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viernes, 22 de enero de 2010

Brevísimo soggiorno hispalense



He estado transitoriamente en una Sevilla encapotada, con motivo de la intervención quirúrgica de un colega. La última vez apenas me detuve. En estos días he visto que tienen, por fin, metro. Y zona peatonal. Y que están ciclísticamente encarrilando toda la ciudad. Me dice Rafa que los vagones del metro tienen su propio túnel de lavado, que para eso pasa bajo el río. Me dice Ovidio que el tranvía lo toman sólo los jubilados (lo tienen gratis) y los turistas (les es grato). Me dice Maricarmen que me pase por el Salvador, que está restaurado y vale la pena. Me dice Pedro que ha dicho el nuevo Arzobispo que quiere ver a los curas vestidos de curas, que no se les ocurra presentarse en Palacio con atuendo diverso. Me dice mi antiguo arcipreste que lo que es él antes muerto que matriculao. Me dice Charo que ella sigue sin saber reflesionar. Me dice don Antonio que confesar sí confiesa, porque para confesar no hay que andar. Me dice el camarero en la churrería de Virgen de Luján, mientras me sirve un café con leche y una de esas bandejas prodigiosas y chorreantes, que no me preocupe, que hoy tampoco lloverá. Me dice Emilio que sigue atendiendo servicial y voluntariamente el despacho parroquial y una vez más me confirma que invariablemente, a la pregunta de algún despistado: “¿es usted un Padre?”, sigue contestando: “sí, y abuelo”. Me dice Clarita que murió su madre. Me dice su hermana en un aparte que si Clarita está desmejorada es por la depresión, que lleva meses en tratamiento.

Luego está lo que yo siento por los cinco sentidos. Que tal vez ya estaba la última vez, cuando apenas me detuve, pero que no había visto un gran azulejo de la Esperanza trianera en mínimas. Veo unas magníficas fotografías en la fachada de FNAC, Aitor Lara. Oigo timbres de bicicletas que aparecen de pronto, como por arte de magia. No veo aglomeraciones en el tranvía que circula por San Fernando, ni que la boca del metro de Puerta Jerez engulla multitudes. Delante del Palacio Arzobispal no me he tropezado con cura alguno uniformado; en mis tres años de coadjutor por estos lares sólo una vez entré en Palacio; el guardia de seguridad de la puerta hizo una excepción conmigo y me tomó el nombre (por lo visto, era el sospechoso número uno). Qué historia, merece un aparte, pero la cuento punto y seguido. Que conste que fui por causa de la obediencia, porque mi General quería fotocopia de un proceso de vida y virtudes ancorado desde el XVIII, que como era un proceso de este tipo la Archivera tenía instrucciones de no facilitar nada sin la previa anuencia del Vicario General, que el Vicario General, de cuyo nombre no quiero acordarme y de cuyas luces prefiero no hablar, dijo que aquello sólo podía facilitarse al Postulador, lo cual me sirvió para decirle a mi General que no había nada que hacer, que un servidor estaba sin comerlo ni beberlo en una lista de merodeadores y que sólo con una obediencia intimada formalmente volvería yo a presentarme en el Palacio Arzobispal. Al cabo de un tiempo cerraron provisionalmente el Archivo por obras, con lo cual me froté las manos de satisfacción y tranquilidad pensando que el asunto quedaría así sobreseído. Pero una tarde me despertó en la siesta una llamada del General. Había hablado con el Arzobispo y ambos habían coincidido en algo para mí bastante evidente: la negativa a darme fotocopia de aquella documentación era absolutamente absurda. El Padre Reverendísimo y su Excelencia procedieron por la vía rápida. A la mañana siguiente un servidor tenía a disposición la documentación fotocopiada y, estando el Archivo en obras, la pude recoger en la Colombina. Mi antiguo arcipreste se ha cabreado porque después de tener su parroquia en un barracón durante diez años sin que sus gestiones para obtener una iglesia y locales decentes encontraran eco en Palacio, en cambio a don G. (quien tampoco se ha puesto en la vida cuello romano) le soltaron treinta mil euros para edificar un centro de culto absolutamente innecesario en el barrio de L.H., vamos, como para que le vengan con cuestiones de atavío. Yo me he puesto a reflexionar mientras iba estos días por Nervión y me he dicho que para confesar no hace falta andar, pero sí haber andado. Los churros de Virgen de Luján siguen siendo como esos rollos que devoraba el profeta: una delicia en el paladar y un torpedo en el estómago, así que me pido el café con leche no con uno sino con dos vasos de agua, lo cual no importa porque de agua andan sobrados este invierno, me dice el camarero. Emilio ha tenido ya tres avisos-recordatorios de que a todos nos llama el Señor algún día, así que el párroco, teniendo en cuenta lo empinados que son los treinta y dos escalones que llevan al despacho parroquial, le insinuó que convendría que fuese enseñando a un ayudante y que él lo tomara con más calma; Emilio lo tomó con calma, con seriedad, con aplomo y con cabreo contenido, respondiendo algo así como “¿me quiere usted echar?”; como se comprenderá, sigue encaramándose tres días por semana por los treinta y dos escalones, y el párroco a callar. Me percato una vez más de que sólo hay una pena peor que la de ser ciego en Granada: estar deprimido en Sevilla, así que Clarita tiene que andar muy cuesta arriba, y yo he escapado antes de tiempo (sin ver siquiera la Parroquia del Salvador restaurada), no sea que fuera a deprimirme en estos días de londinense luz.

sábado, 2 de enero de 2010

La solidaridad desatinada

Si lo que querían era jugar a los Reyes Magos, mejor habría sido meterse en una de las caravanas que se organizan por estos pagos el 5 de enero y dedicarse a tirar caramelitos. Aviso que este post puede parecer duro y desalmado (lo es) y desde luego muy poco políticamente correcto, pero tengo que manifestar mi irritación porque al día de hoy todavía no he escuchado a los dirigentes de la movida reconocer el error. Y porque al final este tipo de cosas perjudican de rebote (porque la opinión pública mete fácilmente a todos en el mismo saco) a instituciones serias que están haciendo un trabajo bien hecho día a día y desde hace muchos años.

Me refiero, claro está, a la Caravana Solidària, tres de cuyos miembros (dejemos el calificativo de cooperantes para los auténticos) permanecen secuestrados en África.

No entro a juzgar las buenas intenciones que animaron a este grupo de personas. Pero sí hay que decir que la solidaridad puede ser divertida, pero no es un juego. Se convierte en un juego cuando se va en plan rally de aventuras, cuando la generosidad se contamina de la autosatisfactoria vivencia en detrimento de la eficacia. Las cifras son tan estruendosas como engañosas. Se habla de 36 ONGs, de 107 toneladas, etc. La Caravana Solidària se autoproclama con orgullo laica y progresista, para no ser confundida con otras. No está mal saber qué ideología se encuentra en el trasfondo de las motivaciones, aunque lo que realmente debe distinguir a una ONG es el objetivo que se propone y, conocido éste, el nivel de excelencia con el que tiende a conseguirlo.

Y aquí tiene huevos la cosa. Aclaremos simplemente que si usted coge en su pueblecito a cuatro inmigrantes argelinos originarios de la misma aldea, montan una Asociación de Inmigrantes de X, el ayuntamiento les cede un localito y les financia con cargo a una partida que lucirá muy hermosa en los presupuestos municipales como Cooperación al Desarrollo, pues ya está, ya tienen ustedes una ONG. No sé si ustedes lo sabían, pero la mayoría de las ONGs de la caravana estaban financiadas en buena parte por entes locales y empresas municipales o similares.

No sé si ustedes lo sabían, pero podrían echar cuentas. Sólo con el coste de los pasajes de avión de repatriación de los 38 autodenominados cooperantes desde Senegal a Barcelona vía Madrid podrían haberse enviado los correspondientes contenedores al puerto de destino. Con el resto de la financiación habría bastado y sobrado con creces para que la ayuda fuese distribuida mediante transportistas locales, incluidas en su caso las propinillas a los funcionarios de turno del recorrido. Con media docena de personas organizando en Barcelona y otra media docena en África las toneladas de ayuda habrían llegado a sus destinatarios de forma más segura, más eficiente y, ay (ahí les duele), más discreta. Mala cosa cuando en la solidaridad la escenificación de autobombo le gana a la efectividad.

Y escribo esto porque finalmente la broma va a costar (está costando ya) un dineral a las arcas públicas. Resulta que del bolsillo suyo y mío salió en buena parte el inicio de la aventura y va a tener que salir el final de la misma (esperemos que sea un happy end, en cuyo caso no nos ahorrarán las imágenes de la recepción a los aventureros de tres al cuarto convertidos ahora en "héroes").

Créanme que la tentación es fuerte, sé que no puedo ceder a ella, porque es mi obligación de cristiano y aun de ser humano civilizado el luchar contra este tipo de tentaciones, luchar contra la tentación de decirles alto y claro a los cabrones de los secuestradores: Por favor, mejor vengan a llevarse a estos Directores, Portavoces y no sé qué (van de tres en tres y con cara de preocupación) de Barcelona Acció Solidària que salen tan frecuentemente por televisión a darnos noticias de noticias que no tienen, incapaces de soltar la única frase que les daría dignidad y nos haría creer que al cabo de la calle les queda un poco de vergüenza: “la hemos cagado”.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Libertad sin ira, pero con firmeza

Recomiendo vivamente a quien tenga una mínima fluidez en inglés la lectura del artículo A Demand for Freedom de Joseph Bottum en First Things. Ciertamente el cristianismo en Norteamérica presenta características peculiares, pero tengo para mí que el mar de fondo sobre el que se agita la nave de la libertad religiosa se encrespa merced a los mismos vientos y son los mismos nubarrones los que se ciernen sobre la vida de los creyentes. Bottum indica que la libertad religiosa está en riesgo merced a las fuerzas empeñadas en ridiculizar las creencias cristianas y en desterrar el discurso cristiano del foro público. Señala lúcidamente que el peligro ya no está sólo en constreñirnos al silencio, sino en imponer nuestra cooperación asintiente a la execrable redefinición antropológica en curso. ¿Cosas de América y Spain is different? Sería miope despreciar el problema en estos términos, dejarse llevar por la flema y considerar exageradas estas prevenciones. Cada vez más la libertad está en juego, a ambos lados del Atlántico. Estoy con Bottum en que es un error la reacción pactista y acomodada de un sector dela Iglesia, que parte de la incauta ilusión de hacerse querer y respetar congeniando con el laicismo, amoldándose a sus planteamientos, maquillándose de amabilidad. Piensan que así serán queridos y en último término sólo consiguen ser utilizados. También es un error, a mi juicio, la reacción iracunda de quien, dejándose llevar por una rabia exacerbada, dispara amargas diatribas aquí y allá con escasa solidez intelectual. Ni arrebato ni apocamiento. Lo que necesitamos es una reivindicación vigorosa y serena de la libertad. Sin ira, pero con firmeza.


La Palabra, la que existía en el principio y la que estaba cabe Dios y la que era Dios, se hizo carne y habitó entre nosotros. Christum canamus Principem, natum Maria Vergine!



sábado, 12 de diciembre de 2009

Sábados


Porque la poesía se hizo para el hombre sólo escribo versos en sábado. Se me dirá que tengo todos los días para acudir a las musas y hacerme curar de esta dolencia infame que es la necesidad de escribir, que no se ve el porqué la mano versolari tiene que permanecer en su sequedad paralizada durante cinco días y que correlativamente el día séptimo sobre el papel se ponga a vocear desvergonzadamente en verso. Pero el sábado es el día de la resistencia y de la insistencia, me resisto a la vida prosaica y sus embates, insisto en ser un vate.

También es día sábado el día, reducido casi, ay, a único, de correr. Corro como la presa y como el cazador. Correr como un intento de supervivencia. Cuando corro, huyo de mis fantasmas, del fuego del infierno, de los colmillos afilados de la señorita melancolía. Tal vez se escriba desde el intelecto, pero se corre, en cambio, desde el instinto. Corro para no permitir que me atrape el artificio del teclado, la seducción del tornillo, el reclamo de la silla. Huyo de los días que puedan venir cargados de enfermedad, de achaque, de parálisis. Me resisto. Pero también soy el cazador, voy a por ese momento que se escapa, a por ese lugar del que apoderarme pisando en él, Soy el depredador que busca devorar la vida con furia de guerrero, con rapaz rapidez, ojeador de un sueño esquivo. Tal vez, en lo más hondo, huyo del cazador que soy o voy al acecho de mi propia condición victimal.

Porque no sólo de palabra y carrera vive el hombre, el sábado es también el día de la compra. Como tantos otros carreteros sabatinos, cargo el carrito con el agua de la vida, con la humildad de las patatas, con la acolchada fragilidad del pan de molde, con la blancura semidesnatada. Como tantos otros abrevadores, le doy quince euros de bebida a la furgoneta que engulle litros del líquido más pútrido (sólo le falta el plomo) casi sin inmutarse, sin soltar un eructo.

Y porque si en el principio era la palabra, también al final toca en sábado preparar la predicación del día siguiente. Decía Bouyer –y Merton lo recordaba en su Diario- que el predicador no es un conferenciante, ni un profesor, ni un apologista, sino un heraldo, un instrumento destinado al anuncio de la salvación decretada por Dios para quienes la acepten. Y a veces, cuando uno prepara la predicación del día después, casi sería mejor no recordar esto, porque el riesgo es quedarse enmudecido, que no haya palabras capaces para transmitir la Palabra, percatarse de que es mucho más hacedero y expedito componer un soneto, correr seis millas, colocar en su sitio la bolsa azul del abadejo de Alaska congelado. Así que más vale un sábado más encomendarse al cielo, hacer lo que se pueda y tratar de mantener a raya, al día siguiente, durante los ocho minutos de rigor, a todos esos tipos que tratan de emerger junto al ambón: al profesor, al conferenciante, al aeróbico pedestre, al consumidor de tallarines, tal vez también al blogger.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Brújulas y Pandemòniums



De la misma forma que devoro determinados libros antiguos, no suelo adquirir apenas libros nuevos. Prácticamente sólo leo los de regalo. Dos me han regalado últimamente: La brújula interior (de Álex Rovira) y Pandemònium o la dansa del si mateix (de Màrius Sampere, ignoro si ha sido o será traducido al castellano).

Al primero le sobran presentaciones, agradecimientos, citas y posdatas y le sobra contenido. Según se nos dice en la solapa (lo bueno de escribir solapas es que no tienes que firmarlas), se trata de un libro original, sorprendente y por encima de todo distinto. Pues no. De original tiene poco, no encierra ninguna sorpresa y por encima de todo es una pura repetición light de lo que dicen otros mil libros de autoayuda que inundan sin pudor las estanterías de nuestras librerías. Su éxito editorial no se explica sino por la falta de cultura humanística de muchos de nuestros directivos empresariales, de nuestros ejecutivos agresivos y de no pocos cagamandurrias con netbook. La lista de libros recomendados habla por sí misma. Simplemente les menciono las editoriales más repetidas: Kairós, Obelisco, Siruela, Urano, uf. En fin, si usted no tiene un paladar demasiado exigente, léalo mientras espera en el aeropuerto o mientras espera en la consulta del dentista, tal vez le sirva, que a mí me parezca un bodrio no significa que a otras personas no les pueda aportar algo positivo. Si usted es un alumno aventajado del profesor Langdon, pero en cambio confiesa que no pudo acompañar a Guillermo de Baskerville más allá de la hora sexta del primer día, léalo. Si además se encuentra usted a gusto con lo que suene a newage, a autorrealización y a frases de .pps, léalo. Si, en cambio, por ejemplo, es usted creyente, no pierda el tiempo; entre los nuestros, sólo por citar a algunos, tenemos a Anselm Grün, a Henry Nowen y al ya lejano Phil Bosmans. Escriben más adentro y mejor. Mis palabras pueden parecer duras, un tanto soberbias y muy desconsideradas, pero es lo que se merece tanto marketing y tanta recomendación de amiguetes. Y que nadie se autoengañe: la autoterapia no existe.

El segundo son palabras mayores. Que coincidan los dos libros en este post no es más que pura chiripa. Los requerimientos de sistema están a considerable distancia. Compararlos es como comparar una de aquellas cintas de cassette que utilizábamos para el Spectrum plus con un disco duro de hoy. Al lado de la literatura pura y dura del Pandemònium, La brújula interior viene a ser como el prospecto de unos auriculares mal traducido del inglés por un estudiante de Derecho entre clase y clase. Sampere es un poeta y que el ejemplar que poseo me haya sido obsequiado por él con su dedicatoria autógrafa no influye en absoluto para que yo piense, como lo pienso, que es un poeta de raza. Por ello, Pandemònium no es prosaico. Curiosamente, lo más fácil es decir lo que no es aunque parezca serlo. No es un libro nihilista, respeta demasiado al poder sociopolítico. No es un libro demoníaco, entre otras cosas porque el diablo cuando da el callo, no lo hace demasiado explícitamente. Tal vez sea un libro ateo, pero son muchas páginas para aludir a quien-no-es. El autor se me figura en Pandemònium como eso que en catalán llamamos un trapella; yo no me atrevería a traducir la palabra simplemente como trapacero, porque hay en la denominación una posibilidad de travesura sin intencionada malicia que en castellano se pierde. A ver si me explico: hay trapelles con fondo bondadoso y los hay cabrones. Sampere pertenece a la primera clase. Por decirlo de otra manera, el autor hace con el lector como los trileros de las Ramblas, pero sin excesivo interés crematístico. De la misma forma que el incauto apostante señala siempre allí donde no está la bolita, el lector cree acertar el discurso hasta que al final de la frase Sampere, virtuoso del lenguaje, se saca de la manga la concertada palabra que provoca el desconcierto. No pretendo en ningún modo afirmar que el autor es mendaz. Bien al contrario, pues detrás de tantas notas dispersas, de tantos párrafos urdidos, de tanta frase frita aparentemente indigerible, hay un dolor lejano por su origen y auténtico por su actualidad. De ahí que Sampere utilice para cocinar el menú la margarina del sarcasmo como ingrediente de consuelo y como cuajo de desafío. En último término, Pandemònium es más metódico que práctico. La vida va por otro lado, afortunadamente. Qué quieren que les diga, yo no me creo esa pose de enojado desprecio exhibida en la foto de la solapa. Como no me creo lo del “equilibri exacte de la indiferència”. Dejemos la exactitud para aquello que podamos medir. Supongamos el equilibrio, perfectamente admisible, nada sospechoso. Pero la indiferencia...No, Sampere, no ens enredeu, mestre, si hay algo siempre huidizo e inalcanzable, una caza a la que no dar alcance, es precisamente, más en el caso del poeta, del blogger, del escribidor, la indiferencia.

jueves, 26 de noviembre de 2009

El año en que don Joaquín vivió peligrosamente


Sucedió aquel año en que don Joaquín, ya en edad avanzada, después de cierta resistencia, decidió ponerse al día y quitarse la sotana. Aquel verano pasó cuatro días en casa de su primo don Leónidas que ejercía de párroco en una capital vascongada. Don Leónidas, algo más joven y mucho más americano que don Joaquín, le acogió con cariño y agasajo. El calor arreciaba aquellos días y aquellas noches y don Joaquín descubrió que andando por el mundo sin sotana también se sudaba lo suyo. Suyo o ajeno, el sudor seco no es agradable, así que aquella mañanita, después de la misa, le dijo su primo: “Cámbiate la camisa, que doña Reme lava hoy y mañana la tienes lista”. Don Joaquín obedeció, se puso la otra camisa gris que había traído y se dispuso a dar buena cuenta del tazón de chocolate que le esperaba en la mesa camilla. El chocolate no tenía el espesor óptimo, pero el buen apetito de don Joaquín no se arredró ante aquella contrariedad y el platito de tostadas que había junto al tazón fue vaciándose con rapidez. Pero, oh dolor, qué poco duran las pequeñas felicidades de este mundo, qué pasajeras se nos ofrecen. Las gotas de las sustancias que manchan tienen la extraña propiedad de moverse impulsadas no se sabe por qué extrañas y misteriosas fuerzas. Una de ellas, del tamaño de una perra gorda, había ido inadvertidamente a posarse, tal vez como testigo de cargo de una leve gula, sobre el pecho del satisfecho comensal. No importaba que la camisa gris fuera de estreno y de la mejor marca clerical, a los ojos de todos sólo se advertiría aquella medalla oscura y culpable, aquella declaración de torpeza y desaliño. “Nada, nada, para doña Reme. Ahora mismo te presto yo una de mis camisas”. La camisa de prestado era mucho más veraniega y mucho menos levítica. Cuando don Joaquín se vio en el espejo con aquel atuendo a rayas verdes verticales no supo qué pensar. “Te va de maravilla, a hacer el turista, pues”, le dijo el primo. Así que salieron ambos, don Leónidas a visitar a unos enfermos y don Joaquín a dar una vueltita por el centro histórico. Vestido de tal guisa, don Joaquín se sentía como un espartano combatiendo la contrariedad. Visitó el Museo Provincial y el Palacio de un noble de cuyo nombre nunca volvió a acordarse. Al cabo de poco tiempo, entre cuadros y piedras, embebido en la historia y en el arte, ya ni se acordaba de su desacostumbrado atuendo. Después entró en la catedral, miró, admiró y rezó.

Al regreso no había nadie en la casa rectoral. Pero la iglesia parroquial estaba abierta. Entró y, para su mal, coincidió en la entrada con doña Reme. “Ya están sus camisas tendidas, don Joaquín”. “Gracias”, dijo él sonriendo. “Don Joaquín, si no es molestia, ¿me puede usted confesar? Será sólo un momentito”. Es lo que tiene ser cura de paso, lo saben bien los predicadores de novenarios y los esporádicos, que a la gente le vienen ansias de confesarse. “Sólo un momentito, don Joaquín”. El buen cura se preguntó si no sería ilícito, si no necesitaría la preceptiva licencia diocesana, pero después de todo qué sabría aquella buena mujer de estúpidos entresijos canónicos, iba a ser sólo un momentito, lo importante era la salus animarum esa, así que entró, vestido de turista como estaba, en el confesionario, se puso descuidadamente sobre los hombros la vieja y fatigada estola que colgaba en el interior y se sentó a oír la confesión de aquella ánima atribulada.
Que sí, que sí, que hay días en que las cosas sólo pueden ir a peor. Y aquel día, cuando don Joaquín estaba absolviendo a peccatis tuis a la buena ama, el señor Rodríguez mojaba sus dedos en la pila de agua bendita. El señor Rodríguez, que venía a hacer su cotidiana Visita al Santísimo, pertenecía a la Adoración Nocturna, a la Archicofradía de las Ánimas, a la Tercera Orden Carmelitana y a la Hermandad de Excombatientes. Se movía como si desfilara, era corpulento como un armario y lucía un bigote ceremonial. Vio luz en el confesionario y eso le dio alegría, estaba bien que alguna vez don Leónidas estuviera donde tendría que estar más a menudo, hasta que se acercó y vio dentro a un tipo incógnito, vestido como del Betis, con la estola medio doblada mostrando el forro. “Coño, un gracioso”, se dijo. Don Joaquín vio avanzar aquel tipo fornido hacia el confesionario, con la cara seria y circunspecta, el ademán grave, el paso firme. “Otro pobre pecador que viene a pedir misericordia”, se dijo. Era hermoso ser cura y a sus años poder hacer tanto bien, así que, ante aquella faz ceñuda, sin duda por el peso de la culpa y la vergüenza de tener que declararla, don Joaquín esbozó una sonrisa acogedora. El señor Rodríguez no tuvo dudas de lo que había que hacer, aquel seglar no sólo estaba chanceándose de algo tan sagrado como es el sacramento de la penitencia, sino que encima se sonreía burlón. El señor Rodríguez flexionó el tronco para doblarse sobre el rostro de don Joaquín, éste inclinó la cabeza para permitir más fácilmente que el penitente pronunciara el “Sin pecado concebida”, pero en lugar de tal acostumbrado latiguillo ritual, lo que percibió el oído de don Joaquín fue una voz de volumen discreto, como pedía el lugar sagrado, pero al mismo tiempo brusca, imperativa, áspera, recia, henchida de una irritación casi incontenible, que le decía: “O sale usted de ahí o le doy dos hostias”.

La sangre no llegó al río, aunque en lo sucesivo don Joaquín siempre desayunó con la servilleta colgada del cuello a modo de babero.

martes, 24 de noviembre de 2009

Ho,ho,ho: buen intento, amigos

Al parecer, la idea partió de un cura de Frankfurt en el año 2002. Ya se sabe que la Iglesia se mueve a veces a paso de tortuga, y ahora, siete años después, es un colectivo, capitaneado por la Federación de jóvenes católicos alemanes de la diócesis de Speyer, el que impulsa una campaña Santa-free zone. Se trata de expulsar al barrigudo Santa Claus inventado promocionalmente por la Coca-Cola en los años treinta y recuperar al santo obispo Nicolás de Bari (o de Mira, si se quiere), substituyendo los "valores" egoístas del consumismo y la comercialidad por los altruistas de la caridad y el servicio.

No lo van a tener fácil en este intento de vuelta a los orígenes. Santa Claus es un icono de la laicidad, de la chispa-de-la-vida, con un aparato de soporte mediático inmenso. El Santa-free zone tiene el mismo problema que cuando alguien intenta hacer algo a prueba de tontos. Todo el mundo sabe que los tontos son increíblemente hábiles para salirse con la suya. En fin, para que no se diga que soy un pesimista, ahí dejo el iconito de la campaña:



sábado, 14 de noviembre de 2009

Aeropuerto 99 y la evolución de las especies

El pasado miércoles, mientras buscaba en la T4 la situación de la puerta de embarque, recordé cómo más o menos en estas mismas fechas diez años atrás, también en un aeropuerto, me convencí de la teoría de la evolución. No fue en Barajas, sino en el Prat. Como todo el mundo sabe, en un aeropuerto sólo dejas de encontrar a la persona que buscas, los demás aparecen siempre por cosas del azar. Así que aquella tarde de 1999 me encontré casualmente con R., una buena amiga que trabajaba en la venta de billetes de Iberia y que estaba a punto de empezar su turno. La acompañé primero a ver los cambios de moneda (?), después me pidió mi billete económico para ver si podía colarme por la cara en preferente. Esperé. Volvió con cara de circunstancias: "Está totalmente lleno, pero bueno al menos que esperes a gusto, ven conmigo", y de este modo completamente ilegítimo, pero válido, estuve por primera y única vez en mi vida en la sala VIP. Allí R. se tomó un café conmigo y, antes de partir rauda a su ventanilla de trabajo, me avisó señalando a las chaquetas rojas: "no tienes que preocuparte de nada, ellas te avisan cuando tengas que embarcar". Era una hora tranquila y aquellas dos señoritas no tenían trabajo excesivo. En aquella sala llena de luz, revistas, café, té, croissants, ensaimadas, sólo había tres VIPs: un tipo de unos sesenta años, voluminoso, nervioso, antipático, enfundado en un traje gris clásico; un joven nórdico con elegante pullover que tecleaba plácidamente en su Mac; y un outsider con americana sport, macuto deslucido y el alzacuellos pendiendo descuidadamente de un lado para airear la garganta. Después de una merienda más que suficiente, ¿qué hacía un tipo como yo en un sitio como aquel? Pues hice lo único que puede hacerse de provecho en tales casos: observar. El señor nervioso voceaba móvil en ristre y no soltaba precisamente halagos. Por lo visto, se estaba hundiendo el mundo, menudo broncazo se estaba llevando el interlocutor. Ya sé que a ustedes no les interesa, pero uno dice lo que sabe, que el negocio era, al parecer de horchatas, que el tipo era el dueño y que o pagaba muy bien o tenía que estar la cosa muy mala para trabajar para él. "¡Pues lo averiguas y me llamas!". Menos mal, una tregua. Corta. Porque a los cinco minutos el tipo volvió a coger el móvil y no para mantener una conversación tierna. Yo no hablo sueco ni por señas, pero el joven nórdico levantó la cabeza con una expresión clara de "¿por qué no te callas?". Si yo fuera inversor, no pondría un duro en un negocio capitaneado por alguien con tan mala horchata. Además, leí hace tiempo en alguna parte una entrevista al Presidente de una compañía que factura una millonada, donde el entrevistado decía poco más o menos que él apenas usaba el móvil, que eso, concebido como una necesidad continua, era sólo para los pringaos (no utilizaba esta palabra, pero el sentido genuino era ese, y además un sentido acertado, huelga decir que un servidor apenas usa profesionalmente el móvil). Pero volvamos a la sala VIP. Acertó a pasar una de las muchachas, la rubita, cerca del tipo del móvil, y éste, haciendo una pausa que el sufrido empleado del otro lado debió aprovechar para rascarse la oreja, la llamó con un ademán arrogante. "Eh, oiga, oiga, todo es dulce, todo es dulce, ¿no tienen nada salado?", le espetó señalando el amplio surtido de pastelería. "Hay cacahuetes, señor", dijo la señorita poniendo cara de se-acabó-el-jabugo. "Cacahuetes, cacahuetes, ¡cacahuetes pa los monos!". En este punto el joven nórdico volvió a levantar la cabeza, buscó en un departamento de su maletín y extrajo unos auriculares. Estuve observando diez minutos más, luego decidí que allí no aprendería nada nuevo, así que, después de tomarme un poleo menta bien azucarado y teniendo en cuenta que la hora de embarque estaba próxima, enfilé hacia la salida, dije adiós a las amables señoritas del mostrador y, una vez en la puerta, di una última mirada de despedida a la sala, como quien mira la senda que nunca ha de volver a pisar. Y entonces, rendido a la evidencia, comprendí que la teoría era cierta y que, además, funciona en los dos sentidos. Allí había un ser humano con dos hilos de plástico en las orejas, doblado sobre un aparato en el que sus dedos se levantaban y aterrizaban con rapidez, ensimismado en su labor. Y allí había también gesticulando al vacío, profiriendo sonidos mientras masticaba, seguro de sí mismo (la mayor seguridad en uno mismo es saber quién eres, él lo sabía, él lo dijo, la señorita rubia de la chaqueta roja puede dar fe, yo no me invento nada) un mono comiendo cacahuetes.