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domingo, 10 de mayo de 2009

Placidez y barbarie


Se han celebrado en Barcelona, en la benemérita y demasiado olvidada Biblioteca Balmes, unas Jornadas sobre la Setmana Tràgica de 1909, en las que ha predominado, gracias a la selección de especialistas competentísimos, una serena indagación de la verdad de aquellos hechos, de los eventuales motivos que los provocaron, así como de los intereses que propiciaron la mitificación de alguno de sus mediocres "protagonistas" (en particular de la figura de Ferrer Guardia). Al cabo de unos años, en la medida en que nuevos documentos han sido descubiertos y estudiados, las cosas empiezan a ponerse en su lugar, a encajar en ese complejo puzzle que es siempre la realidad histórica. Sin embargo, queda todavía el gran interrogante, el aparentemente más fácil de resolver y al mismo tiempo el más desconcertante, el que concierne a cómo el individuo se hace grupo y en el grupo se adentra embravecidamente en la barbarie.
La Setmana Tràgica se cobró poquísimas víctimas eclesiásticas, pues parece que, fuese por consignas expresas o por especial conciencia colectiva, lo normal fue no tocar a las personas y sólo destruir los bienes. En este sentido se diferencian radicalmente los hechos de 1909 de los desatinos clericidas de 1936. En 1909 ardieron 80 edificios religiosos en pocos días. Iglesias, conventos, escuelas, capillas, con su patrimonio artístico, con sus archivos y bibliotecas. El restablecimiento del orden costó numerosas víctimas. Los revolucionarios fueron unas decenas de miles. Los que en principio les hicieron frente unos pocos. Los que se limitaron a contemplar el espectáculo la mayoría y con desigual perspectiva: escándalo pasivo, indiferencia como algo ajeno, regocijo.
Qué diferencia se observa entre las imágenes de aquel verano de 1909 (edificios destechados, fachadas ahumadas, barricadas de adoquines, columnas de humo) y las que sólo un año antes captaba en un soleado día, tal vez de primavera, el cineasta Ricardo de Baños. Vean el film si tienen siete minutitos, regálense un viaje en tranvía por la Barcelona de 1908: curiosidad ante la cámara, placidez, buen humor, alegría de vivir.