viernes, 25 de febrero de 2011

La delgada línea horta

Regresando de una reunión cojo uno de esos periódicos gratuitos y me entretengo leyéndolo en el autobús. Líniahorta. Vaya collar de perlas. Si los de difusión nacional ya suelen tener un nivel bajo, este de distrito barcelonés, con su editor, su director de edición, sus dos jefes de redacción y sus tres redactores (bonita proporción), parece sacado directamente del boletín del instituto, cuanto más que el director de edición (como solía ocurrir en los institutos en el tiempo del ciclostil) se curra la mitad del rotativo. Para empezar o son rumberos o exprimen la noticia a base de pura repetición; entienden que el Sant Gaudenci Rumba Club merece portada, editorial y semáforo verde, amén de la media página de la noticia, o sea que esto del Sant Gaudenci Rumba Club debe ser lo más grande que ha parido madre en el barrio de Horta.

Entrevista con el alcalde Hereu. 14 preguntas, de las que 9 son sobre futuras concreciones de proyectos. La primera en la frente. Le preguntan sobre unas obras (isla de equipamientos del Mercado del Guinardó) paradas desde hace meses; la respuesta clara y contundente del tipo “no sé si es, pero si es, yo no he sido” es un bello título para quien escriba el Manual del Político Despistado. Hay una Regidora de distrito municipal, una Gerencia de distrito, una Dirección de Servicios Generales del distrito, un Departamento de territorio, un Departamento de servicios a las personas, etc. Pero el señor Alcalde no sabe si la obra más importante que se está realizando en el distrito está en marcha o está parada. Trías habrá aplaudido, aunque su equipo propagandístico tampoco es que se luzca. En su faja publicitaria del lema “el canvi en positiu”, donde aparece con unas gafas que parecen de las primeras que usó mi madre para coser, “el canvi” está en un azul marino sobre fondo oscuro para que no se lea con facilidad. Sospecho que las personas cambiarán, pero las cosas van a cambiar poco.

Sigamos. Las cartas al director a veces son un oasis de cordura frente a la insensatez periodística. Aquí no. Aquí se mantienen en la línea editorial. Un tal Jamal equipara en legitimidad a los gobiernos de Alemania o Catalunya con los de Turquía o Indonesia; para acabar de redondearlo, dice que los Hermanos Musulmanes de Egipto llevan décadas luchando contra la dictadura y el terrorismo para alcanzar la democracia. Usted y yo somos sin duda un poco cortitos, porque esto no son meras opiniones del señor Jamal, sino, según dice, “obviedades”.

Otra magnífica noticia. Magnífica como inocentada. Ésta es digna del blog del Bwana. Resulta que el Consorci del Parc de Collserola y los técnicos del Departament d’Agricultura, Ramaderia, Pesca i Alimentació i Medi Natural no se ponen de acuerdo sobre cómo cazar los jabalíes cuyo número crece de forma insostenible. Primero los iban a cazar de común acuerdo con arcos y flechas (!), pero después el Departament, ante las quejas de asociaciones protectoras de animales, dijo que no, que dardos anestesiantes y después inyección letal. Los del Consorci dicen que nanay (tal vez ya habían contratado a expertos bosquimanos para llevar a cabo la caza). Y digo yo si no sería mejor, ya que el censo aproximado de jabalíes está hecho, poner un cupo para cazadores como se ha hecho toda la vida de Dios. Un fin de semana deportivo y problema resuelto. ¿Demasiado racional e insostenible? No, no. Demasiado político y demasiado técnico viviendo del chollo del Consorci y del chollo del macroDepartament.

El Mercado de Vall d’Hebron estrena página web. Dice el rotativo que “aparte de informaciones más prácticas (sic), también se podrán hallar en ella recetas y trucos gastronómicos entre otras curiosidades”. Mala cosa cuando las recetas gastronómicas abandonan el terreno de la práctica y se convierten en teoría (o en curiosidad propia de la razón pura, vaya usted a saber).

En la última página va la publicidad de una funeraria: “La tranquilidad de estar en las mejores manos”. Siempre es un consuelo saber que finalmente Barcelona es una buena ciudad para morirse bien muerto y que, si aciertas al elegir la compañía funeraria, si no fuiste bien tratado en vida, al menos de tus restos se ocuparán las mejores manos.

jueves, 17 de febrero de 2011

Las cuentas claras o así



A veces bromeo sobre la vocación diciendo que realmente yo me hice fraile porque me aburría mucho con el mundo de la economía, las cuentas, las contabilidades, las inversiones, las rentabilidades, los intereses de demora y todas esas cosas que llenan listados de papel o de pantalla. Desde luego es una extraña manera de ganarse la vida, trazando o revisando signos un día y otro hasta la jubilación. No niego su utilidad social ni su necesidad, pero es innegable que tal trabajo, aunque hoy para sí lo quisieran algunos millones de compatriotas, no deja de ser objetivamente un puñetero aburrimiento.
Ser religioso puede que no parezca más útil y a buen seguro que no es socialmente más relevante (ni laboralmente más deseado), aunque sí resulta menos ordinario (estadísticamente hablando, al menos).

La cuestión es que andando el tiempo uno se da cuenta de que hay extrañas tiranías que derivan de las propias capacidades y de las que resulta difícil escabullirse, especialmente si tienes un nivel alto de razonamiento numérico y verbal. Así, desde hace unos años soy el ecónomo de mi comunidad. El Ecónomo es ese tipo que cuida de que haya un plato humeante en la mesa delante de cada fraile, de que las deudas se paguen a su vencimiento y de que los fondos que entran se empleen debidamente. Y, por supuesto, de que todo sea puntillosamente registrado en los libros contables. Yo no sé si es cierta la teoría de que la escritura la inventaron los sacerdotes de los antiguos templos para llevar cuenta de las ofrendas que hacían los fieles a los dioses respectivos. Lo que sí sé, porque la historia es una tecla que también me ha tocado tocar, que en nuestra Orden desde su fundación se anota escrupulosamente cada céntimo (o en su tiempo cada libra, sueldo o dinero) que entra y/o sale, y que de ello se da cuenta puntualmente cada trimestre al capítulo de comunidad, y que se deja fe mediante las correspondientes anotaciones que firman en los libros los religiosos presentes y que luego en las Visitas canónicas son inspeccionados por los Superiores Mayores o Generales.

El sino del Ecónomo (salvo excepciones, que haberlas las hay, para las que el cargo es atractivo y deseado) es tener que cumplir con una incómoda obligación que requiere un tiempo precioso que uno desearía emplear en ocupaciones más genuinamente religiosas. En un rincón de mi mesa tengo un comentario a nuestra Regla en latín publicado en el siglo XVII; hace al menos dos meses que aguarda un tiempo de serena dedicación; se me propuso editarlo nuevamente con traducción en castellano y las correspondientes notas explicativas, una tarea que pide meses de intenso y cuidadoso trabajo, trabajo por otra parte, lo reconozco, personalmente apasionante y sin duda espiritualmente provechoso. Me acordaba de este volumen encuadernado en pergamino esta mañana, mientras en Hacienda del Ayuntamiento, cerca del mar, esperaba resignadamente a que en la pantalla apareciera mi número para ver qué hay de lo nuestro, de una devolución de impuestos solicitada hace más de un año. Debería haberme acordado de lo que nuestra Regla prescribe sobre la afabilidad cuando, de vuelta a casa, he discutido telefónicamente con el Delegado de zona de la compañía de ascensores, que consideraba "un poco fuerte" el tono de mi queja al Defensor del cliente de dicha compañía, así que he tenido que recordarle que la avería de la luz de emergencia del elevador lleva tres meses sin repararse y que si hay un corte de corriente eléctrica la persona que lo utilice se encuentra en un antro oscurísimo, frío, desangelado, con una sensación tremenda de desamparo, buscando el botoncito de alarma con la sola luz del teléfono móvil. Luego me pasan una carta del Banco, ese que sólo contacta conmigo para ofrecerme un Mercedes en leasing o para adeudarme 6 euros por el ingreso de un cheque (jodida política banquera de "primero cobro y luego ya protestarán, pediré perdón y ofreceré retrocesión"), ahora van y me escriben diciendo que pase "a la mayor brevedad" con justificantes de nuestra actividad económica para cumplir con no sé qué obligaciones de un Real Decreto del 2005. Después de comer, un cierto alivio: a mí padre le han dado el alta en el hospital y ya está de regreso a casita hasta el próximo sustito. El Padre V. me pide que le saque billete para Roma para el miércoles, que al final ha decidido ir a la ordenación de fray F. Luego el Padre G. que dice que tiene que ir al tanatorio esta tarde, que tendría que hacerme cargo del despacho parroquial un ratito. Lo que se dice despachar, no despaché demasiado, sólo he recibido siete bolsas de ropa usada y la petición de una pareja sudamericana que, de pronto, han recibido hoy la repentina iluminación de que querían bautizar a su hija de doce años sin más demora, sin esperar más, porque está ya muy crecida. Después me he puesto a bucear en las cuentas parroquiales para saber quién instaló la calefacción en los locales, pues para el próximo invierno habrá que pensar en instalar calefacción en el convento (los religiosos ancianos notan ya demasiado el frío de los años como para seguir con minúsculas estufitas en las celdas y gelidez en los pasillos), habrá que echar cuentas de veras y pedir presupuestos y ver cómo hacemos.

Así las cosas, no es extraño que uno a veces se pregunte qué he hecho yo para merecer esto, uno sabe que el comentario de la Regla tendrá que esperar todavía un tiempo a publicarse, uno sigue pensando que nuestra vocación es muy bonita, pese a que los tiempos están cambiando, que el "vuelva usted mañana" se ha convertido en la ventanilla del instituto municipal de Hacienda en un "vuelva usted dentro de un par de meses", vaya progreso, uno se pregunta qué significado tiene la palabra "mañana" en boca del Delegado de la empresa de ascensores (¿tal vez "quién sabe cuándo"?), en cualquier caso los del Banco pueden esperar sentados, cuánta razón tenía aquel cura de Valencia que decía: qué mal cumplimos los curas con el cuarto mandamiento, si el Padre V. va a la ordenación de fray F., no va a ir con las manos vacías, a ver si el lunes me acerco a comprar una clergy camisa al menos (ay, Padre V., si no hubieses dejado la decisión para última hora, la compro por internet a Polonia y con gastos de envío y todo nos ahorramos doce eurillos), es un alivio que a la pareja sudamericana le toque por domicilio otra parroquia y haya podido endilgarle al cura vecino esta tan sospechosa urgencia sacramental, luego va y me dice el párroco que no pierda el tiempo buscando, que con la empresa de calefacción acabó la Parroquia finalmente metida en pleitos, no te metas, y bueno, no importa, queda todavía tiempo por delante para preguntar por ahí y que aconsejen con quién.

Así que uno puede consolarse, acabada la jornada, pensando que si lo de hoy fue un mal día de frío y lluvia (que sí lo fue), más frío tiene que hacer en Alaska y mucho menos atractiva tiene que ser la vida de un ama de casa que ya no recuerda ni la canción de amor que cantaron en su boda, un poco de nostalgia antes de tomarse las cosas con calma, hoy fue un hermoso día de Dios y de servicio, como para merecer unos minutos de música de cuando uno era mucho más joven:



viernes, 11 de febrero de 2011

Servir en la enfermedad


Hoy, Virgen de Lourdes, jornada mundial del enfermo. El enfermo es, sirve, vale. Esto es algo que tenemos que proclamar muy alto contra la tendencia a infravalorar, a “inutilizar” por definición al enfermo. Haremos bien en recordarlo, si no por otras razones, al menos por la incuestionable realidad de que cada uno de nosotros, si no lo es, ha sido en algún momento o será sin duda en el futuro alguien enfermo, es decir, partícipe de tan acerba condición.

Vinculamos acentuadamente la enfermedad con la incapacidad, con la ineptitud, con la nulidad. Sin embargo, hasta en la enfermedad una vida puede ser fecunda, dar fruto. Incluso indirecta e involuntariamente. Pongo unos ejemplos chiquititos y uno grande.

El ejemplo chiquitito es el de mi amiga M.C.; cuidó a su padre, en estado “vegetativo” (entrecomillo, porque no parece que siempre nuestros conocimientos sean plenamente capaces de dirimir la frontera entre la conciencia y la inconsciencia) durante seis años, hasta que murió. A veces le preguntaban cómo lo soportaba, qué hacía aquel hombre en aquel estado; “me hace compañía”, decía ella.

Otro ejemplo chiquitito es el de mi feligresa la señora P. Padece manía persecutoria desde hace mucho tiempo. Dice que la persiguen por motivos políticos, la espían, no tiene teléfono porque se lo pinchan, le abren la correspondencia, la observan cuándo sale a comprar, etc. Mientras vivió su madre (anciana y enferma, pero lúcida), conservó todavía un resquicio de apertura, una ventanita al equilibrio. Desde que aquella aparentemente inútil viejita nonagenaria murió, la señora P. se ha desbordado: le entran en casa cuando ella no está, le han robado la documentación de su tesis doctoral, le han cambiado el médico de cabecera por uno del partido, la Caja de Ahorros le ha retenido la devolución del IRPF...

El ejemplo grande: hace unos días se cumplieron 30 años de la muerte de Marta Robin. Meto entre paréntesis sus viernes de Pasión o su alimentación casi exclusivamente eucarística (lo dejo para los arduos y a veces preocupantemente malsanos buscadores de curiosos fenómenos sobrenaturales, lo dejo también para los que, en el otro extremo, desdeñosamente desprecian lo que ignoran). Me limito a que por su lecho de dolor, donde durante más de 50 años estuvo postrada, pasaron a visitarla miles de personas, recibiendo la mayoría de ellas la visita del consuelo o el interrogante sobre el absoluto. Me limito a sus Foyers de Charité repartidos por el mundo.

La enfermedad puede ser sólo una maldita desgracia. O puede ser, además de una desgracia, una ocasión de gracia y de servicio.