miércoles, 29 de mayo de 2013

Qué y para qué la Basílica de la Sagrada Familia


Me llegan informaciones sobre la celebración del pasado domingo en la Basílica de la Sagrada Familia. El lema: "Parroquias, comunidades y movimientos proclaman la fe".
Primer testimonio: una señora que fue esa mañana a misa a una parroquia de la zona de Horta-Guinardó. Al final de la celebración, el sacerdote dio excusas-quejas porque algunos feligreses fueron el martes por la mañana al Seminario a buscar invitaciones para la Sagrada Familia y se encontraron el cartel de "invitacions exhaurides" (invitaciones agotadas). ¿4000 entradas se agotan en media hora? Ni que vinieran los Rolling Stones. Simplemente, lo de siempre: algunos que ellos se lo guisan y se lo comen. El sacerdote dijo que se quejarían al Vicario Episcopal y, si fuera preciso, al Señor Cardenal, porque es el Cardenal quien firma las cartas convocando a todo bicho viviente a estas celebraciones, cuando luego resulta que sólo tienen acceso los recomendados. Para mí, el sacerdote en cuestión es un tipo de muy buena fe, un inocentón, porque sobre la Sagrada Familia, sobre quién gestiona aquello no obtendremos nunca ninguna transparencia. Eso está claro. Alguna pregunta se ha formulado en el Consejo Presbiteral y la respuesta ha sido el silencio. Aquello se está convirtiendo en la catedral alternativa del Sr. Cardenal, en un espacio para hacer cosas bonitas (qué maco), pero el clero lo estamos sintiendo cada vez más como algo ajeno. Miren a ver el número de sacerdotes que participan en estos actos. En la última misa por la vida tuvieron que llamar apresuradamente la tarde antes a algunos diáconos permanentes porque, de lo contrario, tendrían que haber administrado la comunión los laicos. Esto se llama desafección, es una pena, pero es así.
Segundo testimonio: una feligresa de mi parroquia que accedió porque la invitación se la dio una hermana religiosa. Me dice: "hicieron una cosa rara, con unos bailes y una antorcha". ¿Los juegos olímpicos? A juzgar por la fotografía de la web arzobispal, algo parecido, pero en plan esbart dansaire. Esperemos que no comience a circular la fotografía como muestra de cosas raras que, según algunos, no deben hacerse cuando se celebra la misa. Todo tiene un simbolismo, pero mi feligresa, al parecer, no se enteró. Qué maco.
Conclusiones:
 a) La Sagrada Familia es un feudo de no se sabe quién.
 b) La Sagrada Familia es un espacio para coros y danzas.
 c) Cuando nos envíe el Señor Cardenal la carta de invitación a estos actos con su Cartel correspondiente, lo más honesto que podemos hacer es mandar ambas cosas a la papelera.

lunes, 20 de mayo de 2013

Sacralidad del saber

El Archivo de la Corona de Aragón dispone hoy de una sala de consulta cómoda, funcional, bien implementada, en su ubicación de la calle Almogàvers de Barcelona. Sin embargo, algunos conservamos todavía la nostalgia del antiguo emplazamiento en el Palau del Lloctinent. Porque hay ambientes que, pese a ser poco prácticos, te sitúan en un marco teórico, en una ambientación en la que la dedicación al saber y al conocimiento, especialmente en el campo de las ciencias humanas, de las diltheyanas ciencias del espíritu, se ve acentuada, acompañada, dotada de una especie de sacralidad sustancial que la modernidad con sus automatismos no alcanza a darnos. Todo esto lo pensaba yo mientras contemplaba estas relajantes imágenes de la biblioteca salmantina:


sábado, 4 de mayo de 2013

Héroes


Las situaciones agónicas puntuales generan héroes en nuestra mentalidad colectiva. Hay un heroísmo de la víctima, del deportista, del desahuciado. Los heridos en el atentado, el tenista que logra la hazaña tras horas de partida, la familia que se ve en la calle (y aquí independientemente de que la motivación fuese la mala suerte o que al piso, aprovechando que siempre subían, se añadiera la tele de plasma o el mercedes). Y luego están los héroes propiamente dichos, aquellos que por el bien ajeno en un momento dado afrontan un riesgo máximo, a veces incluso con el resultado de la lesión corporal o de la muerte. Estos, además, suelen tener medalla, prendida junto a la manga vacía o sobre la bandera del ataúd.
No quiero referirme hoy a estos héroes. Entre otras cosas porque, vaya usted a saber qué ocurriría y qué seríamos capaces de hacer, usted o yo, que a lo mejor no nos tenemos por especialmente osados, en una situación extrema. Me refiero a otros, a mis héroes del día a día. A mí, en momentos en que la desgana amenaza con poderme, me va bien recordarlos.
Hoy recuerdo a uno, a Michele. No sé qué habrá sido de él. Compartí con  él algunos ratos en el Policlínico de Nápoles. De esto hace ya un montón  de años. El Nuovo Policlinico era ya entonces una estructura envejecida, había adquirido ya esa dejadez que caracteriza a la ciudad. Durante algunos días atendí (más que nada hacer compañía o algún servicio menor) a un fraile operado del estómago. El Padre A. compartía habitación con un señor al que le habían practicado una intervención de intestino; cuando se levantaba para ir al servicio echaba previamente a sus hijas (una de ellas enfermera). "Si sporca e si vergogna", explicaba una de ellas. Yo esperaba que el señor fuera mucho al servicio, porque al menos en aquellos momentos la habitación quedaba sumida en cierta placidez silenciosa. La hija enfermera, a la que nunca entendí que pagaran por lo que (no) hacía, se entregaba en la habitación a una cháchara interminable y ruidosa, proprio napolitana, con amigos y colegas, de modo que el Padre A., recién operado y dolorido, tuvo ocasión de ejercitar la mortificación y la paciencia. En la cama central se hallaba el tercer hombre, el padre de Michele. Paralizado, sondado, llagado, incapaz de articular una palabra. Sólo dejaba escapar unos gemidos hondos cuando se le cambiaba de posición. Su actividad se limitaba a mirarnos con unos ojos grandes, curiosos e interrogativos, y a hacer sonar un entrechoque de muelas constante, una especie de acto reflejo pautado, un rechinar nada tranquilizador pero que sería tal vez su manera de afirmar que estaba vivo. Michele venía siempre a media mañana, lo lavaba, lo cambiaba de posición, lo afeitaba, le daba pacientemente de comer (no era fácil hacerle engullir). Después comía él, lavaba sus cubiertos y la fiambrera en el lavabo de la habitación, echaba media hora de siesta, estaba un rato haciendo compañía y a las seis partía para su trabajo de vigilante nocturno. Entraba a las siete de la tarde y le relevaban a las tres de la madrugada. Entonces iba a casa, dormía seis horas, cocinaba el pranzo, llenaba su fiambrera y al Policlínico un día más. Aquella era su vida. Los sábados y domingos acudía también al hospital, pero, al no trabajar, podía dedicar el resto de la jornada a actividades tan fascinantes como hacer la compra, la colada y la limpieza. En suma, poco tiempo para charlar con amigotes o perseguir faldas. Día tras día, aquella era su vida desde hacía año y medio. Una vida poco atractiva para un muchacho europeo de veinticinco años. Nunca supe (ni insistí para saber) qué pasó con su madre. Michele sonreía poco y, sin ser descortés, no hablaba mucho. Más que huraño, parecía como si con ello ahorrara energía. Nunca lo oí lamentarse, nunca.
Héroes del día a día. Como lo son los cuidadores a los que en nuestro país también la crisis va a pasarles factura. Tengo para mí que la Ley de Dependencia ha sido, en materia de derechos sociales, el avance más importante que se ha dado desde el franquismo. Sin embargo, pronto la veremos moribunda y agonizante.
Michele, estés donde estés, gracias.