viernes, 22 de noviembre de 2013

Tempus tacendi


Todo tiene su tiempo, y su momento cada cosa bajo el cielo. También este blog por el que, probablemente con más torpeza que acierto, mi voz insegura se ha insertado, una más, irregularmente, en el guirigay de la red. A veces bondadoso (Deo gratias), a veces cruel (mea culpa), he estado aquí. Hoy otras cosas más relevantes requieren mi atención y mi tiempo. Con todo, con mejor o peor puntería, he tratado, al menos, de combatir el facilismo, la palabra obligada, el pensamiento unánime que el poder se empeña en  hacernos asimilar. Hace ya unas décadas que Daniélou, remedado en nuestros lares por Uscatescu, denunció la traición que la inteligencia estaba haciendo a la verdad. Para mí, este sigue siendo uno de los males de nuestro tiempo. No hay una conspiración cultural elaborada, una "ingeniería", como algunos pretenden; en realidad, no hace falta, basta una dejación, un abandono, una huida rentable. Treinta monedas y queda crucificado, un día tras otro, el sentido más hondo de la realidad. 
Amigo lector, prende tu luz humilde, tómala del fondo del corazón, desconfía de la brillantez ampulosa y busca la profundidad de las cosas. Sospecha de quien parece deslumbrar; en realidad, probablemente no pretenda otra cosa que desiluminarte. Más no sé decirte desde mi celda. Deum time et mandata eius observa, dice el Sabio.