Powered By Blogger
Mostrando entradas con la etiqueta felicidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta felicidad. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de enero de 2013

Todos nos llamamos Lou o Lisa

La infancia nos conmueve. Tal vez no es sólo su debilidad, sino su ser inacabados, perfectibles, abiertos a todas las posibilidades de futuro, tal vez todo eso nos hace conmovernos, despierta en nosotros lo mejor de nosotros mismos, aquello que creíamos olvidado o superado, una emoción inexplicable, una sensibilidad contra la que normalmente nos protegemos.
Aquí van dos ejemplos claros. El de Lisa es un corto de ficción, suficientemente creíble, no en vano recibió en su día premios y reconocimientos. El de Lou es una canción, un videoclip musical anclado en la realidad.









En cierto modo, todos nos llamamos Lisa o Lou, tenemos apellidos tan habituales o raros como Alzheimer o De Morsier, somos débiles y necesitados. Estos niños, contemplados en la realidad o en la ficción, no son más que nuestro espejo, un espejo que los años no han empañado todavía. Un espejo que refleja de un lado nuestra incomprensión, nuestra tentación del sinsentido como única explicación, nuestro impulso de rebelión, nuestra indignación sin salida, pero, al mismo tiempo, la posibilidad de una sonrisa de alivio, la posibilidad testaruda del amor. Algunos creemos que Alguien ha puesto a nuestro lado a otras Lisas, a otros Lous, y que desde ahí, y sólo desde ahí, tiene la esperanza una oportunidad.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Vivencias, contra la niebla del dolor



Entre las revistas que se amontonan pendientes, aguardando un día de imposible pausa, me detengo hoy en Vivencias. Nació la cosa hace veinte años por impulso de un voluntario en Wad Ras (Hilario Ruiz de Gauna, que el Señor tenga en su gloria, cristiano y buena persona de pro), alguien que no se resignaba a que no se pueda hacer nada por nadie y que, desde su condición de profesor jubilado, decidió hacer algo. Impulsada por él, nació allí una cosita humilde que se llamó en principio Enfermería Cultural de Wad Ras (sic). Hoy se llama Vivencias - Revista de les preses i presos de Catalunya. Tengo en mis manos el número 168, de hace unos meses, 36 páginas en las que hay un par de dibujos y muchas, muchas palabras, de unos sesenta presos-as, muchas palabras que hablan de sueños, de libertad y, sobre todo, de amor. En definitiva, de todo aquello que en la prisión se vive como carencia.
En Vivencias hay mucho arrepentimiento, mucha soledad, muchas heridas, pero también una pizca de ilusión y de esperanza. Parece que el escribir ayuda. Que así sea. Me quedo con una frase de alguien que firma A.B. desde Quatre Camins, un estribillo dirigido a todo aquel que sufre:

"No olvides nunca que la niebla siempre se disipa".

jueves, 10 de noviembre de 2011

Nostalgia de la muerte



He conocido en mi vida varias personas que tenían una extraña nostalgia de la muerte. Esta nostalgia sólo podía ser expresada confidencialmente y escuchada desde el respeto y la acogida. No hablo de suicidas potenciales. Ninguno de ellos, ninguna de ellas, se hubiera atrevido a quitarse la vida, pero tenían un profundo deseo de morir. Consideraban cerrado su libro, sin nada más que escribir, consideraban todas sus tareas ya cumplidas, sin nada que fuera posible proyectar ilusionadamente. Tal vez todas esas personas padecían alguna dolencia, pero no se trataba de enfermedades necesariamente invalidantes o que implicaran un estado de sufrimiento continuado. Tampoco adolecían de una acumulación de problemas personales de difícil solución. Aunque detrás de estas actitudes afloraba un pesimismo existencial, no se trataba tampoco de un escepticismo nihilista: la mayor parte de ellos/as eran creyentes. Hablo de "nostalgia" porque cuando se referían al más allá, allí donde querían ir ya, sin más demora, lo hacían como si hablaran de un lugar conocido, propio, familiar. Y, aunque no poseían la pulsión del "no puedo más" propia de la desesperación, sí percibían su paso al otro lado como una liberación de un cierto "taedium vitae" arraigado no en el hartazgo del sinsentido, sino en la convicción de haber recorrido ya todo el camino posible, todo el que a ellos les competía hacer. Y, además, repito, afloraba en sus palabras una esperanza aparentemente serena.
En casos así uno se contenta con escuchar pacientemente, porque detrás de la verbalización hay un inconscientemente aplacado deseo de seguir viviendo, que requiere ser encauzado sin prisa y con detenimiento hacia mostrar el valor que uno tiene para los demás, es decir, hasta qué punto queda todavía tarea por hacer si no claramente en favor de uno mismo, al menos en favor de los demás. Si la persona llega a percibir que se la necesita, recibe un cierto alivio y pacta con ella misma que tal vez todavía quede algo por hacer. Ello no significa que la nostalgia no vuelva a presentarse recurrentemente y que no haya que volver a empezar, aunque nunca se empieza ya desde el mismo lugar.
No sé por qué noviembre me conduce a estas reflexiones tan serias en un blog en el que siempre he tratado que no falte cierto sentido del humor. Será por eso que llaman el "mes de los muertos", por la conveniencia de cuando en cuando de recordar que un día también nosotros pasaremos al otro lado y para hacerlo no desde la desvaloración de nuestro presente, pero sí al menos desde la adecuada relativización de cosas a las que a veces otorgamos una importancia excesiva. En fin, avivemos la esperanza de que si un día cruzaremos hacia un "mejor", esa mejoría hay que abordarla sin nostalgias y prepararla desde nuestro hoy cotidiano.
Acabemos con una canción, una de mis preferidas en mi versión preferida, una canción de amor (¿qué canción no lo es?), pero que habla también de cruzar fronteras y de que al otro lado aguarda una felicidad que desde la esperanza empieza ya a saborearse.




miércoles, 22 de junio de 2011

Indignaciones (I): Nova Insula Utopia



Parto de la premisa de que la mera indignación, por muy justificada que esté, sirve para poco, se disuelve en un "estar contra" sin alcance positivo alguno. El simple cabreo no soluciona nada, por mucho que convoque a miles de personas a manifestarse, a marchar hacia ninguna parte.

He leído muchos slogans, algunos ingeniosos, pero en su mayoría poco prácticos. Lo de "menos crucifijos y más empleos fijos", v. gr., reconozco que supera mis estudios de lógica. Muchos slogans y pocas propuestas concretas (cuando digo concretas, digo concretas de verdad de la buena). Examino ahora algunas formuladas por una persona aparentemente de buen criterio.

¿Listas abiertas? Tal vez resulten más democráticas. Personalmente, no le veo las ventajas. Pero soy un tipo raro, uno de esos que no cree que la democratísima institución del jurado, por ejemplo, vaya en favor de la justicia. Lo de las listas abiertas puede favorecer el liderazgo personal, sin duda. O el de quien tenga más capacidad de autobombo o más capacidad mediática o mejor financiación. Lo que puede hacer es quitar algunos consuelos. "Yo voté a una lista cerrada y ella estaba en ella, no es culpa mía", era ahora un consuelo. Pero si votas directamente a Leire Pajín, ¿cuál será tu excusa? Por cierto, cuando se vota para el Senado, ¿no se votan listas abiertas? Honradamente, ¿supone eso un cambio importante en la actuación de los políticos?

Algunas propuestas son impagables:
-Promover el granel, la artesanía, etcétera. Cuidado porque esto lo teclea gente en unos aparatos que si tuviesen que ser fabricados artesanalmente sólo estarían al alcance de los multimillonarios.
-Considerar delito que los supermercados tiren la comida -toneladas - y que el ciudadano tire cosas (sic) en buen estado (esto está bien, aunque no veo por qué limitarlo a las toneladas; en cualquier caso, salvo que se pretenda que la comida se pudra en las estanterías, hay que recordar que la mayor parte de la comida que los supermercados tiran no se pierde, hay quienes la esperan; vehicularla hacia bancos de alimentos y similares podría ser solución, pero aumenta el costo de la distribución, almacenaje, burocracia, etc). El delito de tirar cosas en buen estado: ésta es otra; si a usted no le sirve una cosa, no se le ocurra tirarla o le llevo preso (curiosa obligación de propiedad); no sé, no le veo la razón, cualquier cosa en buen estado dura en mi calle menos que un caramelo a la puerta de un colegio.
-Recuperar campos y dignificar a nuestro campesinado. Si no me equivoco está frase la leí en la revista Játiva editada por el sindicato vertical, sería en el mismo número de los años 40 donde aparecía esta foto:

No sigo, que en el sarcasmo no puede faltar pecado. No juzgo de la buena intención, juzgo del realismo. No se mantiene un cierto nivel de bienestar general desde la nada, sino desde los excedentes generados por la especialización, la excelencia y, mal que nos pese, la competitividad. Entiendo el nivel de frustración y de dolor, incluso de indignación, de quien se queda al margen (día sí y día no veo eso continuamente en los que llaman a la puerta de mi parroquia), descubriendo que no hay sistema que garantice el Paraíso. Soy, lo confieso, incapaz de proponer soluciones indoloras, pero tampoco creo en propuestas de vuelta al medioevo sólo articulables (hablo de pagar la cuenta, porque las cuentas al final hay que pagarlas) cargándose el sistema. Es cierto, la fiesta, en los términos en los que se había concebido y celebrado, se acabó. Pero no se inciará una fiesta nueva tocando el bongo, no si se quieren seguir pagando las pensiones a los ancianos, manteniendo hospitales comarcales donde todos puedan ser atendidos o poder desde Sevilla hablar con alguien que esté en Nueva York. Pero esto del bongo, si me lo permiten, lo dejaré para otro post.

sábado, 29 de enero de 2011

De luces de fuera y dentro


Estuve en Valls el pasado jueves. Andaban todavía montando los aparejos de luces para celebración de las fiestas Decennals de la Candelaria que empezaban al día siguiente (o sea ayer). Los aparejos en la plaza del Pati me recordaron al alumbrao de la Feria de Abril sevillana. En Valls, aunque habrá danzas, lo característicamente central del lugar (con fiestas o sin ellas) no es el baile, sino los castells. Digo yo que algo hay de común, además de las luminarias, entre estos y aquellas. Es la dedicación a lo evanescente y lo gratuito. Horas y horas de preparación y aprendizaje. Sudor y autoestima. la mujer que baila unas sevillanas es, en ese momento, la reina del mundo, al menos se siente así, no importa la edad que tenga, ni importan los espejos, ni la clase social. Algo parecido sucede con el casteller. No importa el lugar que ocupe, si en los dosos o simplemente apretando en la pinya. Lo que se carga y se descarga es su castillo. ¿Qué más efímero que el baile de una sevillana o la ejecución de un castell? Y, sin embargo, son esta suerte de cosas efímeras las que parecen acercarnos más a la corza huidiza que es la felicidad.

Por cierto, a Valls fui a visitar a unas monjitas de clausura. No me dolió regresar el mismo día, perderme el encendido de las 350.000 bombillas y todo eso. Porque me vine llevando mucha luz por dentro. Será quizá que lo que realmente perseguimos y no siempre encontramos en la fiesta y el jolgorio es que nos alumbren por dentro.