jueves, 26 de noviembre de 2009

El año en que don Joaquín vivió peligrosamente


Sucedió aquel año en que don Joaquín, ya en edad avanzada, después de cierta resistencia, decidió ponerse al día y quitarse la sotana. Aquel verano pasó cuatro días en casa de su primo don Leónidas que ejercía de párroco en una capital vascongada. Don Leónidas, algo más joven y mucho más americano que don Joaquín, le acogió con cariño y agasajo. El calor arreciaba aquellos días y aquellas noches y don Joaquín descubrió que andando por el mundo sin sotana también se sudaba lo suyo. Suyo o ajeno, el sudor seco no es agradable, así que aquella mañanita, después de la misa, le dijo su primo: “Cámbiate la camisa, que doña Reme lava hoy y mañana la tienes lista”. Don Joaquín obedeció, se puso la otra camisa gris que había traído y se dispuso a dar buena cuenta del tazón de chocolate que le esperaba en la mesa camilla. El chocolate no tenía el espesor óptimo, pero el buen apetito de don Joaquín no se arredró ante aquella contrariedad y el platito de tostadas que había junto al tazón fue vaciándose con rapidez. Pero, oh dolor, qué poco duran las pequeñas felicidades de este mundo, qué pasajeras se nos ofrecen. Las gotas de las sustancias que manchan tienen la extraña propiedad de moverse impulsadas no se sabe por qué extrañas y misteriosas fuerzas. Una de ellas, del tamaño de una perra gorda, había ido inadvertidamente a posarse, tal vez como testigo de cargo de una leve gula, sobre el pecho del satisfecho comensal. No importaba que la camisa gris fuera de estreno y de la mejor marca clerical, a los ojos de todos sólo se advertiría aquella medalla oscura y culpable, aquella declaración de torpeza y desaliño. “Nada, nada, para doña Reme. Ahora mismo te presto yo una de mis camisas”. La camisa de prestado era mucho más veraniega y mucho menos levítica. Cuando don Joaquín se vio en el espejo con aquel atuendo a rayas verdes verticales no supo qué pensar. “Te va de maravilla, a hacer el turista, pues”, le dijo el primo. Así que salieron ambos, don Leónidas a visitar a unos enfermos y don Joaquín a dar una vueltita por el centro histórico. Vestido de tal guisa, don Joaquín se sentía como un espartano combatiendo la contrariedad. Visitó el Museo Provincial y el Palacio de un noble de cuyo nombre nunca volvió a acordarse. Al cabo de poco tiempo, entre cuadros y piedras, embebido en la historia y en el arte, ya ni se acordaba de su desacostumbrado atuendo. Después entró en la catedral, miró, admiró y rezó.

Al regreso no había nadie en la casa rectoral. Pero la iglesia parroquial estaba abierta. Entró y, para su mal, coincidió en la entrada con doña Reme. “Ya están sus camisas tendidas, don Joaquín”. “Gracias”, dijo él sonriendo. “Don Joaquín, si no es molestia, ¿me puede usted confesar? Será sólo un momentito”. Es lo que tiene ser cura de paso, lo saben bien los predicadores de novenarios y los esporádicos, que a la gente le vienen ansias de confesarse. “Sólo un momentito, don Joaquín”. El buen cura se preguntó si no sería ilícito, si no necesitaría la preceptiva licencia diocesana, pero después de todo qué sabría aquella buena mujer de estúpidos entresijos canónicos, iba a ser sólo un momentito, lo importante era la salus animarum esa, así que entró, vestido de turista como estaba, en el confesionario, se puso descuidadamente sobre los hombros la vieja y fatigada estola que colgaba en el interior y se sentó a oír la confesión de aquella ánima atribulada.
Que sí, que sí, que hay días en que las cosas sólo pueden ir a peor. Y aquel día, cuando don Joaquín estaba absolviendo a peccatis tuis a la buena ama, el señor Rodríguez mojaba sus dedos en la pila de agua bendita. El señor Rodríguez, que venía a hacer su cotidiana Visita al Santísimo, pertenecía a la Adoración Nocturna, a la Archicofradía de las Ánimas, a la Tercera Orden Carmelitana y a la Hermandad de Excombatientes. Se movía como si desfilara, era corpulento como un armario y lucía un bigote ceremonial. Vio luz en el confesionario y eso le dio alegría, estaba bien que alguna vez don Leónidas estuviera donde tendría que estar más a menudo, hasta que se acercó y vio dentro a un tipo incógnito, vestido como del Betis, con la estola medio doblada mostrando el forro. “Coño, un gracioso”, se dijo. Don Joaquín vio avanzar aquel tipo fornido hacia el confesionario, con la cara seria y circunspecta, el ademán grave, el paso firme. “Otro pobre pecador que viene a pedir misericordia”, se dijo. Era hermoso ser cura y a sus años poder hacer tanto bien, así que, ante aquella faz ceñuda, sin duda por el peso de la culpa y la vergüenza de tener que declararla, don Joaquín esbozó una sonrisa acogedora. El señor Rodríguez no tuvo dudas de lo que había que hacer, aquel seglar no sólo estaba chanceándose de algo tan sagrado como es el sacramento de la penitencia, sino que encima se sonreía burlón. El señor Rodríguez flexionó el tronco para doblarse sobre el rostro de don Joaquín, éste inclinó la cabeza para permitir más fácilmente que el penitente pronunciara el “Sin pecado concebida”, pero en lugar de tal acostumbrado latiguillo ritual, lo que percibió el oído de don Joaquín fue una voz de volumen discreto, como pedía el lugar sagrado, pero al mismo tiempo brusca, imperativa, áspera, recia, henchida de una irritación casi incontenible, que le decía: “O sale usted de ahí o le doy dos hostias”.

La sangre no llegó al río, aunque en lo sucesivo don Joaquín siempre desayunó con la servilleta colgada del cuello a modo de babero.

martes, 24 de noviembre de 2009

Ho,ho,ho: buen intento, amigos

Al parecer, la idea partió de un cura de Frankfurt en el año 2002. Ya se sabe que la Iglesia se mueve a veces a paso de tortuga, y ahora, siete años después, es un colectivo, capitaneado por la Federación de jóvenes católicos alemanes de la diócesis de Speyer, el que impulsa una campaña Santa-free zone. Se trata de expulsar al barrigudo Santa Claus inventado promocionalmente por la Coca-Cola en los años treinta y recuperar al santo obispo Nicolás de Bari (o de Mira, si se quiere), substituyendo los "valores" egoístas del consumismo y la comercialidad por los altruistas de la caridad y el servicio.

No lo van a tener fácil en este intento de vuelta a los orígenes. Santa Claus es un icono de la laicidad, de la chispa-de-la-vida, con un aparato de soporte mediático inmenso. El Santa-free zone tiene el mismo problema que cuando alguien intenta hacer algo a prueba de tontos. Todo el mundo sabe que los tontos son increíblemente hábiles para salirse con la suya. En fin, para que no se diga que soy un pesimista, ahí dejo el iconito de la campaña:



sábado, 14 de noviembre de 2009

Aeropuerto 99 y la evolución de las especies

El pasado miércoles, mientras buscaba en la T4 la situación de la puerta de embarque, recordé cómo más o menos en estas mismas fechas diez años atrás, también en un aeropuerto, me convencí de la teoría de la evolución. No fue en Barajas, sino en el Prat. Como todo el mundo sabe, en un aeropuerto sólo dejas de encontrar a la persona que buscas, los demás aparecen siempre por cosas del azar. Así que aquella tarde de 1999 me encontré casualmente con R., una buena amiga que trabajaba en la venta de billetes de Iberia y que estaba a punto de empezar su turno. La acompañé primero a ver los cambios de moneda (?), después me pidió mi billete económico para ver si podía colarme por la cara en preferente. Esperé. Volvió con cara de circunstancias: "Está totalmente lleno, pero bueno al menos que esperes a gusto, ven conmigo", y de este modo completamente ilegítimo, pero válido, estuve por primera y única vez en mi vida en la sala VIP. Allí R. se tomó un café conmigo y, antes de partir rauda a su ventanilla de trabajo, me avisó señalando a las chaquetas rojas: "no tienes que preocuparte de nada, ellas te avisan cuando tengas que embarcar". Era una hora tranquila y aquellas dos señoritas no tenían trabajo excesivo. En aquella sala llena de luz, revistas, café, té, croissants, ensaimadas, sólo había tres VIPs: un tipo de unos sesenta años, voluminoso, nervioso, antipático, enfundado en un traje gris clásico; un joven nórdico con elegante pullover que tecleaba plácidamente en su Mac; y un outsider con americana sport, macuto deslucido y el alzacuellos pendiendo descuidadamente de un lado para airear la garganta. Después de una merienda más que suficiente, ¿qué hacía un tipo como yo en un sitio como aquel? Pues hice lo único que puede hacerse de provecho en tales casos: observar. El señor nervioso voceaba móvil en ristre y no soltaba precisamente halagos. Por lo visto, se estaba hundiendo el mundo, menudo broncazo se estaba llevando el interlocutor. Ya sé que a ustedes no les interesa, pero uno dice lo que sabe, que el negocio era, al parecer de horchatas, que el tipo era el dueño y que o pagaba muy bien o tenía que estar la cosa muy mala para trabajar para él. "¡Pues lo averiguas y me llamas!". Menos mal, una tregua. Corta. Porque a los cinco minutos el tipo volvió a coger el móvil y no para mantener una conversación tierna. Yo no hablo sueco ni por señas, pero el joven nórdico levantó la cabeza con una expresión clara de "¿por qué no te callas?". Si yo fuera inversor, no pondría un duro en un negocio capitaneado por alguien con tan mala horchata. Además, leí hace tiempo en alguna parte una entrevista al Presidente de una compañía que factura una millonada, donde el entrevistado decía poco más o menos que él apenas usaba el móvil, que eso, concebido como una necesidad continua, era sólo para los pringaos (no utilizaba esta palabra, pero el sentido genuino era ese, y además un sentido acertado, huelga decir que un servidor apenas usa profesionalmente el móvil). Pero volvamos a la sala VIP. Acertó a pasar una de las muchachas, la rubita, cerca del tipo del móvil, y éste, haciendo una pausa que el sufrido empleado del otro lado debió aprovechar para rascarse la oreja, la llamó con un ademán arrogante. "Eh, oiga, oiga, todo es dulce, todo es dulce, ¿no tienen nada salado?", le espetó señalando el amplio surtido de pastelería. "Hay cacahuetes, señor", dijo la señorita poniendo cara de se-acabó-el-jabugo. "Cacahuetes, cacahuetes, ¡cacahuetes pa los monos!". En este punto el joven nórdico volvió a levantar la cabeza, buscó en un departamento de su maletín y extrajo unos auriculares. Estuve observando diez minutos más, luego decidí que allí no aprendería nada nuevo, así que, después de tomarme un poleo menta bien azucarado y teniendo en cuenta que la hora de embarque estaba próxima, enfilé hacia la salida, dije adiós a las amables señoritas del mostrador y, una vez en la puerta, di una última mirada de despedida a la sala, como quien mira la senda que nunca ha de volver a pisar. Y entonces, rendido a la evidencia, comprendí que la teoría era cierta y que, además, funciona en los dos sentidos. Allí había un ser humano con dos hilos de plástico en las orejas, doblado sobre un aparato en el que sus dedos se levantaban y aterrizaban con rapidez, ensimismado en su labor. Y allí había también gesticulando al vacío, profiriendo sonidos mientras masticaba, seguro de sí mismo (la mayor seguridad en uno mismo es saber quién eres, él lo sabía, él lo dijo, la señorita rubia de la chaqueta roja puede dar fe, yo no me invento nada) un mono comiendo cacahuetes.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Consejos para homicidas que quieran minimizar riesgos

Dado que, de momento, parece que mi Manual de homicidas tardará en ser publicado, quiero ofrecerles una síntesis del mismo. Creo sinceramente que puede resultar de utilidad para aquellos de ustedes que se levantan a veces con unas ganas tremendas de matar a alguien. Por si esas ganas no se les quitan, tengan en cuenta, a fin de minimizar los riesgos de su acción y especialmente las consecuencias adversas si le pillan, los siguientes consejos:

1º Asegúrese de que la víctima pertenece a la especie humana. Matar animales dice muy poco en favor de quien lo hace. No importa si el gatito del vecino se caga en sus parterres o le llena de pelos la tumbona. Métase esto en la cabeza: los animales, incluidos los piojos y las garrapatas, son sagrados. Si tiene la mala suerte de que un perro le muerde en la pantorrilla izquierda, preséntele la derecha, no se le ocurra tocarlo y, por favor, no tenga usted la crueldad de levantarle la voz, pues podría crearle un trauma psicológico al animalito. Hay una directiva europea que, en aras de preservar el equilibrio ecológico, prohíbe matar a las ratas de alcantarilla (y si no la hay, la habrá pronto), así que descarte definitivamente este tipo de víctimas.

2º Tenga cuidado con los seres humanos no nacidos, porque no se sabe si son humanos o no lo son. ¿No lo entiende? Depende de la conformidad de la madre. Si no tiene usted el permiso de la madre, son alguien y cuidadín con hacerles nada; si tiene usted el permiso de la madre, son algo (pero no animales) que puede ser eliminado. ¿No lo entiende? No importa, no lo entiende nadie, pero en democracia las cosas no tienen por qué ser entendidas, basta con que se voten en el Parlamento y se diriman en la televisión. No se preocupe por la fecha de entrada en vigor de las leyes: en este país hay tanta gente en la cárcel por interrumpir un embarazo como por interrumpir una conversación.

3º Elija a un extraño como víctima y mátelo inmotivadamente. Matar al cónyuge puede salir especialmente caro, más si consideramos lo que lleva gastado la Administración en inútiles campañas de concienciación. Se expone usted a salir en los periódicos y está demostrado que en muchos de estos casos a la acción homicida le siguen irresistibles tendencias suicidas. Lo dicho: a un extraño y porque sí, no se arrepentirá y tendrá todavía la agradable posibilidad de que sus suegros sigan dirigiéndole la palabra.

4º Emplee instrumentos asesinos tradicionales: la escopeta, la navaja trapera, etc. La quijada de asno también queda muy propia, pero en el Lidl no la tienen en oferta. Le desaconsejo los explosivos y los lanzallamas. Ensucian mucho y hay que tener cuidado para no hacerse dañito. Y mate siempre como por arrebato, nada de plan detallado. Mate de frente y, por lo que más quiera y aunque tenga muchas ganas, espere que amanezca.

Mate sólo seres humanos adultos y de mediana edad. Los menores, incluso los que tienen pelos largos en las piernas y le pueden tumbar a usted de un soplido, están superprotegidos. Entiendo que para un profesional de la enseñanza en los tiempos que corren sean el principal objetivo, le entiendo, créame, pero es mejor que aguante hasta salir de clase y en sus horas libres se cargue a un adulto (huelga decir que cargarse a ciertos progenitores de esos y esas entrañables menores sería un acto de justicia). Tampoco suele salir a cuenta matar ancianitos, a no ser que el homicidio se perpetre con una bicicleta; no es ningún secreto que la bicicleta suele proporcionar inmunidad; tiene la desventaja de que no es un arma efectiva al cien por cien. Pese a que combina el triple efecto de percusión, sustito y caída posterior, hay ancianos (sobre todo ancianitas) que sobreviven y encima son capaces de negarse a pagar la reparación del vehículo.

6º Es muy importante conocer eso que llaman la “orientación” sexual de la víctima. Descarte, por completo, a sodomitas y tortilleras. Por mucho que diga que usted no sabía y que mató sólo por ganas de matar, en estos casos el poder de la maquinaria estatal caerá sobre usted, con toda su fuerza ejecutiva, legislativa, judicial y mediática, especialmente si descubren que usted es, qué escándalo, heterosexual sin reparos. O le meterán en la cárcel por lo que le queda de vida o saldrá de ella con una edad ya venerable y obligado a llevar una estigmatizante pulsera de homófobo.

7º Antes de acabar con la vida de alguien, procure cerciorarse de su nacionalidad. Los extranjeros salen penalmente mucho más caros. Mate sólo víctimas españoles y españolas de toda la vida de Dios. Contrate antes un detective y un genealogista que aseguren la correspondiente limpieza de sangre. Si hay antecedentes africanos, amerindios o vikingos, la xenofobia se presumirá. Si la víctima elegida prima facie presenta un color de piel digamos aceitunado, mejor que lo descarte. Desconfíe de las pelirrojas y de los camareros de ojos pequeños.

8º Se lo repito otra vez: la ley no entiende que usted mate porque tiene ganas de matar. La elección de la víctima es fundamental. El instructor siempre trata de encontrar un motivo, el fiscal (y ya no digamos la fiscal) siempre buscará un tipo agravado. Por eso hay que poner los cinco sentidos al elegir a la víctima. Incluso el olfato. Mate a gente que huela bien, gente que tenga un trabajo de 8 a 15, gente que pague sus impuestos y sus primas de seguro, gente que lleve el coche a pasar la ITV, gente de esa que se pone el chandal los domingos, etc. Si se le ocurre matar a un greñas de los que llevan tres meses sin ducharse, a una tarotista góticamente vestida o a un boy con dragones tatuados en el cuello, creerán a pie juntillas que es usted un intolerante y eso no es bueno.

9º Mate usted sólo a católicos. Matar a alguien que profese otra religión o que no profese ninguna parecería bastante sospechoso. Usted no le estaría sólo quitando la vida a alguien, sino que encima iría contra la libertad de conciencia en un Estado plural y laico cual es el nuestro. No le servirá de nada haber asistido a una conferencia sobre derviches en la Casa Elizalde o haber cursado con aprovechamiento un curso budista de liberación del deseo y de la codicia (sí, sí, ese por el que pagó usted 400 euros la hora), no le servirá.

10º Puestos a escoger, escoja a un cura como víctima. Ideal. Tendrá atenuantes con toda seguridad. Es una simple implicación lógica: todos los curas son pedófilos, los pedófilos no tienen derecho a la vida, luego los curas...¿No lo sabía usted? Entonces es usted, perdone que se lo diga así de crudo y de claro, un tonto sin cultura, un analfabeto cultural. Venga, que eso tiene remedio: vea la Sexta, lea Público, descárguese Los hombres de Paco, luche contra la ignorancia...¿Como puede pretender ser homicida si no sabe la verdad de las cosas?

Una última recomendación: si no quiere ser un mal nacido, cuando siga el décimo consejo no se le ocurra elegir como víctima a alguien que lleve gafas de sol de espejo y gorra con la visera palante, le aseguro que tal como yo lo veo eso no estaría bonito.

De nada, de nada, hoy por ti mañana por mí.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Del siglo pasado: Josep M. Llovera y la actualidad neomaniquea


En la primera mitad del siglo pasado tuvo la Cataluña católica pensadores relevantes, cuyos escritos revelan una profundidad de conocimientos, una útil erudición que difícilmente se encontrará hoy en nuestros teólogos y filósofos. Hoy quiero recordar al canónigo Josep M. Llovera, sociólogo y traductor, y en concreto, su versión catalana de las Confesiones de San Agustín, ilustrada con abundantes notas a pie de página y con una nota proemial en la cual, cuando retrata al adolescente de 1931 en su semejanza con el joven Agustín, parece que esté trazando con pocas variaciones el retrato de no pocos de nuestros contemporáneos (y no precisamente sólo de nuestros adolescentes):

“(El joven) será un dogmático encuadrado en un maniqueísmo de moderna acuñación, que pretenda explicar el mundo y la vida como un juego de acciones y reacciones de fuerzas contrapuestas, de principios antitéticos, y dé como destino final de la vida humana la reabsorción en un mar de luz del que cada alma será concebida como una chispa. Con esto la petulancia juvenil creerá haber alcanzado la superación de ese concepto mezquino de un Dios personal y providente que se forman los católicos, de la misma forma que Agustín creía haber superado el antropomorfismo empequeñecedor de la divinidad que él confundía neciamente con la fe de la Iglesia. Un concepto más amplio (es decir, más laxo) de la moralidad se desplegará a sus ojos, una moral en la que tendrán cabida todas las inmoralidades, especialmente las de orden sexual, que la pseudociencia actual proclama y avala y que, por singular coincidencia, encontraríamos prácticamente cada una de ellas practicadas y avaladas por la moral maniqueísta. Incluso, si se quiere, no faltará, como en el maniqueismo, el paliativo de las “abstenciones”, bautizado con el venerable título de “austeridades”, ni las morbosas sensiblerías de los maniqueos hacia los seres inferiores animados de la naturaleza. Y así como aquellos antiguos sectarios, generosa y compasivamente, llegaban a considerar como semicristianos a los pobres católicos, que gemían bajo el peso de una “autoridad terrible”, así el adolescente de hoy, pretencioso como Agustín, se considerará liberado de un pesado yugo y se sentirá superior a los que todavía son esclavos de los prejuicios admitidos en la infancia, más aún si, como a Agustín, le ocurre que se topa con defensores de la doctrina católica porfiados, pero al mismo tiempo faltos de formación e ineptos, sobre los cuales obtenga una victoria fácil. Aun así, la paz intelectual, fruto sólo de la posesión de la verdad, no le será otorgada. Como Agustín en su novenio de extravío, vivirá en buena parte sólo de esperanzas, esperando el gran adoctrinamiento de Fausto. Fausto será, para el joven culto de hoy, un nombre cualquiera de los grandes maestros de la filosofía naturalista. Mientras aplazará el contacto directo con las obras de tales maestros, creerá que todas las dificultades que hierven en su espíritu serán detalladamente aclaradas y resueltas. Con el contacto directo vendrá también el desengaño. Podrá descubrir allí el talento y elegancia de Fausto, pero, al mismo tiempo, su vaciedad y parvedad de doctrina. Como antes fue un dogmático del maniqueísmo disfrazado de ciencia moderna, llegará ahora a la posición escéptica o agnóstica de los modernos académicos: Ignoramus et ignorabimus (no sabemos ni sabremos).”

[Traducción del catalán (manifiestamente mejorable) de un servidor]