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martes, 18 de agosto de 2009

"Perlas" (II)


"La ministra de Sanidad y Política Social, Trinidad Jiménez, desaconsejó hoy besar, dar la mano, besar reliquias religiosas o meter la mano en las pilas de agua bendita de las iglesias por ser vías por las que podrían aumentar los contagios de gripe A en España..", dicen los medios de información del día 14 de agosto.


Y uno, que a veces es un poco primario ante estas recomendaciones exquisitas, se pregunta así a bote pronto y a lo bruto (y perdonen ustedes la ordinariez): Y... ¿follar se puede, sra. Ministra? Y no es que uno, por razones que fácilmente se entienden, tenga una especial preocupación en este aspecto, pero no puede evitar pensar, en su ignorancia sanitaria, que acaso un medio de contagio puedan ser también las relaciones sexuales y que no puede evitarse una cierta extrañeza en cuanto de ningún modo se desaconseja, por ejemplo, mantener relaciones sexuales, especialmente entre desconocidos/as. Tal vez el peligro no exista por este medio, tal vez, disculpen una vez más mi ignorancia en este terreno, esté ya extendido el uso de los preservativos de cuerpo entero, como aquellos que usaban en una película cuyo nombre no recuerdo Leslie Nielsen y Priscila Presley. La ignorancia es atrevida. Tan atrevida como para pensar, por ejemplo, que con las cifras que a veces se dan del negocio de la prostitución en España y el contacto que ello comporta (algo más, que yo sepa, que dar la mano, a no ser que la cosa se limite a decir "hola", lo que parece bastante improbable) podría ser éste un alto factor de riesgo. También es verdad que tal como va la economía, por mucha pandemia que haya, no están los tiempos como para desincentivar la actividad de 4000 locales de alterne y mandar al paro a otras 80.000 personas (manejo las cifras más bajas que he encontrado), así que no me extraña que haya que prevenir y recomendar sobre factores más mortíferos, menos necesarios y de escasa incidencia en la situación económica, como son las terribles pilas de agua bendita. También podría ser que doña Trinidad y sus asesores hayan tenido en cuenta los hábitos de higiene de los diversos grupos de población, es decir, que probablemente consideren que los usuarios y las trabajadoras de la prostitución son personas limpias y asépticas como los chorros del oro, mientras que la gente que va a misa somos más bien guarros e infecciosos. Ay, qué cosas tiene el calor, qué razonamientos tan particulares genera...Creo que debería ponerme a ayuno de bloggear hasta septiembre, aunque reconocerán ustedes que hay gente que va provocando.

viernes, 14 de agosto de 2009

"Perlas" (I)


En verano da tiempo de leer con detenimiento cosas pendientes, aunque sólo sea para cambiar ligeramente de registros. A veces uno se encuentra con "perlas" como la que sigue. Sirven para entender de qué manantiales han bebido ciertos personajes de moda que en nuestro reducido redil desatan escándalos inútiles en la ortodoxia clásica, provocan aplausos en la ofuscación o dan un poco de lástima desde la inteligente serenidad. Pues eso, que ya ven que ni siquiera se puede decir que sean originales:

"Cuando una mujer se queda embarazada dentro de una amante, solidaria, respetuosa relación, tiene ante ella el camino abierto para optar, y decide que no quiere tener un niño, y tiene acceso a un aborto seguro y accesible, eso no ha de ser visto como una tragedia, sino sólo como una bendición. La capacidad de disfrutar del don de Dios que es la sexualidad sin comprometer la propia educación, la vida laboral, o la capacidad de usar los dones y la llamada de Dios es simplemente una bendición...
Hay dos cosas que quiero que recuerden: el aborto es una bendición y nuestro trabajo no ha terminado...Quiero dar las gracias a todos los que protegéis esta bendición, que lleváis a cabo este trabajo un día tras otro: profesionales de la salud, médicos, enfermeras, técnicos, recepcionistas, que se arriesgan para cuidar a los demás; a mis ojos, son ustedes héroes, son santos; los escoltas, los activistas, los integrantes de grupos de presión, los defensores de las clínicas, todos ustedes. Ustedes están comprometidos en una labor sagrada."

(Palabras dirigidas por una presbítera episcopaliana norteamericana en el año 2007 a los prochoice y publicadas en la NARAL de Texas; el sermón puede leerse también en su blog personal y fue reproducido, asimismo, en el blog de Damian Thompson de The Telegraph. En Marzo -con efectividad en julio- la sacerdotisa fue elegida Presidenta de la Episcopal Divinity School de Cambridge. Enhorabuena. Para la cultura de la muerte, claro.)

viernes, 7 de agosto de 2009

Anversos aparentes que esconden reversos auténticos

No es infrecuente que a veces la tristeza nos asalte. Todos conocemos esa sombra que en el momento menos pensado disminuye nuestra claridad vital, incluida esa extraña sensación de que la gente en torno parezca extrañamente más feliz.
En realidad, sólo es apariencia, como en esta antigua postal francesa, que alguien escribe, después de la I guerra mundial, probablemente a un camarada. En el anverso, la Sale des fêtes del Hôtel de Ville de Avignon.

En el reverso, la declaración de la desolación. Traduzco torpemente del francés: Por fin, de vuelta a casa después de un largo y penoso viaje. Usted puede adivinar lo que supone para mí este regreso al hogar vacío. En fin, qué remedio, nada se puede hacer, sufrir solamente...

Por si fuera poco, parece que incluso la metereología acompaña, con un frío más intenso...

lunes, 3 de agosto de 2009

Si fuera prosista escribiría cosas así (IV) o don Joaquín el "diplomático"


El pueblo donde don Joaquín ejercía de párroco tenía a la salida del núcleo urbano un pequeño tesoro: el monasterio de Santa Clara. El monasterio tenía su propio capellán, don Práxedes, un ancianito de ochenta y muchos, retirado en la antigua casita del recadero, cuidado con mimo por aquellas santas mujeres. Él les decía la misa cada día puntualmente, aunque los achaques hacían que la dijera de un modo un tanto particular, mezclando apresuramiento y dudas. No era extraño que a mitad del Padrenuestro don Práxedes volviera la cabeza nerviosamente hacia la madre Abadesa mientras preguntaba: "¿He consagrado, he consagrado?" Invariablemente la reverenda Madre asentía con la cabeza y el monaguillo esbozaba una sonrisa. Por eso y por la sordera la comunidad había decidido dispensarle del oficio de confesor. Ahí entraba don Joaquín. Cada dos semanas el párroco se daba un paseíto de lunes mañanero hasta el monasterio. Misa, desayuno y confesiones. Tal era el programa. La misa y la confesión son dos sacramentos y, por tanto, de una importancia inefable. Pero el desayuno también era incomparable. Unos suizos hechos con verdadera devoción y, en cuanto al chocolate, espeso como a don Joaquín le gustaba, pero espeso, espeso, de esos que se hincaba la cuchara en vertical y ésta no se desplazaba ni a derecha ni a izquierda, se quedaba como la excalibur, espeso, espeso.
Aquel lunes don Joaquín, después de la misa, entró en aquel locutorio que olía a madera de la buena y, como de costumbre, tenía ya puesta la mesa con un mantelito delicadamente colocado, la servilletita bordada, la cucharita. Sonó la voz de la portera desde el otro lado del torno: "Don Joaquín, aquí tiene". "Muchas gracias, hermana". El torno giró y allí estaba la jícara humeante y la bandejita de suizos. "Que aproveche". Estaba ya el buen cura sentado, segregando los oportunos jugos gástricos, partiendo el primer suizo para sumergirlo en aquella delicia, cuando se abrió la puerta interna del locutorio y asomó la Madre Abadesa. "Buenos días nos dé Dios". "Muy buenos". La Madre cogió una silla y la acercó a la tupida reja. Mala cosa, pensó don Joaquín, mala cosa. "Usted desayune tranquilo, que yo sólo vengo a pedirle un favorcito". Mala cosa, muy mala, y con diminutivos peor. ¿Cómo podía uno engullir tranquilo aquel desayuno casi pecaminoso delante de aquella compuesta mujer, delante de aquel rostro enjuto por las penitencias aunque dotado de una extraña alegría interior que a buen seguro no provenía del espesor del chocolate? "Se trata de la novicia, de Sor Lourdes, don Joaquín, pero usted coma, hombre, coma". "A ver dígame, está esto muy caliente, mejor espero que se enfríe un poco, así que vaya al grano, Madre, al grano", dijo don Joaquín con impaciencia. "Pues que la chica no sirve para monja, lo sabemos todas, pero es tan buena, si viera cómo cuida a las mayores, es tan buena, que yo no sé cómo despedirla, don Joaquín, que me cuesta, ¿por qué no me ayuda, usted?". Don Joaquín acababa de hincar la cuchara en vertical en el tazón de chocolate y tenía la correlativa impresión de que la Abadesa le había clavado una estocada. Se podía negar un favor al alcalde, se le podía decir que no al comandante del puesto de la guardia civil, se le podía hacer un feo al rico del pueblo, pero ¿cómo responder con una negativa rotunda a una Abadesa de Santa Clara? "Usted tiene recursos, don Joaquín, usted sabrá cómo insinuárselo, como hacerle ver que..., pero es que es tan buena chica, pero aquí no puede seguir, no es lo suyo, ayúdeme, por favor". Inútil la vacilación, pero, Madre, yo, yo y todo eso. Don Joaquín se quedó mirando la excalibur, la pulcritud monacal reflejada en la servilletita primorosamente doblada. Luego miró a la Abadesa y no soportó aquel reflejo inusual de preocupación. "Vaya usted, mujer, vaya, ya se me ocurrirá algo".
Las confesiones seguían un riguroso turno. Primero la Abadesa, después la Vicaria, luego las monjas por riguroso orden de profesión, finalmente la novicia. Don Joaquín tenía dieciséis monjas en confesión antes de llegar al momento de marras. A ver si se le ocurría algo, a ver si la gracia de estado y esas cosas que caen del cielo, a ver. Las confesiones tenían algo de rutinario y repetitivo, porque la rutina no está necesariamente reñida con la sacralidad. A veces alguna monja buscaba la acusación ajena: "He faltado a la caridad, pero es que la hermana X me dijo esto y me hizo aquello..." En estas ocasiones, don Joaquín cortaba: "espere, espere, hermana, que acabo de oír un pájaro ahí fuera, un momento..." Entonces el cura se levantaba, daba un paseíto corto y cuando le parecía que a la monja le estarían empezando a doler las rodillas volvía al confesionario y espetaba sin tregua: "tres padrenuestros, avemarías y glorias, ahora acto de contrición, ego te absolvo...". El confesor había perdido ya la cuenta, seguía sin ocurrírsele nada, las voces de las penitentes iban haciéndose cada vez más jóvenes y cuando se dio cuenta estaba ya al cabo de la calle. "Ave María Purísima". "Sin pecado concebiiiiida". "Padre, hace dos semanas que no me he confesado y soy novicia". Y entonces, como si un resorte extraño le subiera hasta la voz, como si el chocolate desplegara todo su efecto energético, don Joaquín le espetó a la muchachita: "¡Ese, ese, ese es el primer pecadooooo!". La chiquita se fue corriendo y, aunque don Joaquín esperaba oír un lamento lejano, el oído le decía como que cantaba.
Al día siguiente, sor Lourdes volvió a ser Lourdes. Salió del monasterio con las ropas que llevó al entrar, con un pañuelo en la cabeza, con un fardo lleno de regalitos de las hermanas. Don Joaquín había pasado un mal rato el día anterior, pero tuvo que sonreír cuando le contaron que en realidad sor Lourdes quería irse, que veía desde hacía tiempo que aquello no era lo suyo, pero que le daba mucha pena no saber cómo decírselo a las hermanas, porque todas, especialmente las mayores, eran muy buenas con ella. "Lo que no se me ocurra a mí", se dijo don Joaquín. Digo.

sábado, 25 de julio de 2009

Una exposición: Vivre d'Amour

Por si alguien viaja a Bruselas este verano, una propuesta que parece interesante: una exposición sobre Santa Teresita del Niño Jesús, en la antigua iglesia des Minimes, del 21 del junio al 21 de septiembre. Proyección de la Thérèse de Cavalier, pinturas de Saskia Weyts, documental, etc.
La Iglesia conserva el órgano más antiguo de Bruselas y,si no me equivoco, su vicario sigue siendo Jacques Van der Biest, el famoso curé des Marolles.
Como muestra de la exposición, un vídeo de Robert Empain con su propia presentación:



Ce petit film rassemble des séquences que j'appelle des Grâces. Il a été réalisé pour l'exposition Vivre d'Amour de notre groupe informel d'artistes, nommé lui aussi Grâce, présentée à Bruxelles en l'Église des Minimes cet été 2009 et dédiée à Sainte Thérèse de l'Enfant Jésus et de la Sainte Face, plus connue sous le nom de Thérèse de Lisieux. Ce film donne à lire des phrases de Sainte Thérèse mises en relation avec des images qui touchent à la symbolique paradoxale du voile. Tout voile, tout être, toute image toute oeuvre, tout acte, cachent et révèlent simultanément ce qu'ils cachent et tout voile levé dévoile à son tour d'autres voiles et ainsi à l'infini. C'est une érotique amoureuse de l'apparent et du caché, de ténèbres et de lumière qui accompagne et guide le cheminement spirituel vers la vision du coeur, vers l'écoute de la Parole de Vie, vers l'amour de l'Amour, vers les Noces de l'Époux divin et de son Épouse, notre âme donnée... (R.Empain)

domingo, 19 de julio de 2009

En realidad, Aído sólo es una voz (la de la Necroética)


Le han puesto su apellido, pero en realidad Bibiana sólo es una voz, la de su amo. Sólo repite lo que le han escrito en los informes. No sabe lo que hace, ni lo que piensa. No ve. Es ceguera. Tal vez algún día abra los ojos. Pero los que están detrás, los que ven, esos sí son culpables. Esos sí saben y piensan.

"La pregunta acerca del momento en el que una vida empieza a ser humana sería una pregunta científica si se pudiera resolver empíricamente, pero está claro que no es así, como lo demuestran siglos de discusión filosófica. Esto hace que la afirmación de que la persona lo es desde que es concebida deba ser considerada como una creencia religiosa o metafísica, pero no un hecho verificable. DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA CIENCIA, SE DEBE CONCLUIR QUE NO ES NI VERDADERO NI FALSO QUE EL FETO SEA UN SER HUMANO. La indeterminación científica sobre el comienzo de la vida humana hace que no tengamos ninguna base empírica para decidir si es correcto o incorrecto moralmente disponer del feto mientras este no es viable y no se puede desarrollar autónomamente."

No, no es Aído la de las ideas chocantes con la realidad. El texto transcrito procede del informe aprobado por el Comité de Bioética de Catalunya en septiembre de 2008. Un informe con sólo un par de votos particulares en contra a las conclusiones finales. Le han puesto al muñequito el apellido de Bibiana, pero los padres-madres de su libre aborto son otros. Queden aquí sus nombres para que sepamos quienes son los que en nombre de la ciencia niegan la evidencia humana: Sra. Victòria Camps i Cervera, presidenta; Sr. Marc Antoni Broggi Trias, vicepresidente primero, Sr. Rogeli Armengol i Millans, vicepresidente segundo; Sra. Maria Assumpció Benito i Vives, coordinadora; Sra. Dolors Canals i Ametller, Sr. Josep Ramon Arisa i Clusella (voto particular técnico), Sra. Montserrat Artigas Lage, Sr. José Luís Ausín i Herbella, Sr. Màrius Morlans i Molina, Sr. Joan Maria Pons i Rafols, Sra. Maria Luisa de la Puente Martorell, Sra. Maria Eugènia Sala i Gómez, Sr. José-Pascual Ortuño i Muñoz, Sra. Rosa Sales i Guàrdia, Sra. Mireia Cañellas i Grifoll, Sr. Juan Rodés i Teixidor, Sr. Alfons Vilarrasa i Cagigós, Sr. Joan Viñas i Salas (voto particular de fondo), Sra. Montserrat Busquets i Surribas, Sra. Pilar Salvador i Collado, Sr. Pablo Hernando i Robles, Sr. Xavier Carné i Cladellas, Sr. Francesc Abel i Fabre (voto particular de fondo), Sra. Margarita Boladeras i Cucurella, Sra. Maria Casado González, Sr. Francesc Borrell i Carrió (voto particular técnico), Sra. Milagros Pérez i Oliva, Sr. Jordi Varela i Pedragosa, Sr. Francesc José María i Sánchez, Sra. Francesca Puigpelat i Martí, Sra. Virtudes Pacheco i Galván, Sra. Maria Josep Borràs i Pascual, Sra. Montserrat Boada i Palà, Sra. Anna Veiga i Lluch, vocales, y Sr. Josep M. Busquets i Font, secretario.

lunes, 13 de julio de 2009

Si fuera prosista escribiría cosas así (III) o don Joaquín echando cuentas


El buenazo de Don Joaquín amaba su Parroquia de San Pelayo. Aunque al principio le costó adaptarse, con los años y el roce aquello fue su casa. Y, entre las Obras parroquiales, la niña de sus ojos era la Escuela Parroquial. Era su director, su profesor de lengua y literatura españolas, de geografía, de historia. Y, por si fuera poco, dada la escasez de recursos pecuniarios, también ejercía rigurosamente la peliaguda tarea de contable. En esta vertiente la autoexigencia era máxima. Don Joaquín, más práctico que piadoso, se había agenciado ya en sus últimos años de seminario unos manuales de contabilidad de los que se usaban para estudiar Comercio, se los había empollado a conciencia, como si fuera una segunda vocación. En San Pelayo, cuando el obispo venía a confirmar, don Joaquín se las arreglaba para encontrar medio minuto y mostrarle, como quien muestra una obra de arte, aquellos libros de Diario y Mayor, con anotaciones de caligrafía primorosa, impecables, mientras decía: "Aquí, Excelencia, cada céntimo queda anotado". Limitábase el Obispo a sonreír, por aquello de que cada loco con su tema, sabiendo que aquellas eran aficiones honestas, como la que tenía el párroco de la Milagrosa (coleccionar búhos en pequeñas imágenes decorativas, llaveros, cerámicas, abrecartas, todo un mundo de búhos) o la especialidad que ostentaba el de San Andrés (explicar pormenorizadamente las incomparables excelencias del purito Rossli).
Pues aconteció que una mañanita calurosa de julio estaba el bueno de don Joaquín en camiseta cerrando las cuentas de la Escuela cuando se le presentó una impertinente diferencia de 1,23 pesetas. Tranquilo, se dijo, que el Borrador cuadraba. Era cuestión sólo de tiempo: repasar las anotaciones, las sumas, puntear, sabía que aquello no podía durar mucho, que no había diferencia que se le resistiera. El verano lo que tiene es que la gente abre las ventanas (especialmente en aquellos tiempos en los que no era común el aire acondicionado) y por las ventanas entra el mundo en los pequeños mundos individuales con el peligro del desbarato. La ventana de la oficina de don Joaquín estaba en el primer piso de la casa parroquial, daba a la plaza y tenía delante un arbolito generoso en sombra. Hallábase don Joaquín empezando sus sumas cuando dos comadres se encontraron bajo el arbolito, se saludaron no precisamente con un susurro y empezaron una conversación: bla, bla, bla, bla. Don Joaquín, mientras se esforzaba por sumar, supo primero de la salud de ambas, embarcadas en la extraña competición de quien había estado más malísima, "pues te veo bien", "ahora sí, claro, pero que lo he pasao yo mu malamente", "anda que yo, mira, unos párpitos me daban". Pálpitos los de don Joaquín que al empezar la hilera no sabía cuántas se llevaba, así que vuelta a empezar, y a ver si a estas buenas mujeres les daba por circular. Aunque la sombra era buena, julio inducía al abanico, por lo que cuando la Lola y la Carmela pasaron al tema de los retoños respectivos, empezó a oírse ese abrircerrar de carraca propio de la época, entre frase y frase, raaaac, raaaac, con lo que las 1,23 pesetas empezaban a cobrar un aire de misterio y de derrota administrativa. Era imposible concentrarse, poner la vista en las cifras teniendo el oído tomado por los chismes. ay, si entonces hubiesen habido las absoluciones colectivas, podría al menos haberse ahorrado el buen párroco sus ratos de confesionario; hubiese bastado en la misa mayor decir: "hijos míos, decid todos: señor Jesús, ten piedad de mí, y os doy la absolución, que los pecados de todos ya me los dijeron la otra mañana la Lola y la Carmela". Pasaron diez minutos, un cuarto de hora, media hora, no había manera de repasar una sola suma con tanto bla, bla, bla, y con tanto abanico abriéndose y cerrándose. Allí se corroboraba que en el mucho hablar no faltará pecado, porque don Joaquín, además, empezaba a sentirse tentado de la ira, acalorado, nervioso. Hizo un enésimo intento de dedicarse a lo suyo, pero ni por esas, pensó en claudicar, en cerrar la ventana y asfixiarse antes de dejar aquello descuadrado, pero un hecho de inmensa gravedad, pasados los tres cuartos de hora del encuentro, tuvo una influencia determinante en su desenlace. Un goterón espeso e inadvertido de sudor se desprendió de su frente inclinada sobre el libro Diario y fue a caer precisamente sobre una cifra anotada, convirtiendo en irregular lo primoroso. Don Joaquín dio un puñetazo de cosa juzgada sobre la mesa, dos lápices fueron al suelo. Dirigíase ya el buen cura a llenar un cubo de agua con no muy buenas intenciones cuando su mirada tropezó con el cuadro del Ecce Homo que tenía en el cuarto. Hay acciones que un buen párroco no puede permitirse, así que don Joaquín, que lo era, recapacitó, se enfundó, pese al sudor, la sotana, mientras se sonreía con cara de pillo. Que sí, que siempre hay un plan B.
Pues estaban la Lola y la Carmela hablando tranquilamente sobre lo que la vecina de la primera cobraba de alquileres cuando oyeron que se abría una de las hojas de la puerta de la iglesia. De allí salió don Joaquín con dos sitiales apoyados en las caderas. Eran dos asientos pesados, sostenidos a fuerza de apretarlos contra los sobacos. Eran dos sitiales hermosos, amplios, blandos, tapizados de un rojo sangre. Don Joaquín se los ponía a los contrayentes en las bodas. El buen cura vino hacia las dos mujeres, enmudecidas por la sorpresa, al paso rápido que podían permitirle sus piernas regordetas. "Hijas mías, ea, como está claro que tenéis muchas cosas que deciros, sentaros aquí, repantingaros, que ahora voy por el botijo, no se os vaya a quedar la boca seca". Se dio media vuelta y de reojo vio como las comadres marchaban, pies para que os quiero, tal vez algo refunfuñonas.
A los cinco minutos don Joaquín había encontrado la diferencia. Todo estaba en orden. Cogió el botijo, lo levantó, pero finalmente decidió echarle antes un buen chorro de anís. En aquella mañana la palomita sabía a gloria, el mundo volvía a ser hermoso y ordenado.

miércoles, 1 de julio de 2009

Del siglo pasado: George Sheehan (atletas,ascetas y poetas)




Creo que empecé a correr regularmente en 1988. Lo de regularmente es un decir, porque, desde entonces, ha habido épocas de todo. Años de medias maratones quincenales y temporadas como la actual, en la que si logro combinar horarios y un par de veces por semana sacar cuarenta minutos para dedicarlos a trotar puedo considerarme afortunado. De esta menor dedicación dan fe signos tan expresivos como la prolongación inusitada de la vida útil de las zapatillas, la mayor dificultad en abrocharse uno los pantalones de la talla de toda la vida y el descenso de la velocidad de crucero hasta los 5 minutos y medio por kilómetro (y subiendo).
Un género interesante es el de libros para corredores. Libros dedicados a ejercicios preparatorios, a entrenamientos, a dietas especiales. Libros que señalan, por ejemplo, la trascendentalísima importancia de correr colocando la yema del pulgar en la articulación de las falanges distal y media del índice. Libros que aconsejan no dar nunca la espalda a un perro, especialmente cuando el dueño dice y asegura que no muerde ("morderá, seguro"). Libros que llegan incluso a instruir en auténticos misterios de sabiduría arcana, enseñando cosas insospechables como que hay que correr abrigado cuando hace frío y vestir ligeramente cuando hace calor. Libros motivadores, aunque sea utilizando la trampita de afirmar que los corredores suelen ser buenos amantes, lo que evidentemente ningún corredor/a negará.
Una especialidad es la de aquellos libros que pretenden ir más allá de la mera mecánica corporal y pretenden entrar en el espíritu del correr. Entre estos, pueden encontrarse auténticos bodrios con éxito como El Zen del correr (cuatro fotografías entreveradas con cuatro sentencias lapidarias, una especie de .pps impreso, para entendernos, frases cortas para mentes no muy dotadas) y auténticas maravillas como las obras de George Sheehan.

Sheehan (1918-1993) fue, además de cardiólogo y corredor tardío, un señalado "filósofo" del deporte. Conservo todavía un ejemplar de su obra más significativa, Running and Being, bien traducida al castellano por Antonio Pigrau y que la estupidez comercializadora de la editorial sacó al mercado español en 1979 con el abracadabrante título de Correr es salud. El mejor método para mantenerse en forma. A pesar del título, leer a Sheehan es un ejercicio delicioso, supone adentrarse en la filosofía de la creatividad y de la actitud ante la vida. El libro no es ningún método, sino una sucesión de reflexiones profundas conectadas a su propia experiencia vital de corredor. Un libro que desvela lo que tienen en común el atleta, el santo y el poeta: el coraje de amenazar la trivialidad, la búsqueda incesante de la obra maestra. Además, y no sólo como complemento, Sheehan era católico, un católico formado y militante, uno de los fundadores de la Christian Brothers Academy de Lincroft, capaz de citar a Péguy, a Chesterton, a Teilhard de Chardin. En su libro llega a adentrarse incluso en lo que puede llegar a categorizarse como la "mística" del correr. Sheehan corrió con Dios y contra Él y en su obra trata de transmitir esa experiencia difícilmente transmisible. La vertiente ascética es sin duda alguna más comprobable. Mientras corre, cualquier corredor solitario (modelo Sheehan) puede experimentar qué son la Pobreza, la Castidad y la Obediencia, sin necesitar la profundidad del filósofo. Esto pueden entenderlo, por su propia experiencia, hasta aquellos cuyas ideas cortas no irían más allá del Zen del correr. La Pobreza es un tipo solitario en camiseta, short y zapatillas; añadámosle un par de lujos: una gorrita y un ipod de esos a los que se les acaba la batería en el kilómetro cuatro; junto con esas posesiones no lleva gran cosa más: sólo su propio sudor, su dolor, su testarudez. La Castidad es ese mismo corredor en una larga cuesta que obliga a bufar cuando se acaba el gas, cuando el tórax se inclina hacia delante y los brazos comienzan a moverse como si uno esquiara; desde luego en ese momento no se está para muchas tonterías libidinosas. La Obediencia es ir hacia la meta, especialmente cuando ésta de tan lejana se hace remota, cuando uno se pregunta quién le manda meterse en este estúpido calvario y, como respuesta, no hace sino avanzar, plas, plas, uf, buf.

Pero dejemos esta incursión de un outsider y volvamos a la maestría de Sheehan, quedémonos con un par de bocaditos de Correr es salud (substitúyanlo por salvación y a lo mejor aciertan). El primero es para corredores (y no hace falta siquiera que sean creyentes para que lo entiendan):
"Al principio, mi empuje vence la suavidad de la pendiente, pero la Cuesta me exige más cada vez. Hasta que alcanzo el final de mi fisiología. El final de lo posible. E incluso llego más allá de lo que puedo soportar. Me siento tentado a decir: ¡Basta! Sí, ya basta, y con mucho. Pero no me rindo...Estoy luchando con Dios. Lucho contra las limitaciones que Él me ha dado. Lucho contra el dolor. Lucho contra la injusticia. Lucho contra el mal que hay en mí y en el mundo. Conquistaré esta Cuesta, y la conquistaré solo."
El segundo es para creyentes (no hace falta que sean corredores). Es la respuesta a un profesor de filosofía, enemigo acérrimo del rugby, deporte que consideraba desde su arrogancia intelectual una mezcla de violencia, odio y competición; el profesor le preguntó a Sheehan si podía imaginarse a Jesucristo como un jugador de rugby profesional:
"Sí, puedo ver a Jesucristo como a un jugador de rugby. Del mismo modo que puedo ver a Jesucristo el lampista, a Jesucristo el artista o a Jesucristo el carpintero. La Buena Nueva que trajo hace dos milenios es la de que el cuerpo es sagrado, que el mundo es sagrado y que nada humano me es ajeno. Cuando Él se hizo Hombre, nos convertimos en hombres. El mensaje de Belén no fue simplemente el de que todos los hombres habían sido creados iguales, sino el de que todos los hombres habían sido creados únicos. Y el de que triunfarían o fracasarían según cómo cumplieran las posibilidades de esta unicidad: la única y auténtica vida que uno debiera llevar."