiblerías de los maniqueos hacia los seres inferiores animados de la naturaleza. Y así como aquellos antiguos sectarios, generosa y compasivamente, llegaban a considerar como semicristianos a los pobres católicos, que gemían bajo el peso de una “autoridad terrible”, así el adolescente de hoy, pretencioso como Agustín, se considerará liberado de un pesado yugo y se sentirá superior a los que todavía son esclavos de los prejuicios admitidos en la infancia, más aún si, como a Agustín, le ocurre que se topa con defensores de la doctrina católica porfiados, pero al mismo tiempo faltos de formación e ineptos, sobre los cuales obtenga una victoria fácil. Aun así, la paz intelectual, fruto sólo de la posesión de la verdad, no le será otorgada. Como Agustín en su novenio de extravío, vivirá en buena parte sólo de esperanzas, esperando el gran adoctrinamiento de Fausto. Fausto será, para el joven culto de hoy, un nombre cualquiera de los grandes maestros de la filosofía naturalista. Mientras aplazará el contacto directo con las obras de tales maestros, creerá que todas las dificultades que hierven en su espíritu serán detalladamente aclaradas y resueltas. Con el contacto directo vendrá también el desengaño. Podrá descubrir allí el talento y elegancia de Fausto, pero, al mismo tiempo, su vaciedad y parvedad de doctrina. Como antes fue un dogmático del maniqueísmo disfrazado de ciencia moderna, llegará ahora a la posición escéptica o agnóstica de los modernos académicos: Ignoramus et ignorabimus (no sabemos ni sabremos).”

[Traducción del catalán (manifiestamente mejorable) de un servidor]