La Señora M. C. ha ido hoy a comer a casa de su madre. Por eso, hoy ha participado en la misa de otra parroquia. Me llama por teléfono y me dice que el cura ha comentado en la misa con cierta sorna (extraña en él, porque le conozco y es un sacerdote más bien humilde y sin salidas de tono) que quien quiera participar en el Atrio de los Gentiles, del que tanto se habla estos días, tiene dos opciones:
a) Rezar encomendando al Señor para que sean actos muy evangelizadores.
b) Ver los actos por internet.
Me pregunta M.C. si esto es verdad. Pues sí, lamentablemente sí. El Atrio de los Gentiles de Barcelona va a resultar, más que un atrio, una habitación cerrada, un lugar para el encuentro de unos pocos increyentes seleccionados y de unos creyentes privilegiados. Es verdad que hace tiempo que el Señor Cardenal escribió a las parroquias y comunidades religiosas enviándoles el programa e invitando a participar. También es verdad que así como en otros acontecimientos recientes desde la Secretaría se indicaba donde podían hacerse las inscripciones o recoger las invitaciones, esta vez no se indicaba nada. Significativo mutismo. Por ello, no ha de extrañar la sospecha de que tales inscripciones estaban, ya desde el inicio, mayoritariamente distribuidas.
No negaré que el programa tenía como destinatario al mundo cultural. No ignoro que los espacios, con la excepción notable de la Sagrada Familia, son de un aforo limitadísimo. Pero tampoco debería presumirse que los fieles que acuden a nuestras iglesias son necesariamente incultos. Y no hubiera costado reservar un número de invitaciones por parroquia, aunque fuera un número mínimísimo para el acto de clausura.
Sabemos que el Señor Cardenal a veces sufre porque sus proyectos y sus iniciativas no encuentran la acogida, la repercusión y el apoyo que cabría esperar en sus diocesanos y especialmente en su clero diocesano. Pero al mismo tiempo no deberíamos dejar de advertir que tal vez ello se deba a una Curia cuyos miembros, no sé si por ambición y arrogancia o simplemente por inadvertencia, acaban convirtiéndose no en servidores de la diócesis sino en privilegiados de la misma. Dicen que a veces, respecto a la Sagrada Familia, el Señor Cardenal dice que aquello tiene que ser "como el Vaticano". Esperemos que lo parezca en otras cosas y no en el amiguismo, la vanidad y las recomendaciones que son desdichada y frecuentemente la salsa de la Curia Romana, algo que ni el mismísimo Papa Ratzinger, pese a sus esfuerzos, ha logrado corregir. Corremos el peligro de que en nuestra diócesis los fieles (laicos y ordenados) acaben divididos en dos grupos: de una parte, los hombres (y mujeres) de honor, y, de la otra, la plebe que agacha la cabeza. Cuando un sacerdote más bien humilde y sin salidas de tono, acaba diciendo en una misa algo así como que todo estaba desde hace tiempo "dat i beneit", deberíamos empezar a preocuparnos. Siempre habrá descontentos, mediocres, victimistas, germinantes, outsiders. Pero cuando empieza el hartazgo de los buenos, fieles y respetuosos sacerdotes, hay que empezar a preocuparse y hay que hacerlo no porque alguien esté inventando problemas, sino porque realmente tenemos un problema.









